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Llora por mi, Venezuela

jueves 07 de marzo de 2013, 19:59h
La muerte de Hugo Chávez nos recuerda la de tantos sátrapas: ocultación del alcance de la enfermedad, manipulación del enfermo, por sus ventrílocuos de cabecera, adopción de medidas para la pervivencia de la autocracia, culto a la personalidad en actos multitudinarios y en fugaces llantos televisivos. Para mayor analogía incluso ya ha sido descubierto el testamento del líder de los ismos (populismo, pretorianismo, antiimperialismo, prebendalismo, caudillismo …), por el que, para la prolongación del chavismo, sin Franco (quiero decir, sin Chávez), insta a todos ni más ni menos que a elegir Presidente de la República Bolivariana a Arias Navarro (perdón, a Nicolás Maduro).

La denominada Constitución venezolana tiene el mismo grado de imperatividad que la de Corea del Norte vigente o la stalinista de 1.936. La Constitución es lo que los líderes políticos del chavismo dicen que es. La Constitución venezolana no es un límite frente al poder sino precisamente una vestidura formal del poder para que haga lo que le viene en gana. La Procuradora General, Cilia Flores, no se ha sonrojado al afirmar que, ante la desaparición física de Chávez se ha de activar el mecanismo previsto en el artículo 233 que comporta el encargo al Vicepresidente de la República de encabezar el Ejecutivo “y no solamente por cumplir la Constitución, sino también por ser una orden de nuestro comandante”. Así pues, para la defensora de la legalidad, el catecismo de Chávez es fuente del Derecho del mismo rango que la Constitución.

A esta dama le resulta indiferente que el citado artículo 233 establezca que el período transitorio, hasta la celebración de las elecciones, debe ser pilotado por el Presidente de la Asamblea, por cierto otro apóstol de la nueva religión de un país que, a pesar de nadar en petróleo, soporta una grave crisis de suministros, como lo prueban sus supermercados vacíos.

El elegante y apuesto Maduro –diga lo que diga la Constitución (y en cualquier caso de igual pues todo queda en casa)- no abandonará ni por un minuto el Palacio de Miraflores ni, por tanto, el control de las Fuerzas Armadas ni la disposición del presupuesto que permite la compra de los votos. Maduro, que aprendió todo lo que sabe durante los años en que fue conductor de autobuses urbanos, se ha calado el chándal rojigualda-azulón con estrellas y no se lo quitará ni cuando su pareja, la Procuradora General, se lo pida encarecidamente. El estadista Maduro ha de acreditar que es aún más chavista que el propio Chávez, pues solamente así se reivindicará ante la marea de camisetas rojas como merecedor de asumir la herencia del feudo.

Algunos alumnos ilustres como Evo Morales, como Castro, como la señora Kirchner (sobre cuyos amoríos con alguno de los Reyes Magos habremos de hablar otro día) o como Correa, toman nota de la nueva forma de Estado: la República hereditaria. Les gusta el bonapartismo revestido de progresía social.

Esperamos ansiosos el primer discurso de Maduro. Es difícilmente superable su alocución sobre el virus y/o las bacterias inyectadas subrepticiamente en el cuerpo de Chávez. Pero no nos desanimemos antes de tiempo, porque Maduro está por dar lo mejor de sí.
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