El fin
martes 12 de marzo de 2013, 20:19h
No se asuste, querido e improbable lector. El fin al que me refiero no es escatológico. Esta columna no se va a hacer eco del fin del mundo que algunos oráculos pregonan que se producirá tras el que pudiera ser el último papa a pesar de que la inminencia de la anunciada catástrofe debiera preocuparnos si creyéramos en ella. Aunque todas los entendidos señalan que no será hoy cuando se produzca la fumata blanca, es posible que a la hora en que este artículo se independice de su autor y empiece a navegar solitario por las inescrutables aguas de internet ya tengamos un nuevo pontífice. Pero no es de este fin, ni el de la elección o selección del nuevo papa, ni el del mundo, del que quiero ocuparme. No les niego que a alguien inquieto e inquietado desde mi juventud por la filosofía le atraen estas cuestiones de trasfondo teológico a pesar de presentarse tan revestidas de boato material y de las peores intrigas mundanas, e intento ver el fin que la elección papal conlleva más allá de estas expresiones de máximo poder y muestra al mismo tiempo de las mayores miserias humanas. Ni soy creyente ni mucho menos creo en el dogma de la infalibilidad papal que aprobó el Congreso Vaticano I en 1870, es decir, hace cuatro días, durante el papado de Pío IX, aquel pontífice contrario a la sociedad moderna y al liberalismo político que hizo perder a la Iglesia Católica durante decenios su conexión con el mundo que había nacido del proceso revolucionario. Desde el punto de vista del derecho canónico, no debería ofrecer duda que sólo el papa con verdadera potestad jurídica es infalible, es decir, no yerra cuando realiza una definición pontificia solemne o habla ex cathedra, pero al haber ahora también un papa emérito, desde el punto de vista de la teología siempre quedará la duda de la sustancialidad de la condición infalible del sucesor de Pedro en el trono de Roma.
Ratzinger, con toda la teología que sabe y a pesar de su apariencia dogmática, quizá haya provocado una revolución en la Iglesia, pues no es poca cosa 1) haber quitado el limbo, lo que invita a dudar del pecado original, del mayor delito del hombre por el mero hecho de haber nacido según nos dice Segismundo en el famoso monólogo calderoniano, ese pecado tan difícil de ver en la cara angelical de un niño por mucho que la dogmática cristiana dijera hasta ahora lo contrario; 2) poner en cuestión la infalibilidad papal, pues, cansado y sintiéndose más humano que inspirado por el Espíritu Santo, Ratzinger abandona el poder pontificio; y 3) desterrar del Portal de Belén al buey y a la mula, yendo contra tradiciones populares consolidadas que, además, servían para humanizar la figura de Cristo, y contra la misma razón, pues ¡qué más natural que en un establo haya bueyes y mulas!, los cuales se verían sorprendidos ante la situación de que una madre virgen, apurada por los apretones de su Niño-Dios y ante el inminente parto, entrase en su espacio y tuvieran que hacerles un hueco entre las pajas a la madre, al hijo y al acompañante padre, que éste parece ser que sí estaba.
Si me permiten una digresión anecdótica, aunque nos aleje del fin, del fin de este artículo, hago un paréntesis para contarles que mi maestro Agustín Andreu, una de las personas que más teología sabe en el mundo, cuando salió elegido Benedicto XVI, ante mi requerimiento de que expresase su opinión sobre él, me dijo con cervantina ironía: “¡hombre!, es lo que quisiera todo catedrático, que le hiciesen infalible para hablar siempre ex cathedra”.
Volvamos a nuestro fin, que no es tampoco el que algunos analistas políticos presagian para nuestra época tanto a nivel mundial, con el comienzo del declive de Estados Unidos y de Europa –cuya Unión también se tambalea precisamente por no prever su fin–, como a nivel español debido al agotamiento del marco constitucional que nos dimos –o que nos dieron a la gente de mi generación, nacida en las postrimerías del franquismo–. No, tampoco quiero hablar de este fin, sino del télos al que con su habitual sabiduría nos remite Aristóteles en la Ética a Nicómaco. Para el Estagirita todo lo humano tiende a un fin, que es la realización de su potencia hasta alcanzar su forma, hasta estar en acto. Veo con preocupación que la gente en sus propias vidas y las instituciones públicas y privadas no tengan claro su fin, con lo cual toda su actividad, todo su movimiento, está en riesgo de ser errático, porque moverse está bien y es necesario a lo humano, pero hay que saber hacia dónde, pues si no se otea el horizonte, las posibilidades de que en el mismo tropecemos constantemente o caigamos en el abismo son muchas más que si se ha hecho una prospectiva –si se me permiten la redundancia– del futuro.
Cuando hablas con la gente, incluso con personas que tienen profesiones vocacionales u ocupan cargos de responsabilidad en empresas o en la administración pública, en entidades desde las que se puede hacer mucho, y bien, y mucho bien, notas que no tienen claro cuál es su vocación ni la misión de las instituciones en las que trabajan. Da la impresión de que hemos renunciado a preguntarnos por el fin y nos conformamos con ir tirando lo mejor posible, quizá cansados de varios siglos de educación cristiana que nos hacía poner nuestro fin en la otra vida, la del más allá, o quizá cansados de la deconstrucción de los fines que trajo consigo la postmodernidad y del hundimiento de los sistemas políticos que anunciaban un paradisiaco final y trajeron un desastroso infierno presente. Estamos tan centrados en pequeñas finalidades inmediatas que se nos olvida el fin, siquiera pensar en él.
Aristóteles tenía muy claro que no puede tenerse una vida plena si esta no se orienta a un fin. Es muy conocida su metáfora del arquero, la cual tanto impactó a filósofos como Leibniz u Ortega: ¿tiene el arquero un blanco para su flecha y no vamos a tenerlo nosotros para nuestras propias vidas? Aristóteles enseña a pensar en la vida y desde la vida. Hace falta un pensamiento de totalidades, como señala Agustín Andreu, pensamiento que es muy distinto a uno totalitario, un pensamiento que sea capaz de ver la vida en conexión biográfica de sí misma e histórica respecto al mundo en que se integra y que al mismo tiempo forma y conforma. Ese pensamiento de totalidades antepondría el fin a los fines parciales, que sólo son perseguibles si contribuyen al fin, y cuidando siempre de que los medios sean acordes con el fin, pues un pensamiento de totalidades que tenga en cuenta la vida, la vida humana de cada cual, nunca puede ser maquiavélico. Lo sabían muy bien nuestros krausistas que, como don Francisco Giner de los Ríos, no venían incompatible la individualidad de la persona con su comprensión diltheiana e integración en la totalidad, dentro de la cual el ser humano no se disuelve. En términos políticos, don Francisco Pi i Margall llamó a esto federalismo sinalagmático, el cual influyó mucho en algunos anarquistas españoles, a los que Giner tenía aprecio porque sabía que pensaban en el buen fin de la sociedad sin diluir en ella a la persona. Algunos, cegados por la nueva fe, creyeron que había que utilizar atajos y pensaron que las bombas servirían para limpiar el camino de todo lo que impedía llegar al buen fin. Don Francisco Giner pensaba, muy contrariamente, que esto de lo humano va muy despacio y que no es fácil que el hombre se oriente hacia un buen fin porque no es fácil que lo descubra, que se descubra a sí mismo. Pensar el fin supone siempre un esfuerzo, un trabajo de autognosis, que es de las cosas más difíciles de la vida por muy evidente que la nuestra nos pueda parecer a cada uno.
Hemos perdido la noción del fin vocacional de nuestras vidas –¿se puede vivir de verdad saludablemente sin encontrar a la propia vida su sentido?– y del bien común como fin social, porque somos incapaces de pensar desde una razón distinta a la cuantificadora razón pura que, como bien señaló Ortega, no debe abandonarse pero sí enriquecerse con una razón más comprensiva de lo humano, que no puede siempre medirse matemáticamente. En fin, de este fin, individual y colectivo, era del que quería hablar hoy, pues siendo quizá menos acuciante que los otros que he señalado, pienso que si no volvemos a ponerlo en el centro de nuestras preocupaciones individuales y de las colectividades de las que formamos parte, caminaremos sin rumbo. Este fin puede ayudarnos a postergar las apocalípticas previsiones de los oráculos criptoreligiosos, políticos y mediáticos o, por lo menos, puede servirnos para idear un nuevo futuro sobre las cenizas de una época que quizá esté concluyendo, a sabiendas, no obstante, para quitarle a esto el tono de tragedia, de que lo humano es siempre un renacer desde el pasado, pues el hombre, como dijo Ortega, es en todo momento heredero.
Pensar el fin propio y el de las instituciones de las que formamos parte es un trabajo que no podemos eludir y tenemos que actuar en consecuencia. Busquemos, pues, como el arquero de Aristóteles, el blanco para nuestras flechas, y luego orientemos nuestro quehacer individual y colectivo hacia él, un blanco que, dentro de las complejas sociedades en las que vivimos, no nos será accesible de forma diáfana y, además, como todo en lo humano, necesitará una constante redefinición.
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Profesor de Historia del Pensamiento Político
JAVIER ZAMORA es licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid y doctor en Derecho por la Universidad de León, ha completado su formación con estancias de investigación en el Massachusetts Institute of Technology, el Max-Planck Institut für Geschichte y el Colegio de México.
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