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RESEÑA

Antonio Enrique: Rey tiniebla

domingo 18 de noviembre de 2012, 13:29h
Antonio Enrique: Rey tiniebla. Almuzara. Córdoba, 2012. 344 páginas. 19,00 €
Ostentar un cargo de relevancia lleva aparejado en ciertas ocasiones el ser investido de poder. En el caso de personajes de relevancia histórica, ese poder les cubre como sus propias vestiduras apartándoles del común de los mortales. No es difícil imaginar como debía ser el abismo que separaba formal y psicológicamente al Rey Felipe II del resto de personas que le rodeaban o con las que se cruzó a lo largo de su vida. Únicamente la propia familia queda al margen de ese deslumbramiento que, en ocasiones, se funde con la sensación de miedo, notando como las entrañas se estremecen ante la cercanía de esa persona que tanto poder ostenta.

Ante Felipe II, el Rey prudente, aquel en cuyos dominios nunca se ponía el sol, hijo de Carlos I, otra poderosa figura, debían temblarles las canillas a todos en su presencia, más aún cuando decidió que el luto nunca le abandonase hasta el final de sus días. Tanto poder concentrado en una sola persona, tanta majestad y tanta grandeza. Pero llega un momento en el que todos los hombres nos igualamos, la muerte alcanza a todos con independencia del rango.

En Rey tiniebla descubrimos los últimos momentos de tan magna figura, pero no desde los ojos de un cortesano que jamás osaría contar las miserias corporales que molían a Su Católica Majestad en sus últimos días antes de morir. Lo hacemos gracias a un sirviente de Su Majestad, el encargado de recoger sus despojos biológicos, todas sus secreciones, lo que nos hace más humanos y más humildes. Podría aprovechar este humilde sirviente, que entra al servicio del Rey en los últimos momentos de su existencia, para regodearse de ser uno de los pocos seres humanos a los que se les permitía ver a Felipe II en esas condiciones, despojado de su grandeza y con el cuerpo lleno de pústulas y yagas. Pero ocurre justo lo contrario, sirve humildemente, vela porque su Rey siga manteniendo una cierta dignidad en esas condiciones y da gracias al cielo de que Su Majestad decidiese incluirle en su regio servicio. Todo ello nos llevará a un recorrido peculiar por un jardín, y es aquí donde aparece otro de los elementos clave de la novela, El jardín de las delicias, de El Bosco, ese cuadro enigmático y que cuanto más miras cada centímetro de sus tablas hay una lección moral que aprender.

Y, finalmente, tenemos el monasterio de San Lorenzo de El Escorial, lugar donde expiró su último aliento el gran Felipe, en su obra más amada y desde donde gobernó todo el orbe. Todo en su vida fue a mayor gloria de Dios, hasta el punto de que su auténtica afición fue coleccionar reliquias de toda índole y que aún se conservan entre las paredes del monasterio.

Tres elementos clave: la figura del Monarca, el misterioso cuadro y la grandiosa pero austera obra de granito levantada en recuerdo de una victoria militar. Unido a todo ello un sirviente, un devoto y un humilde joven que descubre la parte más débil de una figura que ha trascendido los tiempos, y al que acompañará casi como un familiar en sus últimos momentos de vida, compadeciéndose de él como quien lo hace por un padre.

Por Jorge Pato García
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