www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Pompidou: de banquero a mecenas

Pedro González-Trevijano
miércoles 28 de noviembre de 2012, 20:16h
Hagamos algo de historia de la Francia moderna: George Pompidou era elegido segundo Presidente de la V Republica tras la salida del Palacio del Elíseo de Charles de Gaulle. Antes había servido como Primer Ministro, a las órdenes del general, desde su condición de líder de la Unión Demócrata por la República, de 1962 a 1968. Todavía no había aparecido en la escena política gala la figura de la cohabitación, es decir, la coexsistencia en la cúspide del Poder Ejecutivo de un Presidente y un Primer Ministro pertenecientes a diferentes formaciones políticas, tal y como acontecería después con el Presidente Mitterand y el Primer Ministro Jacques Chirac. Pero, con antelación, Pompidou había trabajado en el floreciente negocio bancario de la familia Rothschild. Hasta aquí nada extraño: un banquero de éxito que se incorpora, en primera fila, a la vida pública. En su vida privada Pompidou contrae matrimonio con Claude Cahour y atesoran con los años una buena colección de arte moderno. ¡Ya nos vamos aproximando a lo que nos interesa! Aficionado al arte, George Pompidou impulsa la construcción del Musée National d´art Moderne-Centre Pompidou, así bautizado en honor suyo, y diseñado por los jóvenes arquitectos Renzo Pian y Richard Rogers, en la zona de Marais de París. Los trabajos del Centre concluían el año 1977, siendo inaugurado el 31 de enero por su sucesor en la Presidencia: el envarado Giscard d´Estaing. La colección que alberga el Centre Pompidou es, sencillamente, extraordinaria, con más de setenta y seis mil obras de Picasso, Miró, Modigliani, Matisse, Brancusi, Bacon, Duchamp, Max Ernst…. ¡Punto de llegada!

Pues bien, alguna de sus obras destacadas han recalado en la Fundación Mapfre de la capital de España con un título grandilocuente, pero justificable por su ambición y la calidad de las piezas expuestas: Retratos. Obras maestras del Centre Pompidou. No en vano tenemos la fortuna de poder detenernos en algunos retratos soberbios de la colección del país vecino: el sesudo Autorretrato de Maurice de Vlaminck, la delicadísima Dédie de Amadeo Modigliani, la insinuante Odalisca con pantalón rojo de Henry Matisse, el relajante Retrato de la Señora Helm de Robert Delaunay, el electrizante y desmembrado El Botones de Chaïm Soutine, el robinsoniano Autorretrato de Kees Van Dongen, la primitiva Bizantina de Alexej von Jawlensky, la languideciente Blusa roja de Pierre Bonnard, el laminado Autorretrato de Gino Severini, el desasosegante Autorretrato de Francis Bacon, la mascarada Cabeza de mujer de Henri Laurens, el opaco y vanguardista El Tunel de Julio González, la decorativa Kizette en el balcón de Tamara de Lempicka, la desconcertante Violación de René Magritte, el siempre diferente Balthus, con el Retrato de Roger y su hijo, hasta las más recientes composiciones de Avigdor Arikha (una frenética Marie-Catherine) y Valerio Adami (un pop artiano Thorwaldsen). Y, por supuesto, aunque en París se encuentra también un excelente Musée Picasso, dos obras del genial artista malagueño: el sedente Autorretrato de mujer (1938), con una construcción plástica que seguiría en unas series maravillosas entre nosotros el pintor Manuel Ángeles Ortiz, y el atrevidísimo Mujer con sombrero (1936).

Todo un repaso por el mejor retrato de la modernidad. Una modernidad donde se pueden vislumbrar, en dibujo, pintura, escultura y fotografía, las más diferentes preocupaciones estéticas y filosóficas de cada uno de sus momentos estelares. Aunque todos ellos ya liberados de la encorsetada maldición precedente: el retrato como mera mímesis reproductiva, trazo a trazo, como en el mito de Narciso, de la persona retratada. La aparición y democratización de la fotografía liberaban al artista de tan asfixiante atadura. Y así asistimos a todo un conjunto de resoluciones estéticas formales y materiales. Unas, bajo el hechizo del psicoanálisis, nos conducen al simbolismo y el surrealismo. Otras, rendidas a un bergsoniano impulso vital, lo hacen a un desgarrado expresionismo; adentrándonos, los más vitalistas, como en el fauvismo, en las simas de lo radical, no exentas en ocasiones de la alegría de vivir, como en las obras de Matisse. En lo que hay unanimidad es en la desaparición, tras las II Guerras Mundiales, del canon de la belleza clásica y en la afirmación sin ambages de la complejidad de la realidad: la atención a la deformidad, lo frágil, lo abrupto, lo mutante, lo grotesco, lo descompuesto, y hasta feo. Si la belleza no ha muerto, ha quedado ya, desde luego, definitivamente relegada. A nadie le importan los cánones de la Antigüedad, del Renacimiento.

Asistimos al fin del clasicismo. Lo que Jean Clair describió acertadamente como el “derrumbamiento del ser”. Un derrumbamiento que merece sin embargo estéticamente mucho la pena.

Pedro González-Trevijano

Catedrático de Derecho Constitucional

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios