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El problema de las identidades y la ciudadanía

Simon Royo Hernandez
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siroyorocketmailcom/6/6/17
lunes 18 de febrero de 2013, 20:45h
A primera vista lo que se juega en este tópico son las tesis del liberalismo (la noción de ciudadanía tiene que predominar sobre cualesquiera otros modos de agrupación, reconocimiento e identidad) y las tesis del comunitarismo (o multiculturalismo: todos los modos de identidad tienen derecho a perseverar en el ser y continuar existiendo) acerca de la ambivalencia de la identidad cultural y la ciudadanía. Una de las más celebres distinciones entre sociedad o Estado y comunidad o Identidad/es Nacional/es de ese Estado es la que nos proporcionó Ferdinand Tönnies (1855-1936) en su libro de 1889 titulado Comunidad y Sociedad.

Tönnies define la comunidad (Gemeinschaft) como el tipo de asociación en el cual predomina la voluntad natural. La sociedad (Gesellschaft) es, en cambio, aquel tipo de comunidad formado y condicionado por la voluntad racional. Señala que no se trata de realidades, sino de tipos ideales, pues toda agrupación humana participa por así decirlo de los dos caracteres mencionados en proporciones diversas y cambiantes.

Tras éste y entre los años 80 y 90 del siglo XX ha existido un recio debate (aún no extinguido) entre los partidarios de la comunidad y los partidarios de la sociedad; los primeros se retrotraen a Aristóteles, mientras que los segundos se afincan y apoyan en Hegel. En este punto los liberales radicales son Hayeck, Nozick y Gauthier y los liberales moderados Habermas, Rawls, Dworkin o Kymlicka; mientras que entre los comunitaristas moderados tendríamos a Michael Sandel, Robert Bella, William Sullivan o Charles Taylor y como comunitaristas radicales a Roberto Unger y Alasdair MacIntyre. La literatura generada por todos ellos abarca una gran cantidad de volúmenes y sería objeto de una gran obra el poder dar cuenta de ellos, baste por tanto con nombrar la dicotomía existente y exponer a sus principales representantes dentro de la filosofía política actual. Ante todo este estado de cosas caben una serie de afirmaciones o conclusiones sobre la polémica entre las identidades y los Estados:

1. Al margen del problema han quedado las identidades no discriminadas, las naciones predominantes y las poblaciones cuyas identidades son reconocidas y aceptadas, interna y externamente, tanto por el propio Estado como Internacionalmente.
2. Tratamos, por tanto, de un determinado tipo de identidades y su ambivalencia o contraposición intrínseca, algo que se manifiesta en periodos de crisis, pero que puede considerarse como una característica propia de tales grupos identitarios; una tendencia identitaria latente mientras no hay crisis ni cambios pero que se manifiesta en cuanto se producen movimientos y transformaciones.
3. Por lo visto en los periodos de crisis o en momentos de desarrollo, cuando la cohesión comunitaria sufre presiones sobre sus vínculos, la unión identitaria se presenta a tales grupos como el único modo de acción no disgregadora al que les es posible aferrarse. Las novedades políticas y económicas no permiten que los cauces tradicionales de acción colectiva en esos campos puedan seguir siendo transitables.
4. El que en Bruselas, la capital de Europa, los grupos identitarios minoritarios, quienes en Bélgica hablan francés, alemán o flamenco, se encuentren en vías de lucha y no haya sido posible su unión en su cada vez mayor consecución de derechos políticos y territoriales, dice bien poco de una Europa ejemplar.
5. No podemos olvidar, en cualquier caso, que las emigraciones voluntarias en una primera generación pueden verse problemáticas en generaciones posteriores, que las identidades artificiales equivalen a resucitar a los muertos y que, a la postre, hay que fijarse siempre bien, en quiénes se benefician y quiénes salen perjudicados económica e ideológicamente.

Los Estados-Nación ha sido la forma de constitución en la que Europa se ha realizado y desarrollado desde la Revolución francesa, las guerras napoleónicas y el surgimiento de nuevos Estados. La Ilustración quiso el predominio de la condición de ciudadano de un Estado ante cualquier otra adscripción de pertenencia mientras que el Romanticismo decimonónico exaltó el carácter nacional de cada pueblo, llegándose a un inestable y diferente equilibrio en los distintos países europeos, entre identidad y ciudadanía, desde entonces hasta la fecha de hoy.

El modelo de Estado del mundo globalizado actual es un modelo de ciudadanía ilustrada, alejada de la identidad, motivo de que los nacionalismos y las identidades se hayan tornado en algunos lugares (España, por ejemplo) como un grave problema. Si bien lo que en España puede ser un problema, lo es en otros muchos lugares del mundo. ¿Acaso nunca podrá arbitrar, ni un solo país de nuestro mundo globalizado, la coexistencia pacífica entre identidad y ciudadanía?

Simon Royo Hernandez

Profesor en la UNED y Doctor en Filosofía

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