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NAJWA NIMRI Y TONI ACOSTA EN VERSIÓN DE RUBÉN OCHANDIANO

“[i]Antígona[/i] es una función que tiene que incomodar, para eso queríamos enseñarla”

viernes 08 de marzo de 2013, 16:07h
Es la primera vez que la actriz y cantante Najwa Nimri se sube a un escenario para actuar. Toni Acosta ya está curtida en el teatro, pero está reviviendo su bautismo sobre las tablas a través de los ojos de Nimri. Hasta el 17 de marzo son cada tarde Antígona e Ismena, protagonistas de la versión del mito griego, tan libre como reveladora, que Rubén Ochandiano y Carlos Dorrego han llevado a las Naves del Español en el Matadero de Madrid. El Imparcial ha charlado con las actrices.

  • - Yo llevo empeñada desde el principio en dar a la obra una visión esperanzadora y luego me enteré de que va justo de lo contrario…


  • - Pero a mí no me lo parece, creo que es totalmente esperanzador el gesto de una persona que dice ‘no’ o ‘hasta aquí’, independientemente del final.


  • - Mientras haya seres humanos habrá esperanza, mientras haya personas que crean que pueden mejorar el café con leche que te tomas por la mañana o que se afanan en llevar guapa a su hija al colegio. Yo tengo depositada mi esperanza en esas pequeñas personas que hacen pequeñas cosas pero que consiguen que te cambie el día. No creo tanto en los grandes héroes ya.



Najwa Nimri y Toni Acosta no terminan de ponerse de acuerdo. Ante una situación hostil y aparentemente sin salida: ¿cambio colectivo o pequeños gestos individuales? En el ‘backstage’ de las Naves del Español las actrices están mutando, a base de colorete, cardados y lápiz de ojos, en Antígona y su hermana Ismena, que protagonizan hasta el próximo 17 de marzo una versión libre del clásico griego, brillantemente versionado en los años cuarenta por el dramaturgo francés Jean Anouilh y ahora revisitado de forma no menos lúcida por Rubén Ochandiano y Carlos Dorrego.

La rebelión contra el poder asfixiante y sin sentido que representa el mito de Antígona le valió a Sófocles para su pluma ya en el 422 a.C. También Anouilh supo contextualizar la historia en la Francia de Vichy durante le Segunda Guerra Mundial y ahora son Ochandiano y Dorrego quienes colocan su particular Antígona en un lugar y tiempos aparentemente indeterminados pero que señalan inequívocamente al aquí y ahora de España. Un dato: la obra es una tragedia. Ese género que, “a diferencia del drama, no deja lugar a la esperanza”, según se recuerda sobre el propio escenario. En una sencilla regla de tres, ¿no tenemos, pues, que albergar esperanza?



De vuelta en el camerino de las Naves, Nimri y Acosta acercan posiciones sin decir exactamente lo mismo. “Autoridad y poder no es lo mismo. La autoridad te la otorgan, pero el poder lo tienes, el poder real lo tiene todo el mundo en sus pequeños gestos, eso es lo que hay que empezar a creerse y ahí es donde creo que está la esperanza”, opina Nimri.

“Pero esto no ocurre sólo en España”, puntualiza Acosta. “Anouilh escribió esta obra en su momento pero fue un visionario haciendo hincapié en que cada país en cada uno de sus momentos y circunstancias podría tener una Antígona”.

Ahí sí están de acuerdo al cien por cien. “Esto lleva ocurriendo desde que el mundo es mundo, lo que pasa es que somos muy cortos y parece que no podemos mirar más atrás de diez años”, opina Nimri.

Sin que ninguna de las dos tuviera un conocimiento profundo del mito de Antígona previo a este proyecto, ambas han quedado atrapadas por las connotaciones y las consecuencias de una sinopsis aparentemente sencilla: tras una guerra civil arrancada por los dos hijos varones del recién fallecido monarca Edipo, el hermano de éste, Creón, llega accidentalmente al trono de un país lleno de deudas e inestabilidad social. La también hija de Edipo, Antígona, desobedece una de las absurdas leyes que ha impuesto su corrupto tío al intentar enterrar a uno de sus hermanos, considerado revolucionado y condenado, su cadáver, a pudrirse a la intemperie.

Frente al acto creador de libertad contra el poder que protagoniza Antígona, su hermana Ismena acata, por miedo, la ley y el orden. “Al principio me costaba”, reconoce Toni Acosta sobre el personaje “cobarde” con el que lidia cada tarde en el Matadero de Madrid. “Pero si la escuchas, también dice verdades como puños”, recalca.

“Ismena tiene miedo, ha sufrido mucho y no quiere repetir. A veces se opina demasiado rápido de la gente que, por ejemplo, no va a las huelgas, pero hay que entender lo que significa para cada persona que le quiten cierta parte de su sueldo”, defiende Acosta.

“Resulta que sí tengo voz”
Lo de Nimri con Antígona será probablemente una relación de las que se recuerden por muchos años. Acostumbrados a verla en la gran pantalla o girando su música por los escenarios, esta es la primera vez que se sube a uno para actuar y, según confiesa, tampoco ha sido asidua a los teatros como público. Y, de pronto, un dramaturgo cuyo debut en 2012 –La Gaviota de Chéjov- le ha abierto un prometedor horizonte, llama a su puerta con un papel protagonista bajo el brazo. ¿Qué piensa Nimri en ese momento? “Que es la oportunidad”.

“Para mí esto está siendo una experiencia reveladora de mí misma, de quién soy. En ninguna otra disciplina he aprendido tanto de mis limitaciones, de las que lo son realmente y de las que no lo son y nunca lo han sido”, explica la actriz.

La película con la que Nimri se abrió al gran público tras sus andaduras musicales en un entorno, quizás, más alternativo, Salto al vacío, de Daniel Calparsoro, también creó un fantasma que ha perseguido a la actriz hasta hace poco: su voz. “Querían que Penélope (Cruz) doblara la película y yo desplegué mis estrategias para que no me doblaran: bajé mi voz, que de por sí es grave y con mucho aire, dos tonos más”, cuenta Nimri.

“La película fue un éxito y yo me monté mi propio papel: me compré un vestido de china, me corté el pelo, me puse unas lentillas, iba sola a todas partes… Era muy joven. A partir de ahí, empezaron a pararme por la calle para decirme ‘háblame al oído’ y cosas por el estilo”, se sincera para admitir que, aunque sí tuvo algún problema real de garganta, lo que le ocurrió es que acabó creyéndose lo que todo el mundo le decía: que tenía una limitación en la voz.

Ahora, en la Nave 1 del Español en el Matadero de Madrid, una estancia diáfana, más grande que cualquiera de los escenarios de los teatros convencionales, Nimri se ha despojado de su complejo histórico. “En el teatro, de repente te das cuenta de que el que parecía valiente es un cobarde o de que la que no tenía voz resulta que sí la tiene”.

Función ‘de martes’ y público ‘pintao’
“Voy aprendiendo todos los días”, zanja la actriz. Toni Acosta lo ve desde el lado de la experiencia.

“He podido ver a alguien que afronta por primera vez el reto de hacer teatro y he revivido lo que sentí yo en su día. Yo me enfrento cada día al montaje igual que ella y también siento nervios o miedo, pero ya tengo las cicatrices en mi cuerpo de haber hecho teatro antes y verla ahora a ella descubrirlas es maravilloso”, expresa Acosta.



Najwa Nimri recapitula y hace recuento de lo aprendido. “Ahora sé que existe ‘la función de martes’, un día de la semana en el que siempre sale mal, o que hay veces que el público está ‘pintao’ y no reacciona ante la obra. También he aprendido que no se puede brillar todos los días y ahora me estoy empezando a preocupar por la dicción y por el sentido de las palabras, como si no las entendiera o las pronunciara mal…”.

Toni Acosta, al rescate. “Eso es porque las palabras están ya tan colocadas en tu cabeza que a veces te hacen dudar, siempre es el mismo texto. El otro día me parecía que la palabra ‘tozudo’ la estaba diciendo mal”, explica.

Nimri abre mucho los ojos. “¡Qué fuerte! Es como si tuvieras Alzheimer”.

No tanto como eso, pero para la cantante y actriz la máxima dificultad del teatro, sobre todo habiéndose curtido en el terreno del celuloide, es una cuestión de memoria. “El teatro se parece mucho más a un concierto que al cine”, diserta Nimri minutos antes de empezar los ensayos para la función de esa noche.

El cine vive de la memoria, pero el teatro no tiene memoria. El teatro es lo que pasa mientras estás actuando y después se acaba. Si no disfrutas la función de hoy, se te pasó la oportunidad porque cada una es única. El primer día hice una escena mal y eso me hizo tirar la toalla durante el resto de la obra. A partir de la charla que tuve después con Rubén descubrí que una obra es como un concierto: te sale mal una canción y tienes que hacer de tripas corazón para hacer la siguiente bien, por narices. Recuperarse de los fallos es complicadísimo, pero hay que hacerlo”.

¿Y después?
En ciertos momentos de la representación, la Antígona de Ochandiano se salta las normas del teatro clásico y mira al público. Habla con su hermana Ismena o con su tío Creón, pero está hablando con el público. Y lo mira. Y usa esa mirada desafiante que, dirigida a otros personajes se interpreta desde el patio de butacas como un rasgo del personaje pero, clavada en el público se convierte en un dedo acusador. “Hay gente que incluso se tapa la cara”, asegura Nimri refiriéndose a esos instantes.

Antígona, como obra, cumple su objetivo. “Creo que Antígona es una función que tiene que incomodar, si no, no habríamos conseguido lo que estábamos buscando”, defiende Acosta. “Independientemente de la puesta en escena o de la luz, que son muy poéticas, lo que cuenta la obra tiene que incomodar. Y a todos. Al que tiene poder, al que grita y lucha o al que siente que no hace nada. Te tiene que mover algo dentro, eso es para lo que queríamos enseñar Antígona”, sentencia.

Pero, ¿y como personaje? ¿Consigue Antígona un objetivo más allá del de echar un puñado de tierra sobre el cadáver de su hermano? ¿Qué pasa cuando cae el telón?

“Los gestos son importantes”, arranca Acosta. “Después de que una señora negra se negara por primera vez en la historia a levantarse de su asiento para cedérselo a un blanco pasaron muchas cosas. Esa mujer logró hacer una revolución desde un gesto muy pequeño. Lo de Antígona también es un gesto pequeño, aunque llegue a dar su vida por él, pero yo sigo pensando que es esperanzador y que el pueblo sí se entera. Fuera de la obra, mirando a la realidad, ya me hundo un poco porque seguimos igual a pesar de muchos pequeños gestos que ya se han hecho. Pero sí creo que hoy en día hay un movimiento ciudadano que es la esperanza que nos queda. Con todas las tecnologías que existen hoy, no se nos puede ocultar la verdad. Da igual que tú no sepas que un señor está en Canadá esquiando, habrá alguien con un móvil que le haga una foto y la cuelgue en Internet. Ya no es como antes, ya no se puede tapar todo. Así que sigo pensando que la clave está en un levantamiento ciudadano, el pueblo es el que podrá decir ‘hasta aquí hemos llegado’ y podrá provocar una reestructuración del poder”.

Najwa Nimri ha escuchado con detenimiento el planteamiento de su hermana, ya también casi fuera de la ficción, según dicen ambas. “No sé cuál es la forma, pero creo que es más individual. Los movimientos en masa lo que hacen es que cada uno refuerce su esperanza personal al ver a los demás, al ver que no es el único. La solución vendrá de parte de individuos anónimos que, sin buscar notoriedad, deseando realmente que el cambio suceda, se muevan, hagan cosas”.

Sin terminar de coincidir en la cuestión de la esperanza y el motor del cambio, Nimri hace una última aportación. “Sea como sea, creo que aún nos quedan muchos años de calvario, de gris denso, y el arte está ahí para remover de la forma que se pueda”. Antígona e Ismena, ya listas para el ensayo, no pueden estar más de acuerdo.
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