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al paso

La Cristianofobia y los Derechos Humanos

jueves 06 de diciembre de 2012, 12:02h
A veces nos quedamos profundamente conmovidos por la noticia de crímenes cometidos contra los cristianos en diferentes partes del mundo. Suceden en diversas latitudes y nos impresiona tanto su anacronismo, pues tendemos a considerarlos antes que nada impropios, pues la libertad religiosa parece un principio universal e indiscutible en nuestros días, como la debilidad de su denuncia, cual si operase una implicita jerarquía en la victimología, de manera que lo cristiano ocupara un rango más bien bajo.

Nuestra actitud mental respecto de la religión, en la estela de algunos planteamientos de Kant, tiende a considerarla, bastante inadvertidamente, un rasgo de ingenuidad e infantilismo intelectual, por lo que los ataques a la libertad de creencia o de prácticas religiosas pueden disminuir para nosotros su significad opresivo respecto de la dignidad de la persona. Ello sucede a pesar de que la misma idea del Estado como orden político limitado resulta inconcebible si no es a través de la expansión de un espacio de autonomía que el pensamiento emancipador ilustrado desarrolló a partir de la libertad de creencias, de asociación y de culto religioso.

Se trata entonces en el caso de la persecución e incluso muerte de los cristianos, aun prescindiendo del ejemplo de coraje y consecuencia que denotan, de una cuestión de indudable relieve que merece una justificada consideración. Sobre esta problemática llama la atención en el último número del TLS (The Times Literary Supplement) Brian Stanley, comentando una monografía de Rupert Shortt, que lleva el llamativo título de "Christianophobie, a faith under attack” .En primer término, se trata de localizar el terreno en el que las persecuciones tienen lugar, a saber, diferentes sitios de Asia, Oriente Medio y algunas partes de África. De los 19 países seleccionados como muestra sólo ocho tienen mayorías musulmanas o, como ocurre en Nigeria, casi mayoría. La inclusión de algunos otros emplazamientos como Israel, Venezuela o Bielorusia, incluso puede sorprender . A veces el acoso procede no del Estado , sino de otros cristianos ( ortodoxos en el caso de Bielorusia) .No es infrecuente, como en Nigeria, que se fomente el diálogo entre las confesiones, y en una nación islámica , como Senegal, los cristianos gozan de casi total libertad.

La justificación asumida en todos los casos de persecución religiosa tiene que ver con la atribución que se hace a la fe favorecida de su condición de instrumento de cohesión nacional, en sociedades sometidas a tensiones disgregadoras y de potencial centrífugo. Se trata de un rol que ahora se reconoce sobre todo al mahometismo pero que en su tiempo los poderes coloniales atribuyeron a los misioneros cristianos. Así en el caso de Indonesia el gobierno, enfrentado al desafío de construir una nación en un archipiélago étnicamente diverso y geográficamente disperso, mantuvo la misma actitud antes con las misiones cristianas que ahora en relación a los musulmanes.

Son interesantes los dos apuntes que Stanley hace sobre la inconsecuencia de algunos intelectuales y sobre la tardía rectificación católica en relación con la libertad religiosa. Así señala, respecto de lo primero, que no es infrecuente que los secularistas occidentales condenen las misiones cristianas de ultramar como dictadoras o imperialistas, mientras aplauden el multiculturalismo, y por consiguiente, la pluralidad religiosa en sus propias sociedades. En relación con lo segundo, todavía el Syllabus de Errores promulgado por Pío IX en 1869 condenaba la separación entre Iglesia y Estado, propugnando que la religión católica fuese la única, excluyendo cualesquiera otras formas de culto.

La raíz de la persecución estriba, en los países musulmanes, en que en los mismos no se distingue entre religión y política, dejando a los cristianos en la precaria posición de su consideración de no ciudadanos, lo que fuerza a su exclusión incluso violenta. La intolerancia religiosa de los países cristianos cedió ante la corriente de la Ilustración.

Quizás peque de etnocentrismo quien espere que lo mismo ocurra un día con los Estados religiosos de nuestro tiempo. El potencial pacificador de la ideología de los derechos humanos, reconociendo la libertad religiosa como derecho universal y obvio, quizás no es el remedio a las perturbaciones de origen religioso, tales como la persecución del infiel.

Quizás tanto los musulmanes como los cristianos pueden reconocerse como seres creados por Dios y con derecho a intentar encontrarle. Así tal vez, apuntan Stanley y Shortt un tanto resignadamente, se pueda persuadir con más eficacia a los tradicionalistas de todas las confesiones de que la opresión de los disidentes es contraria a la mente de Dios y no simplemente a la mentalidad del Occidente ilustrado.
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