“Volver fer juí ab la raó és demès”
miércoles 23 de enero de 2013, 21:23h
Por falta de ocasiones no hablo catalán en la intimidad, es decir en privado, como probablemente quería significar el autor de la célebre frase, pero poder, podría. Lo aprendí de niño, allá por los primeros años sesenta, en la Barcelona bilingüe, en las calles y en el colegio, en el patio y en las aulas, que la pintura de Benet de Catalunya sota el franquisme tiene mucho de cuento, y lo he cultivando desde entonces leyéndolo y oyéndolo cada vez que tengo ocasión. Si pongo el sujeto de primera persona por delante es por no ocultar que Cataluña ha sido desde mi infancia parte importante en la construcción de mi identidad española, como en tantos otros compatriotas, y por ello, sin duda también como tantos otros, me siento ultrajado porque una pandilla compuesta a medias de fanáticos, de quimeristas y de logreros quiera enfrentar una parte de mí con otra y una parte de mi país con el resto. Y no es ése el estado de ánimo más apropiado para reflexionar sobre el asunto, concedido, pero como en él casi todo resulta visceral tampoco será tan imperdonable.
El parlamento de la Comunidad Autónoma de Cataluña ha aprobado, después de parlotear al respecto, un texto de una pomposidad grotesca que han dado en llamar “Declaración de soberanía y derecho a decidir de Cataluña”. Arranca con una especie de súmula abreviada de las fantasías, medias verdades y filfas con las que el catalanismo suele aderezarse una historia familiar. Su razón de ser en un documento así consiste, al parecer, en ilustrar una especie de personalidad política institucionalmente articulada del pueblo de Cataluña vigente desde la noche de los tiempos. Sería esperar mucho que si se expusiesen las sustanciales diferencias de naturaleza que hay entre las asambleas estamentales medievales y la soberanía política moderna admitiesen los redactores del texto la incoherencia de sus premisas históricas, pero más que aquello de que hablan es revelador lo que callan. Porque nada dicen del siglo XVIII, cuando la prosperidad de la región y sus gentes, que es la supuesta ultima ratio de esta iniciativa, fue espectacular bajo las normas uniformistas de los Borbones, como lo fue también en el XX. Ni menos del siglo XIX cuando en Cádiz se proclamó por primera vez la única soberanía nacional que en España ha habido, la de la nación, con presencia y concurso preeminente de diputados catalanes, y una soberanía sostenida y reiterada en iguales términos desde entonces casi por todos los parlamentos que se han constituido en nuestro país con presencia de diputados catalanes, elegidos en Cataluña, cuyos habitantes han venido ejerciendo así, sin más interrupciones ni dificultades que los demás españoles, su soberanía y su derecho a decidir. De manera que los supuestos derechos históricos esgrimidos para hacer lo que se quiere hacer no es que sean discutibles o dudosos, es que son simplemente ficticios.
El otro gran argumento que se maneja en el texto aprobado es el de la democracia, entendida de una manera peculiar. Al parecer democrático es lo que los ochenta y tantos parlamentarios que han aprobado el texto deciden que es democrático, como la Reina de Corazones en Alicia en el País de las Maravillas, con el mismo wishful thinking y la misma arbitrariedad. Porque mentira parece que haya que recordar cosas así, pero la democracia no es sólo la regla de la mayoría, y mucho menos de mayorías supuestas o imaginadas, sino igualmente el respeto a la legalidad y las reglas de juego libremente adoptados, y lo que se trata de hacer con la declaración aprobada rompe ambas cosas y es, en sí misma y precisamente por eso, irremediablemente no-democrática.
Son muchos quienes suponen que lo hecho por el parlamento de Cataluña no pasa de un gesto sin trascendencia práctica directa, una especie de flatus vocis, sin la correspondiente realidad objetiva. Una pirotecnia para la parroquia e ilusionismo político para lucimiento del, políticamente, muerto viviente que es el Sr. Mas. Que el ejercicio del derecho a decir la secesión que la declaración contiene no tendrá lugar nunca, porque sus promotores no se atreverían a arrostrar las consecuencias, y que acierta por ello el gobierno de la nación tomando el asunto con parsimonia. Tal vez, aunque hay razones para no confiar mucho. Y desde luego no las hay para desconocer lo que esta declaración supone, para hacer como que no nos damos cuenta de su profundo alcance divisivo y del daño que está ya generando, para los catalanes en primer término. Pero sobre todo porque una comunidad política que asista impasible al espectáculo de sus instituciones pasando por encima de la ley y de sus fundamentos, precisamente para amenazar la raíz de su soberanía, renuncia sencillamente a protegerse a sí misma. Habrá que confiar en que todos entiendan que, como dice el verso de Pere Torroella, un poeta del siglo XV, que titula estas líneas, “querer jugar con el sentido común es demasía”.
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Catedrático de Historia del Pensamiento Político
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