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España en estado fluido

Víctor Pérez-Díaz
jueves 24 de abril de 2008, 21:00h
La fragmentación del sistema político español sigue su curso al ritmo que marcan las circunstancias, a veces acelerado y a veces lento. Hace muy pocos meses, los nacionalistas vascos anunciaron la celebración de un referéndum en 2008 y otro en 2010, bajo guisa de referéndums resolutivos o consultivos, y los nacionalistas catalanes, su intención de embarcarse en un proceso similar. Ahora, a la vista de los resultados electorales del 9 de marzo, parece que toca poner sordina a esos anuncios y proceder con más cautela. Los ciudadanos de a pie podemos aprovechar esta circunstancia, y que los medios y los políticos están momentáneamente distraídos con otras cosas, para volver a hablar de ello, entre nosotros, sin aspavientos.

¿Qué probabilidad hay de que los nacionalistas den los pasos que anunciaron, en cuanto vean una circunstancia favorable, digamos, en un plazo de dos a cinco años?

Pongamos que la probabilidad de que lo intenten es de un 50/50, y ya eso sólo, el intento, con lo que supone de cuestionamiento del marco legal, y de avalancha de los gestos, discursos y desobediencias civiles o inciviles correspondientes, producirá cierto estado de ansiedad. En especial, si tiene lugar en medio de un proceso de revisiones estatutarias múltiples, guerras del agua, la educación e infinidad de cosas más, y con el efecto Kósovo (u otros similares) en el trasfondo. Al final, podría quedar en el horizonte la expectativa de un ciclo inagotable de referéndums o, incluso, de la independencia de este o aquel fragmento del país, consecuencia de la obstinación de los unos, la violencia de los otros, y la fatiga de los más.

En esta situación, debemos vigilar lo que vayan haciendo los políticos, evitando el efecto de falsa simetría de atender por igual a gobernantes y opositores, puesto que no hay igualdad en su poder, ni su responsabilidad. Por eso, conviene centrar la atención, sobre todo, en los gobernantes.

Los socialistas españoles son profesionales políticos bastante competentes, si por competencia política se entiende la referida a conseguir y conservar el poder. Prueba de ello es que se han mantenido en él durante los dos tercios de los últimos treinta años, sin tener que mutarse una y otra vez en hasta tres formaciones políticas como ha hecho el centro derecha español; y han sido capaces de apelar a un amplio espectro de electorado, y de ser socialistas y pro-capitalistas al tiempo (e incluso de proclamar su adhesión al marxismo y renunciar a ella enfáticamente en el lapso de muy poco tiempo) sin atravesar crisis alguna de identidad. Todo ello requiere arte y oficio, destreza comunicativa y disciplina interna.

En este momento, su cálculo de entretener el fuego de las revisiones estatutarias durante un tiempo y calmarlo ahora, en lo posible, parece razonable, al menos desde el punto de vista de la razón instrumental y la technè o virtud propia de profesionales orientados a hacer bien su oficio y mantenerse en el poder. El hecho es que han ganado unas elecciones que les dan cuatro años más en el gobierno; cuatro años que, en la perspectiva de quienes operan en la vida política, son una eternidad. En ese tiempo, piensan, la situación puede evolucionar favorablemente por dos razones.

Primero, cuentan con que, en último término, los nacionalistas prefieran la certidumbre de una posición hegemónica en su región plus una posición clave en la gobernación de España, a las incertidumbres y azares de una independencia: más vale mandar sin interferencias en el patio local, e influir decisivamente en el del vecino.

Segundo, creen que, entretanto, el país vivirá en un estado de arquitectura política fluida. La idea de una arquitectura fluida, hecha de componentes y materiales elásticos, suena interesante, postmoderna, atrevida, desenfadada, incluso transgresora. Y, en este caso, piensan que quienes mejor pueden administrar y manejar ese estado político fluido son ellos, los profesionales políticos del partido socialista, y no (los que ellos consideran como) esas gentes rígidas y un poco “cuadradas” de un partido conservador con su obsesión metafísica con que lo que es, es, y no puede ser otra cosa. Los socialistas, en cambio, se conocen y saben que son dialécticos y pragmatistas, habituados al ser y el no ser simultáneo de las cosas, a la unidad de los opuestos complementarios, al manejo de los conceptos borrosos. Los populares, a poco que se descuiden, o son demasiado enfáticos, y suenan a simplistas, o demasiado asustadizos, y se embarullan a la hora de explicar las tácticas de la ambigüedad política cotidiana; por ejemplo, la de no querer el Estatuto de Cataluña pero sí querer los de otras regiones que se le parecen bastante, y la de dar la impresión de que estarían dispuestos a acomodarse con el catalán si fuera preciso para conseguir el apoyo táctico de CiU llegado el momento.

Y con todo esto, los socialistas se preguntan ¿acaso el país no es muy parecido a nosotros? ¿Acaso un país con una conciencia dudosa de sí mismo, con identidades duales y aun trinitarias (europea, española y regional o nacionalista de turno), con una memoria histórica confusa en estado de reconstrucción permanente, no se parece ya mucho a ese estado fluido de la vida política? Y se responden que sí, que el país se les parece; y que eso se demuestra, en parte, con la presencia masiva de votantes socialistas en Cataluña y el País Vasco, inmigrantes e hijos de inmigrantes, que parecen ofrecer el testimonio de que la ambigüedad del statu quo puede mantenerse indefinidamente.

Claro es que, para entender la situación, conviene que los socialistas, y los demás, consideren también el otro lado del argumento.

En primer lugar, los nacionalistas pueden querer actuar antes, e ir más lejos, de lo que los socialistas piensan. Para empezar, quizá el razonamiento socialista concede demasiada poca importancia a la idea que muchos nacionalistas se hacen de lo que puede ser una vida política en la independencia, sin el lastre de un “resto del estado”, y, en particular, sin el lastre de unas comunidades del sur (gobernadas por socialistas), que suelen tener el doble de la tasa media española de paro desde hace veinte años. Muchos nacionalistas periféricos imaginan que, independientes, el País Vasco y Cataluña serían como algunos países de la Europa oriental, pequeños y dinámicos, con tasas envidiables de crecimiento, como Letonia, por ejemplo, un país de algo menos de 3 millones de habitantes, con una tasa media de crecimiento anual del 6,9 por ciento entre 1995 y 2005.

Además, los nacionalistas pueden pensar que, en la época de la Unión Europea y de la globalización, ¿qué necesidad hay de estar ligado de por vida, y arrastrar para siempre, un matrimonio de poca conveniencia y escaso amor con el resto de España? Y su referencia a la UE es interesante; porque muchos creen que la garantía que ésta ofrece a sus estados miembros para contener las tendencias independentistas y separatistas que alberguen en su seno es ligera, e incapaz de aguantar presiones políticas de suficiente intensidad (como se está demostrando ahora en el caso de Kósovo).

Lo anterior sugiere que la hora de la verdad puede ocurrir antes de lo que se piensa. Pero, por otra parte, también puede suceder que la estrategia de la borrosidad no pueda mantenerse indefinidamente porque los españoles tampoco acaben de hacerla suya.

En efecto, en segundo lugar, aunque es cierto que los españoles viven un poco confusos, su capacidad para la confusión no es inexhaustible. Incluso la confusión tiene límites, aunque sólo sea porque, a partir de un punto, suscita cierta ansiedad y un deseo de salir de ella, buscando la claridad, y, reconozcámoslo, también un poco de simplificación. Esto afecta a los ciudadanos de a pie un poco más que a las sofisticadas elites, que, en su afán de serlo todo y todo al tiempo y todo ya, se acostumbran al barullo de sus afanosas y complicadas vidas.

El sistema educativo es mediocre, pero no tanto que impida por completo el desarrollo de la capacidad de razonar de las gentes comunes, de pensar y expresarse con un poco de orden, y de distinguir entre la parte y el todo, las causas y los efectos de las cosas, los actos y sus consecuencias, el corto y el largo plazo; todo lo cual suele ayudar bastante para entender los problemas complicados. Los medios de comunicación tienen defectos; pero también incluyen muchos comunicadores razonables y atentos a las cosas, interesados en dar una información veraz. La identidad de los españoles puede ser compleja, pero ello no impide el hecho de que cuatro de cada cinco se sienten españoles y orgullosos de serlo, y ello un poco en todas partes, y sin que se haya alterado sustancialmente esa proporción a lo largo de varias décadas. La economía de mercado, y el imaginario político, y una cierta narrativa histórica, siguen trabando las vidas de unos y otros. Incluso Europa recuerda cada día a los españoles que no son franceses, ni italianos, ni ingleses, y ese recordatorio se repite para cada país. Y luego está el pequeño detalle de la lengua común, que tiene su atractivo e incluso más que eso, porque sin esa lengua no habría tratos comerciales y políticos, ni identidades que expresar, mi educación que dar y cosas que comunicar.

Juntos, todos los factores antes mencionados contribuyen, todos los días, a poner límites a la confusión; y el efecto de la globalización, a este respecto, va, curiosamente, en la misma dirección. Y la razón es simple: justo porque el riesgo de perderse en un mundo complejo se hace mayor, las gentes necesitan, cada vez más, un poco de claridad sobre su entorno.

A la postre, la tendencia a la arquitectura política fluida y al lenguaje político borroso favorece un proceso de fragmentación que, en un clima de confusión, podría llegar a las últimas consecuencias. Pero, por otra parte, la contra-tendencia hacia una arquitectura política relativamente estable y hacia un lenguaje con un grado mayor de precisión y de claridad pone coto a ese mismo proceso, o al menos propicia que se haga a las claras.

Cuál sea el desenlace del drama, ya se verá. En todo caso, la articulación de este debate sigue hoy su curso, lleno de silencios y alusiones, y puntuado por los ex abruptos de rigor. Tiene varias posibilidades. Puede hacerse más racional, con ideas más claras y distintas, y más interesantes, porque la inminencia de las cosas agudice el ingenio, como se dice del condenado al que van a ahorcar a la mañana siguiente: que ve las cosas con más lucidez que nunca. También puede ocurrir lo contrario, que la gente se ofusque, o el incremento de la complejidad la canse y, buscando la economía de su esfuerzo, deje de pensar en ello. De hecho, la excitación y la duda generan inseguridad, y, en la inseguridad, la tentación es grande de refugiarse en la irreflexión y delegar la decisión en aquellos en quienes se tiene mayor confianza, o menor desconfianza.

Víctor Pérez-Díaz

Sociólogo

VÍCTOR PÉREZ-DÍAZ es catedrático de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid. Director-fundador de Analistas Socio-Políticos (ASP), Gabinete de Estudios, miembro de la American Academy of Arts and Sciences y doctor en Sociología por la Universidad de Harvard.

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