DEL GRAN INCENCIO DE LONDRES AL LHC
Y el mundo no se acabó: los mayores fiascos de las teorías apocalípticas
jueves 20 de diciembre de 2012, 16:14h
La histeria colectiva parece haber dado paso a una calma entre la decepción y el alivio al llegar el día 22 de diciembre de 2012 y que todo siga igual. Quienes se apresuraron a interpretar la profecía maya del 21 de diciembre como el fin del mundo no pueden negar que se han equivocado. Eso sí, no han sido los únicos de la Historia.
Es 22 de diciembre de 2012 y el mundo sigue girando. La movilización en torno al supuesto fin del mundo pronosticado por la profecía maya se ha deshinchado de golpe. Pasada la media noche, cuando los últimos minutos del día 21 habían apurado las posibilidades del tan, por lo visto, esperado adiós definitivo, lo que pasaba era la más absoluta nada. Nada fuera de lo normal. El Sol y la Luna seguían en su sitio, las heridas de la atmósfera no sangraban más de lo habitual, los ríos bailaban en su cauce y la inmensa mayoría de la humanidad continuó durmiendo, trabajando o buscando trabajo, haciendo el amor o la guerra, en su cena de empresa o escribiendo la carta a los Reyes Magos.
Desde enero del presente año, los adictos a los cataclismos mundiales y a las profecías apocalípticas se armaron de bombo y platillo para anunciar la cuenta atrás del mundo: según el calendario de la antigua civilización maya, todo terminaría el 21.12.2012. A pocas semanas de la temida fecha, cada actor ya tenía memorizadas sus líneas: las sectas de turno planeaban dramáticos suicidios colectivos, los científicos se afanaban en negar con datos empíricos la inminente ‘deadline’, los más espabilados acertaban a llenarse los bolsillos a base salvadoras arcas de Noé e incluso los hay que se vistieron de optimismo y creyeron leer entre las líneas mayas un “cambio de ciclo” a mejor.
Desde la perspectiva del resacoso día después, las cosas tienden a clarear. ¿Fin del mundo? No, fines del mundo.
1.666, el número maldito
Si hasta ayer se esperaban como causas del Apocalipsis una catástrofe de índole natural, como el deshielo masivo de los polos, un tsunami o un terremoto, una tragedia planetaria del tipo de un meteorito chocando contra la Tierra o un fin escrito por alienígenas, en el siglo XVII la conclusión del mundo tenía connotaciones religiosas. Los medios cambian según los temores descritos por la Historia pero el fin siempre ha sobrevolado el imaginario popular.
En el Londres de 1665, una plaga de larga duración causó estragos mortales en la población y allanó el terreno al temor que suscitaba una lectura cristiana del año siguiente, contenedor del número de la Bestia: 666. El gran incendio que asoló la capital británica en septiembre de 1666 se achacó inmediatamente a la ira de Dios y se relacionó con un inminente fin de la existencia. Obviamente, 1667 llegó, con olor a humo, pero llegó.
El último cometa
Los apocalípticos sienten una especial predilección por la idea de que el mundo terminará como consecuencia del impacto de un meteorito o cometa contra nuestro planeta. Una de las primeras veces de las que se tiene constancia de que el acercamiento de un cometa a la órbita terrestre hirvió la sangre de las teorías catastrofistas fue en 1910. El paso del cometa Halley, que vemos desde la Tierra cada 76 años, provocó la histeria colectiva en buena parte de Estados Unidos y Europa. Lo que no cambia es la picaresca humana. Según documentos de la época, las máscaras y pastillas ‘anti-cometa’ se convirtieron en un lucrativo negocio para más de uno gracias a la superstición y al instinto de supervivencia.
En 1997, las cualidades excepcionales del cometa Halle-Bopp –fue perceptible a simple vista durante el tiempo récord de 18 meses y especialmente brillante-, lo convirtieron en el candidato perfecto para dinamitar la Tierra de una vez por todas. Desastres naturales y un supuesto rescate VIP por parte de una nave alienígena fueron los vaticinios más sonados. De hecho, el Halle-Bopp provocó el parto de una secta estadounidense, Heaven’s Gate, que protagonizó el suicidio colectivo de 39 de sus miembros a base de zumo de manzana, vodka y barbitúricos. Su idea era la de abandonar sus cuerpos terrenales en un planeta abocado a la extinción y viajar en el ovni que, creían, seguía al cometa.
El efecto 2000
Como el paso de ciclo descrito por los mayas para el 21 de diciembre del 2012, el cambio de milenio tampoco estuvo exento de su hipótesis particular en torno al Apocalipsis, esta vez basada en un colapso de la totalidad de los sistemas informáticos que acarrearía el caos y la catástrofe económica en todo el mundo. El 31 de diciembre de 1999 preparamos las copas de cava esperando que con la última uva viniera el apagón, como una cuenta atrás del fin.
La costumbre de los programadores informáticos de obviar la centuria en el año para el almacenamiento de fechas, por optimizar memoria, hizo pensar que los sistemas morirían con el primer suspiro del año 2000, incapaces de asimilar datas que no empezaran por 19. Corregir este error de software costó miles de millones de dólares en el mundo entero pero no se cortó el suministro eléctrico a las ciudades, no se ‘resetearon’ las cuentas bancarias ni se colapsaron las centrales nucleares, los transportes siguieron funcionando con normalidad y los teléfonos móviles continuaron su tradicional retahíla de felicitaciones de Año Nuevo.
El agujero negro del LHC
En 2008 y 2009 fue la Física moderna la que despertó los temores sobre un inminente fin del ser. Desde que el CERN, u Organización Europea para la Investigación Nuclear, anunció que el LHC (Gran Colisionador de Hadrones), el colisionador de partículas más grande y energético del mundo, desarrollaría sus primeras colisiones en 2008, una parte de la comunidad científica se propuso la divina tarea de explicar a la sociedad los peligros del experimento para la existencia de la vida misma. Los abanderados del ‘save the world’ fueron en este caso el investigador estadounidense Walter L. Wagner y el filósofo de la ciencia español Luis Sancho, quienes pronosticaron que la colisión provocada en el potente aparato generaría un agujero negro que se tragaría a la Tierra con todo y todos dentro.
El CERN realizó algunas comprobaciones y se concluyó que no existían datos matemáticos que respaldaran las teorías catastrofistas de Wagner y Sancho. Aún así, cuando el monstruoso aparato se puso en funcionamiento más de uno contuvo la respiración hasta que, en septiembre de 2009 y tras un periodo de paro provocado por un incidente, se detectaron las primeras colisiones. Una vez más, el mundo siguió girando.