Elecciones catalanas, leyendo entre líneas
martes 27 de noviembre de 2012, 21:04h
Si miramos sólo los resultados numéricos de las elecciones catalanas del pasado domingo, lo más destacable es que CiU ha ganado las elecciones, con algo menos del doble de votos que el siguiente partido en número de sufragios obtenidos, el PSC, bastante más del doble de votos que la segunda fuerza parlamentaria, ERC, y casi el triple de votos que el PP. Que el PSC, teniendo más votos, tenga menos diputados que ERC se explica porque en algunos de los distritos en los que el PSC obtiene sus diputados éstos cuestan más papeletas, dado que la distribución de la población por distritos electorales no es homogénea. Si atendemos al número de diputados, CiU, con sus 50 escaños, también obtiene una enorme diferencia respecto a los 21 de ERC, los 20 del PSC y los 19 de PP, aunque quede muy lejos de la mayoría absoluta. Con los ojos puestos sólo en los números, hay que afirmar que CiU es con diferencia el partido que obtiene más apoyos de los ciudadanos catalanes, el que mejor vertebra la sociedad catalana y el único que razonablemente tiene posibilidades de formar gobierno.
Este análisis numérico, que conviene no olvidar, es insuficiente en términos políticos porque hay que tener en cuenta el contexto que llevó a Artur Mas a adelantar las elecciones cuando todavía tenía por delante otros dos años de gobierno. La deriva independentista de Mas –tras un análisis sociopolítico que hoy se demuestra erróneo de lo que representó la manifestación de la Diada– le hizo presentarse como El Mesías que guiaría al pueblo catalán hacia una supuesta ansiada independencia de España que desembocaría en una Arcadia feliz en la que todos los problemas de los catalanes se diluirían como azucarillos en el agua. Los resultados electorales muestran que no es tan evidente esa supuesta ansiada independencia, porque la sociedad catalana es muy plural y compleja, además de consciente de sus lazos históricos con el resto de España, y, sobre todo, que los ciudadanos catalanes no tienen nada claro la necesidad de iniciar un proceso independentista y mucho menos de que sea Artur Mas quien lo lidere. El resultado obtenido por CiU no sólo está muy por debajo de la ansiada amplia mayoría, por encima de la absoluta, que Mas empezó pidiendo cuando convocó las elecciones, sino que ni siquiera se aproxima al número de diputados que CiU tenía en el anterior Parlament; CiU ha perdido nada menos que 12 diputados y casi 90.000 votos en unas elecciones en las que ha subido la participación. En términos de expectativas, el fracaso de Mas y de CiU es tan rotundo que no se entiende cómo el todavía president de Cataluña no ha presentado ya su dimisión de todos los cargos gubernamentales que ostenta y de los que tiene en la coalición que encabeza y en su partido, CDC. La realidad dista tanto de las expectativas que Mas tenía y de las que había generado que se hace incomprensible que aún se proponga para formar gobierno. Demuestra que lo que Mas quería era monopolizar el poder.
Pero que los ciudadanos catalanes hayan desautorizado a Mas no significa que el problema soberanista no siga encima de la mesa. Mas ha resucitado a ERC, hundida tras el fracaso de la gestión del tripartito. El resultado electoral y la posible coalición entre CiU y ERC complican aún más el panorama, porque ERC puede forzar a que la consulta independentista propuesta se organice por vías ilegales. El voluntarismo nacionalista puede ser altamente conflictivo, aun a sabiendas de los riesgos que una independencia unilateral supone para el estatus internacional de Cataluña. El análisis racional de las posibles duras e ingratas consecuencias de la independencia puede pesar mucho menos que el sentimentalismo y el voluntarismo de algunos líderes catalanistas. CiU debería pensar muy bien si quiere anteponer la construcción nacional a toda consta antes de lanzarse a una alianza con ERC, cuya gestión de gobierno en el tripartido ya sabemos adónde llevó. Es difícil creer que CiU, que, hasta las políticas de Mas –sumado a los recortes neoliberales europeos en primera línea–, ha sido una coalición cuyas propuestas económicas fueron generalmente sensatas y bien orientadas, tanto en Cataluña como en España, apueste por coaligarse con una Esquerra cuyos planteamientos socioeconómicos distan tanto de los suyos.
Las elecciones catalanas exigen también otros análisis. El PSC, que ha perdido más de 50.000 votos y 8 escaños, está muy lejos de poder volver a ser un partido de gobierno en Cataluña. Parte del desgaste del PSC hay que explicarlo, sin duda, en clave española, porque el socialismo todavía sigue pagando las cuentas electorales de la mala gestión de Zapatero como mostraron las elecciones andaluzas –sí también las andaluzas, a pesar de seguir gobernando–, gallegas y vascas, pero asimismo hay claves internas que conviene tener muy presentes. El federalismo no ha encontrado eco entre los electores catalanes y parece difícil que lo encuentre entre los españoles. Algunos dirigentes socialistas de Cataluña y de España siguen insistiendo en presentarlo como una tercera vía entre la independencia propuesta por los nacionalistas y la recentralización que, según ellos, estaría llevando a cabo el PP. Más allá de la palabra “federal” y de su sentido histórico que hemos explicado varias veces en esta misma columna, el programa federalista del PSOE sigue sin definirse. Pere Navarro dijo pocos días antes de las elecciones que una España federal sería como una comunidad de vecinos, en la que cada uno hace lo que quiere en su casa y luego pagan juntos los gastos de la escalera. A lo mejor esta visión tan simplista explica el distanciamiento de los votantes. Si el PSC no recupera su crédito en Cataluña, el PSOE tendrá muy difícil gobernar en Madrid. En lugar de “comprar” el discurso catalanista que acusa a “España” de un expolio constante a “Cataluña”, convendría que el PSOE y el PSC hicieran pedagogía política y mostrasen a los catalanes y al conjunto de los españoles que el sistema constitucional garantiza a la sociedad catalana su autogobierno y respecta su idiosincrasia. Eso no impide que se mejore, pues todo es modificable, pero sin necesidad de cimbrear los cimientos.
El PP, que ha cosechado un buen resultado electoral porque sube más de 80.000 votos y consigue un diputado más, debería estar, no obstante, preocupado. En una situación en la que se han planteado las propuestas de una forma plebiscitaria y en la que el PSC y CiU han perdido muchos electores, el PP no ha conseguido sumar aún más votos, sino que muchos se han ido a Ciutadans, partido que mejora sustancialmente su presencia parlamentaria con 6 diputados y 170.000 votos más. Para el PP, el descalabro del PSC puede ser muy positivo si se piensa en las generales, pero a Rajoy le toca ahora gestionar una compleja realidad con una mayoría parlamentaria catalanista con la reivindicación de la independencia sobre la mesa. Y no olvidemos el panorama vasco, aunque el PNV ande, de momento, muy moderado.
Ciutadans ha sido el partido que más ha obtenido de la preocupación y del descontento que han provocado a muchos ciudadanos catalanes la deriva independentista de Mas y el desconcierto del PSC. UPyD y Ciutadans no llegaron en su día a un acuerdo, y UPyD le ha robado unos cuantos votos a Ciutadans. Los líderes de ambos partidos deberían leer inteligentemente los resultados. Sería muy positivo que, alejados de personalismos, se pusiesen a trabajar para que Ciutadans sea la marca de UPyD en Cataluña, y juntos articulen un partido centrado a nivel español.
Otra de las enseñanzas que podemos sacar de estas elecciones es cómo las encuestas han errado mayoritariamente sus pronósticos. Había un enorme voto oculto. Sería preocupante que la ocultamiento del mismo se deba a la presión frentista a la que se está sometiendo a la sociedad catalana.
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Profesor de Historia del Pensamiento Político
JAVIER ZAMORA es licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid y doctor en Derecho por la Universidad de León, ha completado su formación con estancias de investigación en el Massachusetts Institute of Technology, el Max-Planck Institut für Geschichte y el Colegio de México.
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