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La renuncia de un Papa

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 15 de febrero de 2013, 20:04h
“Inescrutables son los caminos del Señor…” Pese a que la siempre roborante rumorología vaticana vaticinaba una probable dimisión del primer Papa alemán de la historia, tal horizonte no se atalayaba en plazo no ya inminente sino ni siquiera inmediato. Mas como acontece con frecuencia en la vida, la realidad irrunpe abruptamente en especulaciones y augurios y, en un marco de sorpresa generalizada, el Papa bávaro ha renunciado al trono de San Pedro.

El hecho, con todo, llama al asombro. Con un pontificado a medio camino de un programa mínimo; a la espera de su repetidamente anunciada tercera encíclica; en pleno año de la segunda evangelización y con proyectos de la máxima trascendencia en el telar, la decisión papal no puede por menos de provocar desconcierto y sorpresa. Naturalmente, sus motivaciones de mayor recorrido y acaso también de importancia no se desvelaron en los comunicados oficiales. Las razones médicas que se facilitaron desde las portavocías institucionales no acaban de ofrecer una imagen global ni por entero convincente de la impactante determinación de Benedicto XVI. Son atendibles y comprensibles, pero no por completo satisfactorias. A las veces, las explicaciones sencillas son las más verdaderas. Pero, en todo caso, algunas de las claves de la insólita renuncia sólo las aclarará el paso del tiempo. Las urgencias y deseos de las mujeres y hombres actuales de poner al descubierto la sicología más entrañada y la intimidad más hermética de los espíritus chocan a menudo con la muralla granítica del misterio. Veritas filia temporis est.

Entretanto, los apresuramientos por trazar el cuadro histórico del pontificado de Benedicto XVI están de antemano condenados al fracaso. La brevedad de su gobierno no se corresponde con la de su análisis. Cruzado por tensiones internas y externas superiores a cualesquiera de los pontificados contemporáneos, el del Papa Ratzinger proporcionará a sus futuros estudiosos grandes dificultades de interpretación. “Los medios” campearán a sus anchas en la interpretación de su trascurrir; pero Clio se mantendrá apartada por algún tiempo antes de incluirlo en su territorio y someterlo a su soberanía.

Llevado de su temperamento hondamente intelectual y literario y a tono con el clima imperante en una época vocacionada como ninguna por el testimonio personal, no sería quizá descartable que, en la soledad laboriosa de su retiro monacal, Benedicto XVI escribiese sus memorias, destinadas, claro es, a una edición póstuma. De ser así, su figura de escritor y pensador acabaría por completar una semblanza sin paralelo en la historia. Reforzando el fenómeno singular de su dimisión, bien podría decirse entonces que con él se inauguraron caminos de insospechable innovación en el solar de la tradición por excelencia.
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