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POR LIBRE

El Papa, en las trincheras

lunes 18 de marzo de 2013, 12:18h
Joaquín Vila, director de El Imparcial, escribe que "las legiones de anticlericales que pululan por el mundo ya se han lanzado al ataque para desprestigiar al nuevo Papa".
El nuevo Papa, el jesuita argentino Francisco I, resultó ser el tapado, pero, según se ha podido saber, ya desde el primer Cónclave fue el más votado, incluso más que el propio Ratzinger. Una sorpresa y una muy buena noticia para el mundo hispano, pues más de la mitad de los católicos habla español.

También el hecho de que sea jesuita ha sido bien acogido por el mundo eclesiástico, pues la orden que creó el español San Ignacio de Loyola en 1.540 ha estado siempre en la vanguardia de la Iglesia, algo muy necesario para el Vaticano en estos momentos. También, por ello, ha sido una sorpresa y una alegría su elección.

En sus primeras apariciones, se ha podido comprobar que, a pesar de su aparente timidez, tiene las ideas muy claras y alberga la intención de abrir la Iglesia al mundo y tender lazos con otras religiones, como demostró en su carta a la Comunidad judía.

Pero su camino no va a ser de rosas. Como siempre, la verdad y la mentira están separadas por una raya muy fina. En Argentina, como es lógico, su elección ha desatado la euforia entre los católicos. Pero, como también era de esperar, ya han aparecido sus detractores. Según éstos, Bergoglio, cuando era arzobispo de Buenos Aires, colaboró con la brutal dictadura militar que se implantó en 1976 y miró para otro lado cuando dos sacerdotes jesuitas fueron secuestrados y torturados durante cinco meses. Y las madres de la Plaza de Mayo le acusan, incluso, de colaborar en el robo de bebés. Bien es cierto, que la credibilidad de las famosas Madres se ha desvanecido por completo.

Por el contrario, el argentino Pérez Esquivel, Premio Nobel de la Paz, y poco sospechoso de apoyar a la Iglesia, ha negado tajantemente tales acusaciones al declarar que, aunque una parte de la Iglesia argentina apoyó la dictadura, el nuevo Papa estuvo en contra. Y el portavoz del Vaticano, Federico Lombardi, ya ha salido al paso al tachar a los detractores de formar parte de una campaña difamatoria de los anticlericales y que jamás ha habido ninguna connivencia del Papa con la dictadura, ni ha sido imputado en ningún caso. Que su pasado es impoluto.

Y parece más creíble esta versión. Desde luego, el Papa Francisco tiene cara de buenazo: sencillo, sereno y humilde. Sus primeras palabras han sido una clara muestra de la apertura que pretende y, como buen jesuita, quiere que la Iglesia evolucione y se modernice. Que supere la crisis institucional que padece. Que buena falta le hace. Como ha dicho este sábado, el Papa apuesta por “una Iglesia pobre y para los pobres”. Y, por eso, ha elegido el nombre de Francisco, como admirador y seguidor de San Francisco Javier, el santo de los pobres. Se acabaron los Vaticanleaks y las fuerzas ocultas. Todo un reto.

Como siempre, la verdad y la mentira enfrentadas. Aunque, de momento, las acusaciones parecen tener poco fundamento y, como suele ocurrir, las legiones de anticlericales que pululan por el mundo ya se han lanzado al ataque para desprestigiar al nuevo Papa. Es de esperar que la verdad prevalezca y sus detractores terminen esfumándose. De hecho, hasta la polémica presidenta Kirchner ha cambiado de tercio y, pese a que sus relaciones no eran precisamente buenas, ha terminado por apoyarle. El nuevo Papa puede ser una esperanza para esa renovación que necesita la Iglesia. Sólo hace falta que reaccione con coraje y que le dejen. Y, está claro, que no le resultará fácil.

Pues como dijo el Papa Pablo VI sobre la Compañía de Jesús, "donde quiera que en la Iglesia, incluso en los campos más difíciles o de primera línea, ha habido o hay confrontaciones: en los cruces de ideologías y en las trincheras sociales, entre las exigencias del hombre y el mensaje cristiano allí han estado y están los jesuitas".

Pues, de momento, el Papa Francisco ya está en las trincheras.