RESEÑA
Donna Leon: Las joyas del paraíso
domingo 02 de diciembre de 2012, 13:25h
Donna Leon: Las joyas del paraíso. Traducción de Maia Figueroa Evans. Seix Barral. Barcelona, 2012. 320 páginas. 18,90 €
Imre Kertész y Philip Roth han anunciado que abandonan la escritura; Donna Leon no. La dama del crimen, la mejor escritora de novela negra, según dicen las solapillas de sus obras, ha vuelto de hecho a presentar otro libro. Probablemente, venderá miles de ejemplares. El libro, sin embargo, es tan deficiente como cualquier otro de los que ha escrito. Lo único que lo diferencia de los anteriores, sin duda su mayor virtud, es la ausencia del comisario Brunetti.
La intriga, por llamar de alguna forma a las tediosas investigaciones de la protagonista, una musicóloga encargada de examinar el legado de Agostino Steffani, compositor veneciano del XVII, ocupa un tercio del libro. El resto, plúmbeo como un mamotreto escolástico, tiene por objeto sus insustanciales costumbres: deglutir barritas energéticas, perder el vaporetto, abrir el correo electrónico. El conjunto es tan anodino que resulta inútil criticarlo. ¿Cómo es posible que esta mujer se haya hecho célebre escribiendo libros? Aburrido, previsible, confuso, lleno de soluciones arbitrarias, no creo que se pueda leer algo tan penoso a excepción de Cincuenta sombras de Grey, best- seller que al menos sirve para tirarse de la risa con los amigos.
La obra contiene todo lo necesario para dejar de considerar la lectura una ocupación inteligente. Desde un pretexto tonto, la búsqueda de los herederos de alguien que murió tres siglos antes sin herederos, hasta esa cosa irritante que es que le lleven a uno de una conjetura a otra para, de pronto, informarnos de que la protagonista leyó mal un documento. Nada falta, ni siquiera la sospecha de que el Opus esté implicado en el caso, un originalísimo recurso que recuerda lo que dijo Borges de cierto poeta: “si en su poema aparece un baúl, inevitablemente el protagonista se llamará Raúl”. Al final, el misterio se resuelve abruptamente al descubrirse el testamento de Steffani en el doble fondo de uno de sus cofres, el lugar más apropiado para guardar un documento de este género después de redactarlo. Como dicen los italianos: “Tanto fumo e niente arrosto”.
Lo más gracioso del caso es que la autora se ha preparado a conciencia para perpetrar la novela. Ello no ha impedido que cuanto dice sobre la música barroca veneciana sea de una vulgaridad azorante. Si evoca a Vivaldi habla acto seguido de Anna Girò, su supuesta amante, y de sus dudas religiosas; si menciona a Faustina Bordoni, la mujer de Hasse, es para denostarla por su mal carácter (leyenda originada por una pelea que tuvo con Francesca Cuzzoni, su rival, mientras cantaban una ópera ante el príncipe de Gales) y así sucesivamente. El tono general de estos comentarios se revela ya al principio cuando tropezamos con un profesor borrachín del que se dice sin ninguna necesidad, solo por el gusto de parecer instruida, que embelesa a sus discípulos hablando de la correspondencia de Apostolo Zeno a propósito de la fundación de la Accademia degli Animosi. ¿Se puede concebir algo más absurdo? La culta e inexplicable alusión a Zeno pone de relieve cuál es la forma de trabajar de la autora. Esta no yerra al decir que fue poeta imperial en Viena (lo fue desde 1718), pero confunde al lector haciéndolo mientras trata de hechos acontecidos veintiocho años antes. Aunque del libretista veneciano se conservan miles de cartas, apenas queda ninguna de esa época (les remito a la edición canónica de Marco Forcellini). Pero quizá lo que hacía tan divertido al profesor borrachín no eran sus comentarios a las cartas de Zeno sobre la fundación de la Academia, sino sobre su liquidación, en 1711. El problema es que esa información no aparece en sus cartas, sino en sus Diarios.
Es allí donde se relata el episodio que provocó el cierre de la institución: el insolente comportamiento de una máscara con una bella dama turinesa en una fiesta en uno de los grandes palacios venecianos, propiedad de los Grimani. Zeno narra el suceso con frialdad, pero Francesco Negri, su biógrafo, lo adobó afirmando que la máscara hizo a la dama algunas villanías (“facendole no son quali atti villani”) y esto es lo que parece que ha llegado a Donna Leon, quien nunca tiene el detalle de verificar sus datos. ¿Para qué, si lo suyo es el crimen?
En fin, si el por alguna nefasta casualidad el libro llega a sus manos váyanse a la página ciento uno y lean con atención este verso de un aria de Steffani, “moriró tra strazi e scempi”, “moriré entre suplicios y tormentos”. Es lo que les espera caso de seguir leyendo.
Por José María Herrera