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Ortega, la libertad y el lector perfecto

David Felipe Arranz
jueves 27 de diciembre de 2012, 20:46h
“Digo vos que todos los estados del mundo que se encierran en tres: el uno llámanle defensores, et al otro oradores; et al otro, labradores”. El infante don Juan Manuel, sobrino de Alfonso X el Sabio y al que debemos esa joya literaria y del pensamiento titulada El conde Lucanor, describió a mediados del siglo XIV en el Libro de los Estados –capítulo 92– la división perfecta del Estado en defensores –los caballeros–, oradores –clérigos y religiosos– y labradores –los siervos de la gleba que pagaban elevados impuestos al señor feudal–.

Durante los siglos XVI al XVIII, las concepciones clásicas sobre la lectura entendida como ocio continúan con las tradiciones medievales hasta que en el Romanticismo Friedrich Schiller reacciona contra el mero didactismo y contempla el fenómeno de la lectura mal llamada “ociosa” de manera determinante en la vida de las personas: “La poesía –escribe en Cartas sobre la educación estética (1793)– puede llegar a ser para el hombre lo que es el amor para el héroe; […] puede enseñarle a ser héroe, puede llamarle a la actividad y puede pertrecharle de fuerzas para que realice su destino”, tesis ya apuntada más de un siglo atrás por Baltasar Gracián precisamente en El héroe (1637), en el que describe el ideal del hombre excepcional, una de cuyas cualidades era precisamente la de tener educado el gusto en lo tocante al disfrute de las artes y las letras.

Ortega y Gasset añadió seiscientos años después de la propuesta del infante don Juan Manuel en uno de sus artículos de El Espectador (1916) que habría que añadir una cuarta categoría a aquella división tripartita de los estados: la de los “terricadores” o filósofos, en realidad contenidos en el grupo original de los oradores, por cuanto en él se reunían aquellos que llevaban a cabo cualquier tipo de actividad intelectual. En una sociedad completa, los lectores-filósofos para Ortega lo constituirían aquel grupo de personas “a quienes interesen las cosas aparte de sus consecuencias […] en toda su delicada, compleja estructura. Lectores sin prisa, advertidos de que toda opinión justa es larga de expresar […], que al leer repiensen por sí mismos los temas sobre que han leído […], que no exijan ser convencidos, pero a la vez se hallen dispuestos a renacer en toda hora de un credo habitual a un credo insólito […], que se hayan reservado un trozo de alma antipolítico”. Fijémonos en el rechazo orteguiano al partidismo parcial de la disputa política y en cómo hace hincapié en la necesidad de sobreponerse al combate dialéctico repentizado en los cafetines.

Para el autor de La España invertebrada, el buen lector es, en definitiva, aquel incapaz de oír sin rechistar ni replicar un sermón de la “autoridad”, de apasionarse en un mitin político o de juzgar a las personas y a las cosas en una tertulia de café; es decir, el lector perfecto es, ni más ni menos, un ser libre que parte de una capacidad contemplativa e individual de hombres y paisajes –propia también del lector-escritor– que difícilmente se puede ejercer en las sociedades actuales sin apartarse de la gran ciudad.

Si, según Ortega, “Cervantes empezó en su Quijote la crítica del esfuerzo puro” en clara referencia al ímpetu del hidalgo lector que deviene en caballero melancólico, y la técnica es el desarrollo de infraestructuras como consecuencia del frío… el juego de la lectura permite precisamente atenuar el choque de dos mundos opuestos: el de la reflexión y el de la acción. Así, Ortega redefine el hidalgo cervantino para contener el embate de las circunstancias erosivas del trabajo, que va infiltrándose en el alma del individuo por las fisuras del desgaste y el desasosiego de cubrir las necesidades perentorias del vivir.

El concepto del aprendizaje como juego y de la lectura como acceso lúdico al conocimiento se van desvaneciendo; por eso Ortega propone de nuevo el modelo de un hidalgo lector que cumpla las siguientes características: el hidalgo reduce al extremo sus necesidades materiales y, en consecuencia, “no crea técnicas”; vive alojado en el desierto moral como las plantas que saben vegetar sin humedad y, sobre todo, sabe dar a esas condiciones extremas una solución vital digna.

Junto a la lectura, el teatro emerge como otra de las actividades privilegiadas del hidalgo lector, por cuanto las tablas le ofrecen una transfiguración permanente de la realidad en el marco austero de una construcción material: en él, el espectador asiste al transcurrir de mundos, vidas y acciones que jamás hubiese soñado de no ser por el formidable escaparate que se ofrece ante sus ojos. “El escenario y el actor son la universal metáfora corporizada y esto es el teatro: la metáfora invisible”, afirma. Por monasterios y chozas de pastores, palacios y jardines, rúas de antiguas urbes y salones de ciudades modernas transcurren reyes y mendigos, Hamlet y don Juan.

Porque tanto la lectura como el teatro poseen el valor universal de elevar el ocio reflexivo de las gentes mediante la experiencia de la recepción, de recibir dentro de nosotros nuevas categorías, haciéndonos salir de nuestra cotidianidad. En el excelente y de aún palpitante vigencia Teoría de la clase ociosa (1899), Thorstein Veblen presenta un esquema de la historia del hombre abordado a través de la dicotomía trabajo / ocio y considera a los guerreros –los militares, los caballeros de don Juan Manuel– unos iletrados que practicaban un ocio activo en constante actitud de violencia que acaba conduciendo a los hábitos de vida depredadores. Ante la acción destructora la resistencia natural del hombre es el sentido cultural de las cosas. Es esta actitud cultural la que reclama para sí el hombre actual en una era de barbarie y de compra y venta de armas en zonas de conflicto, de usurpación del bienestar de las familias y del poder omnímodo de los bancos internacionales.

Grecia, la cuna del pensamiento, ha sido la víctima propiciatoria de los guerreros del siglo XXI, pero sólo a través de la lectura, de la escritura, del pensamiento, del saber, de la música, del juego intelectual y de la reflexión, de la libertad, en definitiva, seremos capaces de acercarnos al arquetipo de la plenitud humana, vencido el poderío del orbe militar y político. Ésa será nuestra proeza y ésa su definitiva derrota… por nuestro bien y nuestra supervivencia.
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