La cara oculta de Pistorius
miércoles 20 de febrero de 2013, 20:51h
Todos tenemos dos caras. Presuntamente. La experiencia demuestra, por otra parte, que, en ocasiones, cuanto más brillante es la cara A, más oscuridad alberga la B. Por fortuna, no es lo normal. Como mucho, la cara oculta de algunos personajes ilustres es como la cara B de aquellos pequeños vinilos de 45 revoluciones por minuto. Uno lo compraba sólo para escuchar el éxito de moda en discotecas y le traía al bendito pairo lo que en el estudio hubieran grabado en la parte de atrás. De hecho, cuando un día, por mero aburrimiento o ganas de enredar, a alguien le daba por escuchar el tema que venía en la otra cara, lo normal era, como poco, que se llevara una desilusión del demonio porque aquellos acordes no le transmitían nada en absoluto. ¿Cómo era posible que del otro lado del hit sonara una canción tan anodina del mismo cantante o grupo?
Si con las personas ocurriera de forma parecida y aquel que deslumbra en su faceta artística, política o social después aburre a las ovejas en la intimidad de su hogar, el asunto no sería tan grave. Que un personaje admirado reserve todo su relumbrón y su discurso para cuando tiene enfrente al público o a las cámaras apuntándole y luego, al llegar a casa, se desprenda de su máscara y se quite los zapatos en cualquier sitio no sólo es normal sino, a todas luces, humano. El problema surge cuando la cara B no se limita a unas insignificantes notas, sino que desafina hasta el punto de hacer trampas para ganar a sus contrincantes, dar órdenes desde la soberbia o, lo peor de todo, maltratar física o psicológicamente a sus colaboradores, amigos y familiares. Y así como el resplandor de la cara visible es, a veces, directamente proporcional a la tenebrosidad de lo que no se enseña, también está comprobado que cuanto más alto ha llegado una persona, mayor es la protección con la que cuenta para que sus miserias se laven sólo en privado. Es un asunto que siempre me ha llamado la atención: un minuto después de asistir a la caída de un mito, aparecen por doquier voces afirmando que hacía ya mucho que se divisaban los demonios que latían junto a las mejores cualidades del ídolo estrellado. ¿Por qué entonces callaron esas voces? ¿Acaso hablaron sin que nadie quisiera escucharlas?
El tema es complicado porque, de otra parte, no podemos olvidar que en el mundo también existe una peligrosa subespecie que vive de chantajear a los famosos, atribuyéndoles cuernos, malos tratos, estafas y un sinfín de tropelías, o de ir por ahí soltando secretillos e intimidades escabrosas en revistas y platós televisivos. De modo que volvemos una vez más a los medios de prueba, necesarios para convencer de la veracidad de las alegaciones o denuncias presentadas, pero sin relegar, en todo caso, uno de esos dichos infalibles de la sabiduría popular: “cuando el río suena, agua lleva”. En el caso de Oscar Pistorius, el último mito caído, los datos ahora conocidos sobre su faceta brutal más que por un manantial, discurrían por un río del caudal del Danubio. Eso es lo increíble, que a pesar de denuncias anteriores, como la de Cassidy Taylor, la joven que en 2009 denunció al atleta sudafricano por asalto e intento de lesiones, se siguieran ocultando sus correrías al límite. Ni siquiera llegó a celebrarse el juicio, porque el rey de los acuerdos extrajudiciales es el dinero. Siempre el dinero. También la impotencia del que osa enfrentarse a un ser que a base de superarse – nadie le quita su gran mérito –, parece haber acabado por superarse a sí mismo. Hormiga sospechosa contra elefante blanco.
Otra bella apellidada Taylor, Samantha, también habló hace tiempo, aunque sin llegar realmente a hablar, sobre su relación sentimental con el rubio atleta. Entonces, la mayoría achacó su crítica y más que profética frase: “Oscar tiene una extraña forma de comportarse con las mujeres”, al hecho de haber sido “sustituida” por la malograda Reeva Steenkamp. Seguro que si Samantha pasó un tiempo sufriendo aquel desamor, ahora debe de estar dando gracias a su eficaz ángel de la guarda. Porque la policía no dio crédito, en ningún momento, a lo declarado por el atleta con piernas de fibra de carbono, justificando los disparos al hecho de haber confundido a su novia con un ladrón en pleno allanamiento de morada. El fiscal, tampoco. De hecho, va más allá y añade premeditación a los cargos que se imputan. Ahora, con Pistorius fuera de juego hasta que se celebre el juicio, ha llegado por fin el momento de que todos hablen y, sobre todo, de que a todos se les escuche.
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Escritora
ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora
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