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En Afganistán se vislumbra el final de la guerra

Víctor Morales Lezcano
viernes 08 de marzo de 2013, 20:18h
La reelección de Barack Obama en noviembre de 2012 está abocando a
la confirmación del anunciado repliegue de tropas en Afganistán.
No obstante el hecho de haber declarado en junio de 2009 que Estados Unidos nada tenía en contra del mundo islámico, el caso es que Obama se mantuvo fiel, desde entonces, al principio doctrinal y estratégico de que existen, sin embargo, guerras necesarias. O sea, ineludibles -mal que ello pese al Tesoro y a la Nación-.

La guerra en Afganistán fue una herencia republicana, sinceramente. Los demócratas hicieron de ella una causa encaminada al éxito de la técnica contra-insurgente. El desenvolvimiento de circunstancias de diversa índole ha venido a corroborar las advertencias precautorias, no de los antibelicistas, sino de las reservas críticas del ex secretario de Defensa, Robert Gates, con respecto a “la burocracia militar y armamentista americana, que posee las habilidades del motor de un dinosaurio”.

El resto lo ha aportado -como sabemos desde hace una década- la resistencia talibán y los apoyos de toda suerte recibidos con fidelidad, procedentes de la frontera noroccidental, del limes afgano-paquistaní. La guerra de desgaste a que se ha visto expuesto el invasor (Fuerza Internacional de Asistencia y Seguridad en Afganistán), ha contribuido al estado de la cuestión tal cual esta se encuentra planteada en las postrimerías del invierno del año en curso.

No hay que hacer despliegue retórico alguno para recordar, de otra parte, la importancia que posee tanto la latitud en que se encuentra instalado el teatro de la guerra a que hacen frente el Pentágono y la OTAN desde 2001-2002, como el deshielo primaveral (próximo), que abrirá rigurosamente la estación idónea para potenciar la retirada pre-final de los efectivos humanos y bélicos de las tropas occidentales, todavía en pie de guerra en Afganistán. Un dato de magnitud colosal: según global.nytimes.com, Estados Unidos posee en territorio enemigo, más de 600.000 piezas (de peso), de un valor estimado en 28 billones de dólares. La mera “repatriación” de estos efectivos bélicos proporciona una idea de lo laborioso y arriesgado que resultará dicha operación en una época del año que expondrá al ejército y su contingente respectivo a una serie de hostigamientos por parte de los insurgentes. Solo si Barack Obama, sus generales y los mediadores diplomáticos ad hoc lograran llevar a la mesa de negociaciones parlamentarias a Habib Karzai, de un lado, y a los talibanes que acepten la interlocución de marras, de otra, podría abrirse un período de tregua alentadora. De esta manera, los efectivos occidentales in situ podrían evacuar el territorio afgano con menor exposición a sufrir pérdidas colaterales, humanas en particular.

No es aventurado pensar que en las zonas del oeste (Herat) y del este, los insurgentes intenten recuperar gran parte de esos territorios. Por más presunta garantía de seguridad que representen las tropas afganas adiestradas por instructores americanos desde hace más de cuatro años, con vistas a compartir la hipoteca financiera que implica llevar adelante una guerra necesaria por ventilar a miles de kilómetros de distancia del epicentro euro-americano.

A lo largo de 2013, y sin duda, con prolongación, inexorable, hacia el fin del año próximo, veremos desplegarse los avatares imprevisibles que conlleva toda retirada.

Si en las elecciones venideras en Afganistán no se depura la selección de las elites civiles y militares más capaces para enfrentarse al período post bellum que aguarda al país asiático, es muy probable la siguiente disyuntiva: o que los insurgentes tomen el poder; no sin provocar un “baño de sangre” al goteo, como viene ocurriendo en Iraq hasta hace poco días; o bien que la guerra a escala grandiosa se convierta en un pulso menor entre los cuerpos de tropa (residuales) americanos y de la OTAN -llamados a preservar el orden posbélico- y la guerrilla endémica de los muyahidines afganos.

Balance infausto, pues, de un conflicto armado entre dos polos antagónicos. ¿Pudo esta guerra haberse planteado de otra forma? La respuesta a esta cuestión pertinente, a estas alturas, es que sí. Ya hemos subrayado en ocasiones esporádicas -atinentes a la guerra en Afganistán- y recordamos de nuevo en este periódico que es de sabios no confundir lo inexorable con lo necesario.

Víctor Morales Lezcano

Historiador. Profesor emérito (UNED)

VÍCTOR MORALES LEZCANO es director del Seminario de Fuentes Orales y Gráficas (UNED) y autor de varias monografías sobre España y el Magreb

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