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Túnez, el invierno árabe

domingo 10 de febrero de 2013, 08:46h
Hace dos años, fue decisiva en Túnez la colaboración entre laicos e islamistas para derrocar la dictadura de Ben Ali. Con ello, la primavera árabe pareció arraigar en este país del Magreb dando pie a un futuro que, si bien a nadie se le antojaba fácil, estaba preñado de esperanza. Ahora, igual que ha sucedido en otros países, da la impresión de que la primavera se marchita para ser sustituida por un invierno plagado de interrogantes, cuando no amenazas, nada halagüeños.

El asesinato de Chokri Bel Aid, dirigente de un partido de izquierdas y opositor al Gobierno, ha abierto una honda brecha en Túnez. La familia del líder asesinado, destacados dirigentes y buena parte de la población, que tomó las calles en protesta por el crimen, reprochan agriamente a Ennahda, el partido islamista de carácter moderado mayoritario en el Gobierno, el amparar a grupos radicales y violentos, como los salafistas y la Lliga de Protección de la Revolución, de quienes se sospecha que podrían estar detrás del asesinato de Bel Aid, que había denunciado una presunta connivencia entre Ennahda y el islamismo radical.

Pero esa brecha no solo se ha abierto entre la población y el Gobierno, sino dentro de este mismo. Mientras que la oposición consiguió movilizar a buena parte de los ciudadanos en la huelga general celebrada ayer – y en el masivo entierro del líder asesinado-, el propio partido de Ennahda ha desautorizado a su primer ministro, Hamadi Yabali, quien, tras el asesino de Bel Aid, para calmar los ánimos y evitar el caos, anunció la posible formación de un Ejecutivo de tecnócratas hasta la celebración de nuevas elecciones lo antes posible. Ayer, tras la jornada de huelga, volvió a insistir en la idea, pese a no contar, sino todo lo contrario, con el beneplácito de sus correligionarios.

La comunidad internacional debe pedir una investigación rigurosa y que el asesinato de Bel Aid no quede impune. El caso de Túnez, donde se avecina tormenta, pone de manifiesto, y no es el primero, las no pocas dificultades que entraña la conciliación de un régimen auténticamente democrático con los presupuestos islamistas, incluso por muy moderados que quieran aparecer. No es obviamente un fatalismo, pero por desgracia la realidad parece que está trastocando la primavera árabe en invierno.



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