Abraham Lincoln, el presidente más admirado de Estados Unidos, protagoniza esta
impecable cinta que no es, sin embargo, una biografía del mítico personaje. Ni pretende serlo. Es cierto que constituye un retrato a nivel político y también personal del mismo, pero la acción está acertadamente centrada en el episodio más importante de su mandato, también de su vida, así como de la historia de su país. Spielberg, profundamente interesado por el personaje desde su infancia, dirige el objetivo de su cámara a los últimos cuatro meses de vida de Lincoln, mientras la guerra de secesión seguía arrojando cadáveres a ambos lados del fratricida conflicto y el presidente estaba cada vez más convencido de que la única solución realmente válida para su país pasaba por la aprobación de la decimotercera enmienda a la Constitución, la que significaría la abolición definitiva de la esclavitud.
Sin embargo, Lincoln es el único que cree que esta vez, a punto de iniciar su segundo mandato, podrá conseguir los votos suficientes para que la citada enmienda salga adelante. Sólo unos meses antes había sido rechazada y los cálculos de sus asesores señalan que hará falta conseguir 20 votos más, y eso suponiendo que todos los republicanos voten a favor. ¿De dónde se pueden sacar los que aún hacen falta? Sólo de aquellos demócratas que han perdido su escaño después de las recientes elecciones y que tendrán que abandonarlo en breve, quedándose sin trabajo. La oferta que llevan los enviados secretos del presidente es obvia: su voto favorable a la aprobación de la decimotercera enmienda a cambio de un puesto en la nueva administración de Lincoln. Los tejemanejes políticos en marcha, esta vez al servicio de un buen fin que justifica los medios. Una verdadera intriga política que cambió la historia y que funciona en el filme a ritmo de thriller, a pesar de que el final lo conozcamos todos.
Pero Spielberg, por supuesto, no se queda en la vertiente política del gran presidente. Su faceta más humana se entremezcla, en el
inteligente guión de Tony Kushner, a través de las relaciones con los miembros de su familia, inequívocamente implicados en la grave situación del país desde sus personales puntos de vista. Lincoln parece encontrar la paz que a veces tanto necesita en su hijo pequeño, idealista como él, a quien se siente muy cercano. No ocurre igual con su hijo mayor, quien decide abandonar sus estudios de Derecho en la universidad para alistarse en el ejército a pesar de la oposición de su padre o, más bien, de la de su madre, una mujer inestable, tremendamente castigada por la muerte de otro de los hijos de la familia. Es durante esos momentos íntimos en compañía de su esposa donde se descubre al Lincoln más frágil, pero también más convencido, y el duelo interpretativo de dos inmensos actores resulta insuperable. Así, las escenas compartidas de
Sally Field, que da vida a la difícil primera dama, Mary Todd, y
Daniel Lay-Lewis, el inconfundible presidente con el que el actor se ha fusionado, haciendo totalmente suyo el personaje, son, sin duda, uno de los elementos más potentes de la última obra maestra de Spielberg.
Y sin dejar de lado el capítulo interpretativo, el inmenso
Tommy Lee Jones se crece, aún más de lo habitual, con el interesante personaje de Thaddeus Stevens, hombre vehemente y lleno de matices, fundamental para que salga adelante la votación, de quien todos, republicanos y demócratas, están pendientes. Completan el bien elegido reparto,
Jared Harris, convertido en Ulysses S. Grant;
Jackie Earle Haley, Joseph Gordon-Levitt, encargado de dar vida al hijo mayor de Lincoln;
David Strathairn, como el secretario de Estado y mano derecha del presidente;
Gloria Reuben, Hal Holbrook y
James Spader, que da vida al ventajista W.N. Bilbo.