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CABALLERO BONALD, PREMIO CERVANTES

jueves 29 de noviembre de 2012, 18:16h
Con la ceniza temblándole en los labios, la cifra inicial de Dios escurrida en el alma, engendrado el fuego en la nieve cautelosa, el poeta detiene sus manos sobre la trémula solemnidad del desnudo de la amada y la erizada lujuria. Su piel tiene como un leve artificio de pétalos. Ciego camina el cuerpo idolatrado hacia los brazos que le esperan. El poeta solo quiere encontrar unos ojos pendientes de los suyos para descifrar en ellos la clave venturosa de la vida. Se escucha el ruidoso gemir de la madera, mientras ella, la que le amaba, dice que tiene los pechos rendidos de esperar al amado, que le duelen los ojos de estar siempre vacíos de su cuerpo, del tamaño caliente de su boca.

Es el feroz exterminio de los días. La carne vulnera su norma de hermosura hasta el límite del vértigo para instalarse en otra extirpe sexual de la cultura. Muerta de amor y de temor no viva, la amada tiene la boca abierta igual que un sexo y gime al compás del gozne oxidado de la puerta. Su vientre es, como en el verso de Octavio Paz, una plaza soleada y sus pechos dos iglesias donde oficia la sangre sus misterios paralelos. El desenredado mundo que encarna ella se le enciende en el alma azul y vegetal.

José Manuel Caballero Bonald, nuevo Premio Cervantes, una de las más altas voces líricas del último medio siglo español, no sé por qué coño no está en la Academia. Al hablar de un poema altivo, al hablar de los suicidas, escribe un verso que produce estremecimiento: “…cuando desista finalmente de la impudicia de sobrevivirme”. Se agazapan en esas palabras las huellas fugitivas de Rabearivelo, el poeta malgache de la negritud y la nostalgia; de Vladimir Maiakovski, el ruso futurista del amor deshojado; de Alfonsina Storni, perdida entre las olas del mar océano.

Como el José Hierro del “después de tanto todo para nada”, Caballero Bonald escribe que nada es verdad y se refiere al voraz simulacro de la vida. Escucha el poeta la terrible espesura del grito en la mordaza, se recrea en los tercos mestizajes del azar, clama por la enloquecida libertad, invoca entre los escombros del sueño a Constantino Cavafis y siente el tibio vaho humedecido de la vida que se escapa porque no somos otra cosa ya que el tiempo que nos queda y es inútil el intento de rescatar el cuerpo de su devastación. Se desgranan sus versos, entre metáforas fracturadas, como los zarcillos de una enredadera.

Oye, a veces, el poeta los bramidos procedentes de Argónida, se le escapa Almaunía, la afamada lobezna, ciega de cal y de cuchillos, vigilia de espumas. Y se pasea del brazo de la mujer de Lot, buscándole salida al laberinto de la tristeza. Son ya las horas del desamor, donde habita el olvido, la sombra de la casa familiar de Camagüey, las tierras labrantías, las arenas sopladas por el viento, todo el bronco sabor de la existencia, tanto amor perdido, tanto amor perdido… Es ya, como en el Atharva-Veda, el dios uno, el múltiple incendiado, y se impregna el alma con la necesidad de la incertidumbre. Y de la duda. Todo se va haciendo herrumbre silbadora, carne funeral. Caballero Bonald, de vuelta de todo, por encima del bien y del mal, se queda entornado. Con palabras de alcuza y delantal, escribe: “Todo está dicho: todo está callado. Ya que no tu respuesta, eres tu espejo. El poeta solo es, abolidas las huellas delatoras, una palabra yacente dicha ante la muerte, mientras las campanas ahorcadas doblan al viento".
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