"Los acontecimientos, muchacho, los acontecimientos"
Juan José Laborda
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viernes 30 de noviembre de 2012, 21:05h
El gran historiador británico, John H. Elliott, recuerda una frase de un primer ministro de su país, Harold Macmillan, con la que éste defendía la superioridad de los hechos sobre las doctrinas: “events, dear boy, events”. Nadie le dijo algo parecido a Artur Mas cuando él se lanzó a una campaña electoral proponiendo sí o sí a la ruptura con el Estado español. Fue tan enorme la sugestión creada por la marea de sentimientos inducidos después de la manifestación de la “Diada del 11 de Septiembre” que todo el mundo esperaba que Artur Mas arrasaría en las elecciones.
Desde luego, el círculo de sus asesores propalaba ese triunfo como si fuese una verdad científica o religiosa (al jacobinismo le da lo mismo si es la teología o la ciencia la que demuestra sus creencias). ¿Pero cómo pensaban lo mismo sesudos interpretes catalanes de la realidad catalana actual? Josep Ramoneda ha sido uno de los pocos que ha reconocido que sus análisis y sus pronósticos políticos estaban equivocados, contaminados por la ideología hegemónica en Cataluña (pero afortunadamente no dominante).
El resultado es claro: dos grandes perdedores: CiU y el PSC, pues ambos retroceden respecto a lo que tenían en la anterior legislatura.
Un ganador: el partido “Ciutadans de Catalunya” que ha doblado el porcentaje de sus votos. Este partido, liderado por Albert Rivera, ha encontrado en su defensa de la Constitución de 1978, en el bilingüismo (rechazando la noción del catalán como “lengua propia”) y en el laicismo, unos apoyos que seguirán creciendo mientras esa ideología hegemónica no acepte el pluralismo de la sociedad catalana.
Finalmente, los partidos que han encontrado su techo electoral: ERC y el PP, cada uno con su versión unidimensional de sus respectivas naciones e historias consagradas.
Este resultado no es bueno para Cataluña, ni para España, y menos para los que aspiramos a que nuestra historia futura no vuelva a ser “una historia que siempre acaba mal” (como poetizó Jaime Gil de Biedma). Aunque ese desafío “soberanista” esté en trance de terminar como el rosario de la aurora (modalidad lehendakari Ibarretxe), no conviene menospreciar el porcentaje de los catalanes que se han pronunciado a favor de la separación de España. El miércoles, Felipe González, Miquel Roca, Miguel Rodríguez de Miñón y Dolores Cospedal, juntos, se manifestaron a favor de iniciar reformas institucionales que necesita nuestro Estado central y autonómico. Roca cerró el acto exclamando: “Si fuimos capaces de entendernos con los antiguos franquistas en 1977, ¿cómo no vamos a entendernos los demócratas reformando el Estado treinta y cinco años después?”
He ahí la tarea del porvenir. El consenso debe ser la guía de ese esfuerzo que demanda la mayoría de los ciudadanos de buena voluntad. También coincidieron en eso las cuatro personalidades citadas.
Santiago Muñoz Machado, autor de un reciente libro que defiende reformar la Constitución para mantener el mejor orden político de nuestra Historia, introdujo el acto. Su opinión no coincide con otras que sostienen que el ciclo de la Constitución de 1978 está agotado. Yo estoy de acuerdo con Santiago Muñoz Machado. El resultado de las elecciones catalanas demuestra que la Constitución está más fuerte de lo que pensaban muchos, por ejemplo, Pere Navarro, el líder del PSC. Su oferta electoral del “derecho a decidir” y de un nebuloso “federalismo” se sitúa en un “tertium genus”, una tercera especie entre el modelo constitucional actual y la secesión que predicó Artur Mas. No hay vías intermedias. Sólo cabe iniciar reformas respetando las leyes y haciéndolo por consenso; no hay otro “derecho a decidir” si se quiere preservar la paz y la seguridad jurídica.
El federalismo es una técnica excelente para organizar los Estados. Nuestro Estado tiene las características federales básicas; se puede modificar acentuando esos rasgos. El problema se encuentra cuando detrás del federalismo, o se quiere ignorar que es real la existencia de una “Nación española” (art. 2 de la CE), o se pretende debilitar el “Estado social y democrático de Derecho” (art. 1 de la CE) común de los ciudadanos españoles. El federalismo no puede servir para anular un “patriotismo” común o español, una lealtad a valores propios de nuestra tradición liberal, tolerante, cosmopolita y culta. Ese patriotismo se declara compatible con lealtades múltiples: una persona se siente catalán, castellano, vasco, etcétera, y al tiempo, español, europeo, o patriota de la Humanidad entera.
Y aquí se encuentra la clave del fracaso “soberanista” de los distintos “nacionalismos” (incluyendo el nacionalismo estatal): en la Unión Europea el concepto de “Nación” es el pasado, como las fronteras, la moneda nacional, etcétera; concepto que será tan antiguo (¡eso esperamos!) como la máquina de vapor o las guerras entre las naciones europeas. Esos son los indicios de una Era que llega después de la Contemporánea. ¡Adaptemos nuestra Constitución de acuerdo con ella y con sus reglas!
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Consejero de Estado-Historiador.
JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.
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