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crítica de cine

El cuerpo: gran suspense del clásico con toques de terror

domingo 23 de diciembre de 2012, 11:41h
José Coronado y Belén Rueda protagonizan junto a Hugo Silva este thriller psicológico que el pasado mes de noviembre se llevó el premio a la mejor película en el Festival Internacional de Cine Fantástico de París.
El guionista Oriol Paulo debuta en la dirección con un filme de suspense al más estilo clásico, con giros inesperados y un ritmo que, sin ser frenético, mantiene una constancia que no decae en ningún momento. La acción transcurre en una sola noche y se sitúa casi por completo en un escenario muy especial, un instituto anatómico forense a las afueras de la ciudad, escondido en un pequeño pero frondoso bosque, donde se desarrolla la primera secuencia de la cinta: un hombre corre aterrorizado en plena oscuridad de la noche, para escapar, no sabemos de qué o de quién, con la única ayuda de una linterna, hasta que llega a la carretera y tiene la mala suerte de ser atropellado por un coche. A partir de ahí, se empieza a conocer el misterio, cada vez más extraño, con el que se encuentra la policía para averiguar por qué el veterano vigilante nocturno de la morgue pudo sufrir ese repentino ataque de pánico que le ha llevado a la cama de un hospital, donde yace en coma sin poder ayudar con su testimonio en la investigación.

Al frente de la misma, está el inspector Jaime Peña, un tipo raro, malhumorado y recién incorporado a su trabajo después de visitar a su hija, que vive fuera de España, en un último intento de no acabar con su carrera a causa de las depresiones y la bebida. Después de su último personaje outsider, Santos Trinidad, ese malo escurridizo que se las sabía todas porque una vez fue bueno, José Coronado vuelve a dar vida a un tipo mal encarado, al borde de lo incorrecto, dispuesto a demostrar que su vida está por encima de su carrera. A pesar de que su caracterización es una de las cosas que primero llaman la atención de este último rol, puede decirse que es precisamente esta la que le roba un poco de la credibilidad que debería destilar su personaje. A Peña, hasta sus propios compañeros le temen más que a un nublado, de modo que cuando llega al lugar de los hechos y le informan de que ha desaparecido un cuerpo y que las sospechas de habérselo llevado recaen en el marido de la víctima, ya se sabe que el sospechoso no va a encontrar tregua.

El cuerpo desaparecido es el de Maika Villaverde, una adinerada empresaria cuarentona que, horas después de hacer un largo viaje en avión, fallece en su casa a causa de un infarto. Ante la imposibilidad de realizar la autopsia porque el cadáver ha desaparecido, el policía se pone en contacto con su viudo, Alex Ulloa, más joven que su esposa y millonario gracias a ella, para que acuda a la morgue ante tan extraña desaparición. A Ulloa, a quien da vida un realista y creíble Hugo Silva, muy a la altura de sus dos consagrados compañeros de reparto, el anuncio de la desaparición del cuerpo de su esposa le coge, asimismo, desprevenido, mientras está en casa de su joven amante, interpretada por Aura Garrido. Así, el espectador conoce desde el principio que efectivamente Maika Villaverde fue asesinada pero que el autor del asesinato no es el responsable de que el cadáver ya no se encuentre en una de las cámaras frigoríficas del instituto anatómico forense a la espera de la autopsia, ya que el medicamento utilizado para acabar con su vida no deja rastro y, por lo tanto, Ulloa está, si cabe, aún más sorprendido que la policía por lo que ha ocurrido esa noche. Y por supuesto, más nervioso.

Con una trama cada vez más asfixiante, que intenta volver loco de culpa y de miedo al joven e infiel esposo de Maika, el personaje interpretado por la que ya es musa del cine de terror de nuestro país, Belén Rueda, y a quien vamos conociendo a través de los flashbacks que nos la presenta como una mujer posesiva con rasgos de crueldad que no duda en utilizar con su esposo, la cuidada cinta recuerda temáticamente a aquel mítico filme titulado “Las Diabólicas”, de Henri Georges Clouzot, con momentos que aprovechan el suspense más sofisticado para introducir puros instantes de terror, en los que uno se llega a identificar con el mismísimo asesino, compadeciéndose incluso con él.
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