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El CAB PREPARA YA LA APORTACIÓN ESPAÑOLA PARA UNA NUEVA MISIÓN EN 2020

El Curiosity, a punto de demostrar que Marte también fue un planeta azul

viernes 22 de febrero de 2013, 19:05h
Tras seis meses en la superficie marciana, la misión Curiosity avanza en su exploración de Marte y sugiere, con cada vez más firmeza, que el planeta rojo pudo haber sido azul en su origen. El Centro de Astrobiología prepara ya la propuesta española para el nuevo robot que la NASA enviará en 2020 y se propone situar a nuestro país en primera línea de la búsqueda de vida pasada o presente en el planeta vecino. Por Laura Crespo
Fue el cinco de agosto de 2012, a las 7.31 hora española. Tras un viaje de 36 semanas, el laboratorio científico móvil que se esconde tras el popular y más que acertado nombre de Curiosity aterrizaba en la superficie marciana para abrir una amplia y jugosa página en la historia de la investigación científica y tecnológica mundial. Cumplida la cuarta parte de la misión que mantendrá al robot merodeando por nuestro planeta vecino durante dos años, el pasado de Marte se va revelando en pequeños trozos de roca o en la característica morfología de su suelo y sugiere, con cada vez más firmeza, que el planeta rojo pudo haber sido azul en su origen.

El objetivo global de la misión MSL (Mars Science Laboratory, el nombre oficial del ‘Curiosity’) no es otra que determinar si Marte ofrece o ha ofrecido en el pasado las condiciones necesarias para la existencia de vida. Seis meses después de su aterrizaje o, más correcto, amartizaje, todo indica a una respuesta afirmativa y es más, la hipótesis de que Marte fue en el pasado un planeta muy similar a la Tierra toma fuerza por momentos.

Según explica a este periódico el doctor Javier Gómez-Elvira, director del Centro de Astrobiología (CAB) e investigador principal de la estación ambiental del Curiosity, REMS (Rover Environmental Monitoring Station), una vez finalizada la misión “quizá se pueda confirmar que Marte fue en sus primeros seis millones de años muy parecido a la Tierra”.

Fase de descubrimientos
Como las de Palacio, las cosas de Marte van despacio. Cada nueva acción de este gigantesco robot de una tonelada que alberga hasta diez instrumentos científicos en su interior requiere preparación, precisión y un dosis, ínfima pero existente, del azar que hace que todo funcione en un territorio inhóspito a cientos de millones de kilómetros de donde el rover adquirió sus capacidades.

El primer reto del Curiosity era su aterrizaje. A pesar de contar con varios precedentes, su carga científica pesa quince veces más que los instrumentos de los anteriores rovers marcianos y, por tanto, el sistema de posado sobre la superficie era totalmente nuevo. Tras la euforia que causó, primero en la sala de operaciones de la NASA en Pasadena (California) y luego en el mundo entero, la llegada de la misión al cráter Gale de Marte sin ningún tipo de contratiempo, el Curiosity dedicó sus primeros días a una labor de reconocimiento del terreno a través del envío continuado de imágenes en una resolución y calidad ascendentes. Durante más de diez días se comprobó el correcto funcionamiento de las 17 cámaras incorporadas en el rover.

Desde entonces, la misión MSL ha probado ya la eficacia de todos sus instrumentos en suelo marciano, siendo el último el taladro. “El último hito de su puesta a punto ha sido hacer una perforación en Marte”, recuerda Gómez-Elvira, quien, a la espera de los resultados de la muestra extraída se muestra expectante por ver “cómo es el subsuelo” tras lograr, por primera vez en la historia, introducirse bajo la corteza superficial de la corteza marciana.

El taladro está operativo, las cámaras de fotos y su sistema de envío de imágenes funcionan sin problema, el láser de detección de la composición geológica también fue estrenado con éxito y el rover ha conseguido mover sus ruedas unos metros para ratificar su capacidad de desplazamiento. Aunque hasta el momento el Curiosity se ha limitado a realizar pruebas de sus instrumentos, algunos de los resultados obtenidos ya sugieren, por sí mismos, algunas conclusiones que podrán extraerse de la misión más ambiciosa de la NASA en los últimos años. La más importante, la evidencia de que Marte albergó agua en su superficie deducida a partir de algunos minerales hallados en el terreno y cuya composición requiere ambientes húmedos y de la morfología de algunas rocas que gritan haber sido esculpidas por una corriente de agua.


Curiosity minutos antes de utilizar por vez primera su herramienta de taladro.


Sin embargo, el director del CAB asegura que durante la extensa puesta a punto del Curiosity no se ha utilizado todo el potencial del robot y aún no se ha iniciado, por tanto, la “etapa de descubrimientos”. El horizonte a partir de ahora se dibuja, pues, prometedor.

Hacia el Monte Sharp
El cráter que debía acoger al Curiosity durante su aterrizaje no fue una decisión aleatoria. Gale es una de las zonas más deseadas por la comunidad científica desde que el ser humano puso el ojo el Marte, pero hasta ahora no se había desarrollado la tecnología necesaria para poder 'amartizar' con la precisión exigida por las características de la zona. La fascinación de los investigadores por este cráter marciano de 20 por 7 kilómetros radica en la hipótesis de que pudo ser, hace millones de años, un gigantesco lago.

El rover continuará durante un tiempo no determinado explorando su entorno de 'amartizaje' y entonces se dirigirá hacia el verdadero objetivo físico de su misión: el accidente geográfico que se sitúa justo en la mitad del cráter y que se conoce como Monte Sharp, “donde se tienen puestas todas las esperanzas de entender mejor lo que ha sido Marte”, explica el doctor Gómez-Elvira.

Tal y como muestran las imágenes tomadas desde Odyssey, la sonda de la NASA sobre la órbita marciana, la pared del Monte Sharp contiene una ingente cantidad de estratos que se han ido depositando durante años y que contienen información sobre el pasado del terreno: si se formaron a partir de sedimentos lacustres, si los arrastró el viento o si, por su composición, necesitaron temperaturas distintas a las actuales. “Ahí es donde hay que buscar para reconstruir la historia de Marte”, señala el investigador del REMS.


Una visión panorámica del crácter Gale tomada por el Curiosity.


Participación española también en 2020
El Curiosity no es un esfuerzo aislado por inspeccionar de arriba abajo y en 730 días un territorio que se encuentra a una distancia de nosotros de entre 55 y 400 millones de kilómetros, dependiendo de su posición. Esta misión continúa la estela proyectos anteriores que llevaron a la superficie marciana otros vehículos robóticos menos equipados, como los robots gemelos Opportunity y Spirit o Sojourner, el primer vehículo enviado por la NASA a Marte.

Ya están proyectados dos pasos más en la investigación del planeta rojo para los próximos cuatro años. El primero, la misión Maven, se pondrá en órbita marciana en 2014 para investigar otro de los grandes enigmas del planeta vecino, sobre todo de ratificarse un pasado azul: su débil atmósfera. Ya en 2016 arrancará el ambicioso proyecto InSight, que estudiará el interior del planeta y determinará si su núcleo es sólido o líquido.

Además, la NASA emitirá previsiblemente durante el segundo semestre de este año una convocatoria internacional para construir un rover ‘gemelo’ del Curiosity pero con diferentes herramientas científicas, que se enviará a Marte en 2020. “Ahora mismo hay un grupo de trabajo, el Science Definition Team, que está definiendo cuáles son los objetivos que ha de tener ese nuevo rover”, explica Gómez-Elvira. Cuando las metas de esa futura misión estén sobre la mesa, la NASA “hará una llamada a la comunidad científica internacional para solicitar proposiciones sobre los instrumentos que se podrían incluir en el robot”.

De la misma forma que el actual Curiosity, el nuevo rover se construirá a partir de la colaboración de diferentes institutos y laboratorios de todo el mundo. El CAB ya estudia dos propuestas que ofrecer a la NASA para que el robot destinado a Marte en 2020 también cuente con participación española. Por un lado, según explica el director del centro, se quiere seguir en la línea del actual proyecto y volver a ofrecer una estación ambiental más sofisticada para la nueva misión.

Por otra parte, el CAB proyecta situar a España en primera línea de la investigación sobre la existencia de vida en Marte con un instrumento que, mediante tecnología denominada micromatrices de anticuerpos, detecta la presencia de materia orgánica. Se trata de una herramienta que los investigadores del centro llevan desarrollando nueve años y de la que, según Gómez-Elvira, “existe ya un prototipo lo suficientemente maduro como para competir para la misión de 2020”.

Partiendo de la certeza de la hipótesis que el actual Curiosity está en camino de corroborar, que en Marte existen o han existido las condiciones necesarias para la vida, el CAB tiene ya la vista puesta un poco más allá. “Entendemos que el siguiente paso a dar en esa misión de 2020 sea el de buscar biomarcadores, es decir, moléculas de origen biológico que constituyen restos de algún microorganismo que ha vivido en Marte y cuya materia orgánica ha quedado en el suelo y se han ido transformando a lo largo del tiempo”, explica el investigador quien abre la puerta a las mayores expectativas de las investigaciones marcianas: “O incluso algún microorganismo que esté vivo”.

¿Irá el hombre a Marte en 2030?
El recorrido de la exploración del planeta vecino tendría como colofón ideal el envío de una misión tripulada, un Apolo 11 del siglo XXI que lleve al hombre a pisar la superficie de Marte. Según las estimaciones a largo plazo de la NASA, la década de 2030 podría ser crucial para esta aventura.

En opinión del doctor Gómez-Elvira, antes de enviar a un ser humano a la Marte es imprescindible conseguir traer una muestra a la Tierra puesto que, a pesar de que los rovers que son cada vez son más sofisticados en instrumentación, “no dejan de ser equipos diseñados para soportar unas condiciones de trabajo muy agresivas y las capacidades que se tienen en un laboratorio siguen siendo mucho mayores”.

Según el director de CAB, traer muestras marcianas a la Tierra implica una “misión robótica lo suficientemente complicada como para que tengan que ponerse de acuerdo la NASA, la ESA y puede que incluso los rusos”.

“Después, quizá sí se podría enviar una exploración humana, pero el desarrollo tecnológico para enviar astronautas a Marte creo que todavía no está finalizado”, concluye Gómez-Elvira.
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