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El contoneo de las mujeres

José María Herrera
sábado 05 de enero de 2013, 18:49h
Cuando David Hume elogió a Newton diciendo que había conseguido explicar todos los movimientos existentes bajo el Sol salvo el contoneo de las mujeres, nadie podía imaginar que la ciencia llegara a ocuparse alguna vez de este asunto. De hecho, hasta otoño de 2008, fecha en la que Stuart Brody publicó en The Journal of Sexual Medicine un estudio relacionando los andares femeninos con su capacidad orgásmica, el tema permanecía intacto. Cuatro años más tarde, y sin que se conozcan las razones de este repentino interés, los frutos de aquel trabajo han sido objeto de la atención de las agencias de noticias. Aunque la investigación de Brody dista mucho de ser ejemplar, los periódicos han hecho circular la idea de que gracias a ella es posible calcular el potencial erótico de las damas y reconstruir científicamente sus experiencias sexuales mediante la observación de ciertas variables. Factores a primera vista tan anodinos e insustanciales como la longitud y fuerza de la zancada o la rotación vertebral se han convertido de la noche a la mañana en el ojo de cerradura a través del cual puede ser espiado uno de los secretos mejor guardados de la naturaleza.

Aunque la ciencia avanza que es una barbaridad, la fe en ella va aún más deprisa. Cada día son más los devotos que creen que pronto se sofaldarán todos los enigmas del universo. Este debe ser el motivo por el que las agencias dan cobertura a las más asombrosas patrañas. Respecto de la cuestión que estamos considerando, muchos han debido preguntarse cómo es posible que la ciencia comprendiera hace siglos las revoluciones estelares, la precesión de los equinoccios o la retrogradación de los planetas, y no el encantador contoneo femenino. Desde luego, difícilmente podrá aceptarse esta vez que la razón haya sido una observación deficiente, condicionada por el machismo recalcitrante de la tradición. Una bella mujer que pasa de largo siempre despertó la atención. El decoro, el pudor o las vestimentas pudieron atenuar un poco el efecto, pero no eliminarlo. Lo que nunca se hizo en otras épocas es conceder trascendencia teórica a esa clase de movimientos. Sin duda, estamos asistiendo a un cambio de paradigma al que no es ajeno el crédito de que goza todo lo que lleve el marchamo de científico. Pero: ¿qué ha ocurrido para que algo así suceda precisamente en nuestra época?

En un relato escrito poco después de la segunda guerra mundial, Isaac Beshavis Singer recrea la historia del último demonio de la Tierra, una criatura que malvive en un desván de un pueblo polaco comiendo libros en yiddish y quejándose de que la existencia haya perdido su razón de ser debido a que los hombres han caído de tal forma en el mal que no hay necesidad ya de que nadie los tiente. Tras aniquilar a millones de personas, la guerra acabó también con sus principios. Desde que los cuerpos fueron tratados en los desolladeros como si fueran sólo cuerpos, no hay decálogos que cumplir, ni jerarquía de valores, todo está permitido. ¿Será este contexto privado de referencias ideales el que ha facilitado a la ciencia y sus sucedáneos poder contemplar sin tapujos el fenómeno del contoneo femenino y descubrir que se trata del simple funcionamiento de una maquina sexual ajena a la conciencia llena de culpa que se escondía antaño dentro de ella?

Por supuesto, Brody y su equipo no descubrieron que existe algo libidinoso en el paso femenino. Esto ya se sabía. La pisada de las mujeres es uno de los motores de la historia. Hace mucho que constituye, además, un producto comercial. Basta con asistir a un pase de modelos para comprobarlo. Lo único que han hecho es arrancarnos la venda de los ojos e impedir que sigamos jugando a la gallinita ciega con la realidad. Igual que los artistas barrocos veían tras la belleza voluptuosa de los cuerpos sus postrimerías, el esqueleto y el gusano, nuestra ciencia, o mejor dicho, su corte de los milagros, se empecina en demostrar que nada es lo que parece y que, vista desde la perspectiva apropiada, la diferencia fundamental entre un paso encantador y otro desaliñado no estriba en la gracia, la donosura, el duende o cualquier anticuado atributo inmaterial, sino en esa cosa oscurantista, inenarrablemente mecánica, de la rotación vertebral. Imaginen hasta donde llega la fe, que algunos se lo creen.

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