Se nos está negando el derecho de rebelión
José María Zavala
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jmzavalagmxnet/8/8/12
lunes 25 de febrero de 2013, 21:08h
Pongan el foco donde les dé la gana, saquen todos los encapuchados que quieran (por favor no olviden a esa banda de policías camuflados que sospechosamente aparecen en las manifestaciones), intenten desprestigiar las movilizaciones, silencien las voces de quienes reclaman, ignórennos. Pueden obviar la contundente realidad, pero eso sólo logrará que acabe presentándose en nuestras narices como un huracán al que no quisimos ver venir.
Ni la prensa ni los políticos tienen suficientes contenedores quemados como para equiparar la lucha de los ciudadanos que salen a la calle con lo que ocurre en Grecia o Egipto. Reconózcanlo: esos titulares en los que anteponen los disturbios a la solidaridad les están quedando un poco forzados. Los niveles de violencia por parte de quienes protestan son mínimos, casi residuales, si tenemos en cuenta la avasalladora masa de personas que mostraban su legítimo descontento de forma ejemplar. Quien proporcionalmente sí que muestra violencia es el vigente sistema político y económico, de forma extrema si tenemos en cuenta el goteo de suicidios y autolesiones causadas por la desesperación reinante.
Durante las protestas del 23-F podía verse de todo: niños, ancianos, bomberos, mineros, médicos, trabajadores de Iberia, estudiantes, jubilados... Parecía una especie de carnaval surrealista que en el fondo revelaba una triste realidad: el Gobierno tiene a una aplastante mayoría en su contra. Esta situación no es tenida en cuenta en lo más mínimo. Dichoso el día en que una movilización de este calibre se salde, no con 45 detenidos, sino con un mínimo de 45 dimisiones. Las caras visibles del Ejecutivo ni siquiera tienen la vergüenza de declarar en público el reconocimiento de un grave problema de comunicación entre política y sociedad, el reconocimiento de que algo no funciona. No se asume ni el problema ni el descontento. Es toda una falta de respeto hacia una enorme masa social que pacíficamente sale a la calle, una y otra vez, con toda la paciencia del mundo, esperando unas palabras que no llegan. Cualquier persona con un mínimo de decencia actuaría en consecuencia y dejaría el puesto.
Uno echa la vista atrás y se pregunta si éstas son formas de conseguir algo. Supongo que la Historia nos ha ofrecido un poco de todo y que no se puede establecer una relación causal, un método adecuado, ya que cada situación tiene su idiosincrasia, y establecer comparaciones con otros contextos no tiene mucho sentido. Si lo que queremos es aprender del pasado, creo que lo más importante es evitar que asistamos una vez más a un simple cambio de careta.
No sólo se reclama un mero cambio del partido gobernante. Se exige más bien un serio repaso a un entramado institucional que permite que se insulte tan descaradamente a la población. Quienes nos gobiernan se enrocan en su posición, y saben perfectamente que no pueden sostener el panorama actual hasta las próximas elecciones sin elevar los niveles de autoritarismo. La gran mayoría ha vuelto a exigir, por las buenas, que se les haga caso. ¿Acaso su mensaje que nos dan es que se debe optar por otros medios menos pacíficos? En su mano está que la violencia no se convierta en la rutina de este país.