crítica de cine
[i]Anna Karenina[/i]: descenso al infierno de la pasión
domingo 17 de marzo de 2013, 09:13h
Keira Knightley vuelve a ponerse a las órdenes de Joe Wright en esta nueva versión de la mítica novela de Tolstoi.
El director londinense Joe Wright siente una clara atracción por los filmes de época y también, una especial predilección por la joven actriz británica Keira Knightley. Por ello, después verla en “Orgullo y Prejuicio” en 2005 y en la trágica “Expiación: Más allá de la pasión”, en el año 2007, no es extraño volver a encontrarla en otra cinta de Wright, enfundada en maravillosos trajes de época, para encarnar a una de esas heroínas rebeldes atrapadas por sus propias pasiones que tuvieron la desgracia de nacer en una época que no era la que les correspondía. No, al menos para vivir esos amores prohibidos contra los que eligieron no luchar, dejándose arrastrar por ellos hasta el repudio social y, finalmente, la desgracia personal. Esta vez, Joe Wright ha elegido la dramática novela rusa de Leon Tolstoi, Anna Karenina, una de las obras cumbre del realismo, y le ha dado el papel protagonista, que en su día protagonizaron actrices de la talla de Greta Garbo, Vivien Leigh, Jacqueline Bisset o Sophie Marceau, a Knightley. Y ella, claro, ha respondido con la calidad y eficacia de siempre, porque es cierto que la actriz da el perfil de mujer de un siglo pasado, confesándose, además, otra incondicional fan como Wright de las películas y las novelas de época, a pesar de que en esta cinta se haya dado mucho más valor al tratamiento de las imágenes que a la trama literaria que encierran.
No son, por otra parte, unas imágenes al uso. El director ha optado por una fórmula muy particular – también arriesgada - que supone abandonar cualquier forma tradicional en la concepción de contar una historia y que exige del espectador un esfuerzo de imaginación, para poder saborear la cinta sin perderse en el surrealismo mágico utilizado a la hora de narrar la historia desde dentro de un teatro. No sólo sobre el escenario, también veremos a los personajes interpretar su papel en el patio de butacas, en los palcos, la tramoya y las bambalinas. Las escenas de este drama romántico se van sucediendo a través de movimientos envolventes de la cámara y el director se permite, asimismo, rodar algunas escenas como si se tratasen de las correspondientes a un musical sin música. Joe Wright firma, así, sorprendentes coreografías que, en ocasiones, restan credibilidad al relato y ponen a prueba a los espectadores, entre los que habrá quienes no comprendan esta artística forma de “poner patas arriba” una historia tan conocida y otros, que agradezcan, quizás, la posibilidad de ver a una Anna Karenina completamente distinta. Porque este es, en definitiva, el reto que debe superar aquel que realiza la enésima versión de una novela tantas veces adaptada para la gran pantalla.
En todo caso, la curiosa técnica visual no funciona bien en todas las escenas, aunque sea igualmente cierto que, a medida que avanza el filme, es decir, después de los primeros 40 minutos del total de 130 que dura el mismo, uno acaba por cogerle el tranquillo a tanto movimiento de puertas y ventanas que se abren y se cierran para cambiar de ambiente, de personajes o de escena. Además, por una parte, aparecen las primeras secuencias completas rodadas en exteriores, y eso ya es un alivio, y por otra, el propio director empieza a ocuparse más de la caída a los abismos de la pasión que emprende la protagonista en una sociedad hipócrita llena de prejuicios como era la aristocracia rusa de finales del siglo XIX. Así, el grácil y despreocupado personaje que interpreta Knightley va transformándose de forma dramática ante nuestros ojos y el resto del reparto, especialmente Jude Law, encargado de meterse en la difícil piel del marido traicionado, el alto funcionario del gobierno Alexei Karenin, no tienen más remedio que evolucionar con ella. Especialmente el actor británico Aaron Taylor-Johnson, que interpreta al conde Vronsky, el otro vértice del triángulo amoroso que narra la historia y responsable, igual que Anna, del devenir de los acontecimientos. Matthew MacFayden, Alicia Vikander, Emily Watson y Kelly Macdonald completan el reparto de la cinta rodada en su mayor parte en los estudios Sheppertton de Surrey, Inglaterra, en la que destaca el fascinante diseño de vestuario, con el que su responsable, Jacqueline Durran, ganó el Oscar en la pasada edición de los premios más prestigiosos de la industria del cine, así como el premio Bafta de 2012.