www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Clase política ¿Qué hacer?

viernes 18 de enero de 2013, 08:21h
La democracia no tiene alternativa alguna. Por eso mismo, sus gestores pueden abusar de ella indefinida e infinitamente. Y esto, exactamente, es lo que sucede aquí. La democracia, partitocracia para ser exacto, es el ariete eliminador del Estado de Derecho. No hay regla de Derecho, sino Poder del Partido Político ejercitado sin límite alguno, salvo el que le opongan los otros partidos, lo cual se resuelve, en la práctica, como en todos los cárteles: repartiéndose el mercado, esto es, el botín político en este caso. Una clase política convertida en pura casta basada bien en el populismo bien en la resignación. Y no hay más.

Habrá políticos honrados, pero también incluso ellos, son repartidores de favores, prebendas y privilegios, basados, siempre y en todo caso, en la vieja “Devotio”, esto es, en el pacto de humillación por el cual el siervo o cliente se arrodilla ante su señor y a cambio de ser mantenido a costa de otros le promete eterna sumisión. Y esas prebendas y privilegios son suculentos, sin duda alguna, concretándose en vida cómoda, fácil, y por encima de sus posibilidades, con retiros sustanciosos, muy por encima de lo que la mayoría de tales políticos y prebendados lograrían por su mérito y esfuerzo.

Insisto en que hay políticos valiosos, honrados y que han llegado a la política tras una vida profesional exitosa. Y son merecedores de respeto. Pero no son los más sino los menos, están rodeados de mediocres y depredadores y ellos mismos en no pocas ocasiones, también colocan a paniaguados de todas clases que aprovechan la circunstancia de conocerles por alguna peculiar razón y tras prometer eterno sometimiento — no pueden ofrecer otra cosa — se comprometen a actuar siempre como “su mano derecha” (por cierto ¿cuántas manos derechas tienen los políticos con poder?)

Es evidente que tanto el sistema electoral como todo lo que supone (circunscripción, listas cerradas…) tiene algo que ver con esto. Pero siendo cierto, no es menos cierto que tampoco se ve en el resto de la Unión Europea liderazgo suficiente, aunque la situación en general sea bastante más asimilable que aquí en cuanto a la calidad — en general — de la clase política y de su honradez (también en general). Y ello porque los sistemas de control funcionan mucho más seria y claramente.

Recuperar el liderazgo de la política es un deseo hermoso, pero no es más que eso, un deseo, un sueño hermoso del que, por ahora, no tenemos más que pura ilusión. Pero, en el ámbito de los controles es donde quizás la sociedad podría comenzar a exigir que sean los políticos de talla y honradez los que realmente dirijan la sociedad. Y para ello, necesariamente se necesitaría un Poder Judicial realmente eficaz e independiente — lo que hoy por hoy es otro “desiderátum” — pero sin duda, por ahí, pasa una parte de la solución. Asimismo, desde la Unión Europea, hay que intervenir exigiendo transparencia, - otra quimera con la que soñar, porque estamos dando incluso marcha atrás en todo lo que hace a la transparencia y se pueden poner sectores enteros que han pasado de la “luz y taquígrafos” a la más completa oscuridad: por ejemplo, las oposiciones sustituidas por engendros de designaciones y “concursos” amañados de antemano — y también aumentar la publicidad, hoy en franco retroceso (por ejemplo en la Universidad, la desgraciada ANECA constituye el reino de la más completa oscuridad, donde nadie sabe por qué se designan a los mandamases gubernamentales que a su vez nombran miles y miles de profesores sin que nadie se entere de nada… salvo los presupuestos cuando exigen sus “puestecitos” — y eso que este año han parado momentáneamente la designación final por razones presupuestarias ).

Y además de transparencia, exigencia de responsabilidades y publicidad, la competencia, con concurrencia basada en el mérito y la capacidad, serían instrumentos necesarios para lograr el ascenso y promoción social y desde luego para hacer equidad y justicia en la atribución de puestos, carreras, plazas…

Pero creo que, hoy por hoy, todo esto es soñar. Porque la sociedad misma está resignada — sin perjuicio de indignada también — en parte acomodada y acobardada y no exige responsabilidades suficientes, no está dispuesta tampoco a autoerigirse transparencia y competencia — en el doble sentido de aptitud y de concurrencia — y al final, resulta que aquello tantas veces repetido de que tenemos los políticos que nos merecemos, no deja de ser cierto.

Pero solo caben, creo, al final, dos tipos de actitudes: o resignarse o luchar. Y la democracia y el Estado de Derecho valen mucho más que lo que sus gestores actuales darían — salvo excepciones — en cualquier medida. Por ello mismo, hay que animar a las nuevas generaciones a que se acostumbren a tener personalidad, abandonar cobardías, comodidades y resignación, y comiencen a luchar por esa transparencia, competencia, publicidad y responsabilidad, de cuya combinación saldrán los mejores líderes en el futuro si mantenemos, pese a todo, la esperanza. La esperanza de conseguir que la cosa pública esté al final en manos de los mejores; los mejores en liderazgo, personalidad, patriotismo.

Dejamos para otro artículo lo que pensamos sobre la formación de los políticos, tema que también se conecta indudablemente con la calidad de la democracia y al final del propio Estado de Derecho.