El exilio de la inteligencia
José Antonio Ruiz
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jantonruytelefonicanet/9/9/20
viernes 04 de enero de 2013, 20:00h
Hace ahora ochenta y un inviernos, en diciembre de 1932, un mes antes del ascenso de Adolf Hitler al poder, Albert Einstein hizo la maleta y se marchó a los Estados Unidos sin billete de vuelta. Aunque ligero de equipaje, el físico alemán de origen judío se llevó consigo en el petate la famosa ecuación de la equivalencia masa-energía, la reformulación del concepto de gravedad y el Premio Nobel de Física, que como es sabido no se lo concedieron por la Teoría de la Relatividad (corroborada la incapacidad mental de los miembros del jurado para valorar la dimensión del hallazgo), sino por sus explicaciones sobre el efecto fotoeléctrico y sus contribuciones a la física teórica.
El “padre de la bomba atómica” se largó dando un portazo con un elegante corte de mangas al Führer, y dejó al régimen esvástico sumido en la peor carga de profundidad que puede sufrir un país: el desprecio de sus mentes más lúcidas.
Hoy, muchos años después de la pesadilla nazi, probablemente esté por nacer en España un lumbrera cuyo careto sea digno de aparecer en la portada de la revista Time, excepción hecha de Zapatero o de alguno de los prometedores vástagos de la “Sagrada Familia” pujoliana.
A Dios gracias, no padecemos en nuestro solar ibérico ningún conflicto antisemita –sólo nos faltaba eso-, aunque a fe que existen infinidad de variantes semánticas de la palabra holocausto. Pero la jodida crisis, unida al órdago totalitario de los caudillos nacionalistas, nos está dejando huérfanos de muchas cabezas pensantes, condenadas al ostracismo o a un destierro que no necesariamente tiene que estar inducido por motivos ideológicos o de conciencia stricto sensu.
Son los nuevos represaliados extra políticos, que buscan refugio en el extranjero camusiano huyendo del incierto destino que les aguarda en la muy cabrona “Madre Patria”.
Si no me limito a hablar del descalabro económico y me refiero también al desafío institucional, lo hago deliberadamente, a sabiendas de que existen múltiples formas de exilio voluntario forzoso, más allá de las que están llevando a muchos recién graduados a pirarse de España como si fueran brigadistas. Albert Boadella, sin ir más lejos: «Por la calle me llaman facha. Barcelona es hoy como el Berlín Oriental».
El daño, hecho está, por culpa de tantos fachas como andan sueltos, ladrando y mordiendo como perros callejeros, por las hermosas calles de la Ciudad Condal, y que merecerían recibir el mismo trato que infringió a los disidentes Nikita Khrushchev, o pongamos por caso Yuri Andrópov, tristemente famoso por pilotar el aplastamiento de la Primavera de Praga en Checoslovaquia, y a lo que se ve orgullo de madre, aunque presumiera de ser un hijoputa y de tener amigos tan indeseables como Erich Honecker, Leonid Brézhnev o Wojciech Jaruzelski.
Pudiera parecer que exagero, pero me temo que no es el caso visto a través del prisma de la perspectiva del tiempo.
El panorama es tan desolador ante la falta de perspectivas laborales, que lo suicida es claudicar a la resignación y entregarse al botellón empinándose hasta el agua de los floreros a poco que surja la oportunidad de poder evitar la cirrosis hepática poniendo tierra de por miedo con intención de no regresar a España a no ser para pasar unos días de veraneo en la Manga del Mar Menor, allí donde encontró el milagro Julio Iglesias antes de ganar en el 68 el Festival de Benidorm con La vida sigue igual.
Una cosa es la movilidad deseable y enriquecedora de profesionales sin distingos de fronteras, y otra bien distinta la emigración de talentos que no tienen otra salida de incendios que la auto-deportación ante una falta clamorosa de oportunidades que condiciona cualquier proyecto vital. Me temo que Scarlett Johansson no es la única a la que ni se le pasa por la cabeza la idea de casarse.
Estamos asistiendo a la fuga de toda una generación entera de titulados, al éxodo de relumbrones que no están dispuestos a esperar sentados en el parque, echando alpiste a las palomas, aguardando impasibles la prejubilación sin haber trabajado nunca. Y nos estamos quedando los tontos, dicho sea con todo respeto y un poco de pena lastimera, bien porque no reunimos las mínimas condiciones exigidas al nuevo emigrante ilustrado sobradamente preparado, bien porque estamos pasados de fecha, o porque sencillamente no tenemos suficientes cojones.
Por eso, cuando los políticos de turno hablan del I+D+i, me entra la risa floja y me mareo. ¡Cuánto gustarán de los palabros grandilocuentes vacíos de contenido! Métanse ustedes por el tubo de ensayo la Estrategia Española de Ciencia, Tecnología e Investigación. Y déjennos en paz con nuestro problema, que bastante desgracia tenemos.
Talento perdido y despechado, con motivos para no querer ni oír hablar de España, el lugar al que nadie querrá regresar a sabiendas de que es un erial donde se dispensa un trato indigno a sus hijos pródigos a su pesar. Menos sermones lustrosos a cuenta del “capital humano”, y un poco más de sentido de la dimensión real de la tragedia.
Escribo esta columna en el despacho del tío Pedro, que ejerció la Medicina hasta entrados los ochenta años, y que fue discípulo de Ramón y Cajal. En una de las paredes de la estancia donde se agolpan libros de anatomía y tratados de cirugía, junto a las obras completas de Gregorio Marañón cuelga un cuadro con la foto de don Santiago y un texto manuscrito por el Nobel navarro a modo de dedicatoria a su pupilo:
«Se ha dicho hartas veces que el problema de España es un problema de cultura. Urge, en efecto, si queremos incorporarnos a los pueblos civilizados, cultivar intensamente los yermos de nuestra tierra y de nuestro cerebro, salvando para la prosperidad y enaltecimiento patrios todos los ríos que se pierden en el mar y todos los talentos que se pierden en la ignorancia». Firmado: S. Ramón y Cajal. Madrid, 1 de mayo de 1922.
Como soy un sentimental irredento tirando a “gili”, confieso que cada vez que me encierro en el silencio sobrecogedor de esta estancia, se me dispara la imaginación al intentar ponerme en el pensamiento de aquella eminencia a quien Pedro Laín Entralgo consideró la cabeza de la llamada Generación de Sabios.
Por eso y por mucho más, no sabría decir porqué pero me barruntaba que el Australopitecus afarensis nunca abandonó del todo su vida en los árboles antes de que se publicaran las conclusiones del estudio que ha aparecido en Proceedings of the National Academy of Sciences.
Por eso y por mucho más, reconozco que cada día me cautiva más Ángela Merkel, aunque me cueste creer que fue una chica divertida, que en sus años mozos trabajó de camarera molona en una discoteca y vivió de okupa en Berlín. La verdad sea dicha, cuesta imaginar a la canciller sin lorzas embutida en unos Levi’s, aunque consiguiera alucinar al respetable presentándose a la inauguración de la nueva ópera de Oslo con un escote palabra de honor por donde le sobresalía la Puerta de Brandeburgo con Hércules, Marte, las diosas Minerva y Victoria, el carro, los cuatro caballos y hasta la cuadriga de bronce entera, demostrando retener un sex appeal inimaginable en una señora incompatible con la palabra lujuria. En una de estas destrona a Emma Watson como musa de Lancome y dispara las ventas.
Vente a Alemania, Pepe. Y Alfredo Landa, prendado por el Mercedes de Angelino, dejó su pueblo turolense de Peralejos donde nunca pasaba nada y se fue a Múnich deseoso de correr la misma suerte que su compadre José Sacristán. Pepe no encontró lo que buscaba, el triunfo y la fortuna. A lo más que llegó fue a limpiar cristales de día y pegar carteles de noche. Pero al menos lo intentó. Sólo fracasan los cobardes que no se atreven a intentarlo y claudican de antemano a los sueños de la razón.
Me lo voy a tener que hacer mirar porque llevó el día tarareando la copla de Juanito Valderrama: «Adiós mi España querida, dentro de mi alma te llevo metía. Aunque soy un emigrante, jamás en la vida yo podré olvidarte».
Va a ser verdad que la España sórdida de los tópicos, una vez pasada por el alambique de la explicación racional, es incapaz de pasar del Mito al Logos.
A Pedro Guillén, eminente traumatólogo, sólo superado por su calidad humana, alumno aventajado que fue de don Pedro Jiménez López. ¿No sé a qué están esperando para concederle el Príncipe de Asturias?
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Periodista
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jantonruytelefonicanet/9/9/20
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