Mejor… ¡hazlo tú!
martes 11 de diciembre de 2012, 20:27h
Siempre he pensado que el análisis realista y objetivo es la mejor manera de afrontar los problemas. Primero hay que conocer bien la realidad, para tratar luego de transformarla hacia los objetivos que pretendamos. Básicamente así funciona el ser humano. Diagnóstico y tratamiento, con un fin claro. Vive España unos momentos delicados de profunda desorientación, sería bueno reflexionar siquiera brevemente sobre lo que nos acontece.
A mi entender uno de los principales problemas es la creciente sensación de orfandad política. En la última encuesta del CIS la desconfianza en la clase política ha sobrepasado por vez primera el 30 %. ¡Houston! Tenemos un problema. No olvidemos que fue en noviembre de 2009 cuando la clase política se situó por vez primera como el tercer problema -con un 9 %-, para los españoles. Creo que esta realidad merece un cierto análisis o comentario.
España no es país de gran tradición democrática, basta con mirar nuestro siglo XX. El pueblo español no tiene en su ADN la experiencia, los hábitos, el actuar democrático, como pueda tenerlo el pueblo inglés, francés o americano. La democracia es un régimen enormemente complicado y exigente, que tiene sus dinámicas y parte de una cierta claridad de ideas e imprescindible autodisciplina. Hay que respetar las normas jurídicas, hay que pensar en el bien común y hay que ser enormemente responsable mimando y cuidando tu sistema político, el que entre todos nos hemos dado.
La Constitución no es la panacea de todos los bienes, por sí misma vale poco. Su grandeza consiste en el respeto que los poderes constituidos -son quienes la desarrollan: poder ejecutivo (nacional, autonómico y local), poder legislativo (nacional y autonómico), poder judicial, poder electoral (pueblo español), poder moderador (Rey) y poder corrector (Tribunal Constitucional)- la tengan, en el respeto a sus principios, valores y procedimientos. La Constitución española de 1978 no es ni mejor ni peor que otras de su entorno geográfico y temporal. Su importancia deviene del contraste con el fracaso manifiesto de nuestros pasados textos constitucionales, lo que es otra prueba más de nuestra limitada tradición de praxis democrática.
A los españoles hay que hablarles claro, guste o no lo que tienen que oír. Es una cuestión de madurez política. Tenemos lo que entre todos hemos creado. Esto es básico y esencial para no hacernos trampas en el solitario. La madurez democrática la logra un pueblo cuando se hace protagonista de su destino. Hoy los españoles, cada uno de nosotros individualmente, se tiene que preguntar qué está dispuesto a hacer por la vida pública de su Nación. Este y no otro es el planteamiento. Nuestra vida política será la que desarrollen nuestros protagonistas políticos. Si éstos te gustan, bien, si no, habrá que buscar otros y si no los hay, pues crearlos tú mismo dentro de tu grado de compromiso -mucho, poco o ninguno-. No queda otra, salvo que uno piense que vendrán de Francia o Alemania a hacer nuestros deberes, porque somos incapaces.
Nos falta todavía una gran madurez democrática, mayor compromiso serio y eficaz, ser más exigentes y trabajadores en nuestra cosa pública (res publica). Exigencia, ejemplo, compromiso, trabajo, rigor, claridad, son las claves de nuestra vida política. Y eso pasa por un mayor compromiso de los españoles, mayor coherencia. Quien quiera que esto funcione mejor, que se arremangue y comience a trabajar más por mejorar nuestro régimen político y democrático. La queja constante no aporta ya nada, las cosas cambian y mejoran con el compromiso serio y personal. El “hay que hacer las cosas”, pero que las haga otro, no vale. El mejor… hazlo tú, se tiene que acabar. La crisis de España no es sólo económica, esto es evidente, y sólo los españoles podemos cambiar la situación, nuestro destino es nuestro, y debemos asumirlo. Precisamos de personas formadas y comprometidas con nuestra vida pública, que le den un nuevo aire, que protagonicen el cambio que necesitamos con base en los tres pilares clásicos rusellianos: inteligencia, generosidad y valor. Y también, cómo no, evitar sus contrarios: estupidez, egoísmo y cobardía. El pueblo español, como siempre, tiene la última palabra.
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Catedrático de Derecho de la URJC
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