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Libertad de cátedra

José María Herrera
sábado 29 de diciembre de 2012, 18:33h
Ha sucedido en Francia, pero podía haber pasado aquí, en España. Un profesor ha sido suspendido por proponer a sus alumnos de secundaria la elaboración de la carta de un suicida explicando las razones por las que se quitaba la vida. Los padres han protestado y la inspección educativa ha tomado medidas. Una de las principales causas de mortalidad entre los jóvenes galos es el suicidio. A mí esto último no me ha extrañado porque los jóvenes no suelen morirse naturalmente. Si lo ha hecho, en cambio, el descubrimiento de que aún hay gente que cree que meditar sobre un problema constituye una actividad peligrosa, de la que hay que apartar a la juventud.

¿Les suena la idea de que la educación debe alcanzarse a través de la virtud y no del conocimiento? Después de muchas vueltas y revueltas, la pedagogía contemporánea, nieta de la Ilustración, parece haber acabado en el mismo lugar donde estaba la Iglesia cuando Voltaire denunció la necesidad de liberarse de su tutela. Su alianza con el orden establecido, encarnado en el principio de aprender a aprender, la ha ido empujando poco a poco hacia la inquietante creencia de que para formarse no es precisa la confrontación con la vida ni el contacto con la realidad. Por supuesto, esto no se dice así, se dice incluso lo contrario, pero es así cómo ahora funcionan las cosas. ¡Son tantos los peligros que amenazan a la juventud y tantos los derechos a proteger!

El resultado es que en ningún sitio existe hoy menos libertad que en un instituto. Hasta para ir al retrete hay que cumplir estrictos protocolos. Los chicos han dejado incluso de hacer experimentos en los laboratorios de física y química o de dar clases de educación física en el patio por miedo a los accidentes. La sobreprotección, manía inherente al estado del bienestar (totalitarismo de la compasión lo llamo yo), es la causa de que en Francia haya ocurrido lo que estamos comentando. De seguir por esta senda mañana pueden retirarle la venia al profesor que aconseje Madame Bovary o Ana Karenina. Para evitar que nuestros hijos, pródigamente amamantados por el Estado hasta los dieciséis años, lleguen a descubrir algo inconveniente, deben limitarse a las vidas de santos o a sus equivalentes laicos: la paz y la no violencia, la igualdad sexual, etc. El matrimonio de pedagogía, padres sobreprotectores y Estado nodriza ha acabado convirtiendo los sistemas educativos en el Licenciado Vidriera de las instituciones, algo que rezuma por todas partes miedo e impotencia.

Los profesores no deben hablar del suicidio. El suicidio es tabú. Ni siquiera ahora, con los últimos casos vinculados a los desahucios, debe plantearse el tema. Suicidas hubo siempre (las estadísticas dicen que triplican a los muertos en accidente de tráfico) y a nadie molestaba que no se tratara el tema. ¿Qué ganaríamos sabiendo que hay gente que, después de calibrar las ventajas de vivir entre nosotros, elige tirarse por el balcón? Nuestras sociedades admiten el malestar, incluso lo favorecen, pero hasta cierto punto. El malestar es bueno para el consumo, activa la economía. “Cuando uno está a mal consigo mismo tiene la ventaja de encontrarse en magnífica disposición para comprar”, escribió Sterne. Pero hablar de suicidio es reconocer que hay grietas en el estado del bienestar y esto choca con el plácido discurrir de la historia que se presupone tanto en el paradisíaco aprender a aprender como en la defensa, convertida hoy en ideal progresista, de un sistema de derechos imposible de sostener.

En la época helenística hubo un filósofo que recomendaba a sus discípulos el suicidio. No tuvo éxito. Me he acordado de él al enterarme de que en Francia padres e inspectores sospechan que mientras un muchacho medita sobre estas cosas puede asaltarle una repentina inspiración y quitarse la vida. Porque creen esto ven con buenos ojos que sus hijos pasen años haciendo recortables acerca de la paz en el mundo y cosas por el estilo. El grado de implicación de los estudiantes con sus tareas es tan débil, sin embargo, que da risa que semejante cosa pueda pensarse. Ojalá fuera así, pero lo cierto es que la influencia de los profesores es mínima comparada con la de la realidad. No hay más que ver el respeto que se les tiene. La pretensión de la pedagogía y el Estado de construir una muralla china que proteja a los jóvenes de toda barbarie es, en realidad, contraria a lo que se pretende. Hay muchas pruebas de ello. Kafka lo vio con su perspicacia habitual en un relato donde cuenta la historia de un animal que excavó un hoyo para escapar de los depredadores que intentaban comérselo y acabó en la madriguera donde estos moraban.
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