Crítica de cine
La cocinera del presidente: los fogones del Elíseo
domingo 24 de marzo de 2013, 11:48h
Vincent nos presenta a la cocinera protagonista, llamada en la ficción Hortense Laborie, cuando ya ha pasado algún tiempo desde que se marchó del palacio presidencial. En realidad, conocemos al personaje cuando está de nuevo a punto de a cambiar otra vez de lugar de trabajo y será a través de flashbacks cómo iremos sabiendo de su experiencia en la cocina privada del Elíseo. Con las maletas ya casi hechas y preparando la que será su cena de despedida en la base científica de la Antártida a la que fue a parar “huyendo” de su experiencia en la casa del Presidente de la República, Hortense, a quien da vida la actriz gala Catherine Frot, empieza a evocar lo que vivió durante aquellos años en los que se dedicó a preparar para Miterrand esos platos caseros típicamente franceses que a él tanto le gustaban. Por una parte, es lógico que la discreta pero carismática cocinera tenga presente los recuerdos ahora que está a punto de cambiar otra vez de vida y, por otra, se ve también algo forzada a ello, a causa de la presencia de una periodista australiana, interpretada por la actriz española afincada en Francia Arly Jover, quien intenta por todos los medios hacerle una entrevista en cuanto se entera del pasado laboral de Hortense y la persigue, junto a su cámara, por el agreste y frío paisaje.
El director parisino aprovecha, además, la historia personal de esta peculiar cocinera de enorme personalidad para mostrar las luchas de poder que se mantienen también en los sótanos de la residencia del más poderoso. Nada más llegar, Hortense se encuentra con la oposición del jefe de la denominada cocina general y del resto del personal masculino que trabaja en la misma. Ninguno de ellos ve con buenos ojos que una mujer, la primera que se mueve entre los fogones del palacio y, además, una absoluta desconocida en los elitistas circuitos gastronómicos franceses, vaya a ser la encargada de dar de comer al presidente y a sus visitantes más distinguidos. De modo que la lucha a la que tiene que enfrentarse la cocinera, que hasta entonces regentaba un pequeño restaurante rural, no es sólo en relación a las recetas que han complacer a tan importante comensal, sino, sobre todo, con sus propios compañeros de oficio, con excepción de Nicolás, el joven ayudante pastelero que le ponen a su servicio, y el maître, quien desde el principio trata de ayudarla. Aunque, por supuesto, su aliado más importante será el propio presidente, a quien interpreta el novelista francés Jean D’Ormesson, quien se mostrará encantado con Hortense: con esos maravillosos platos que le recuerdan a los que guisaban su madre y su abuela e, incluso, con su sencilla y tranquila conversación. Y, claro, esto último, será lo que levante aún más envidias soliviantando los ánimos del núcleo duro de ayudantes y demás personal que rodea al mandatario galo.
Y así Vincent nos enseña, en clave de humor algo amargo, la lección que la protagonista aprende entre los fuegos de la cocina presidencial: cuando está en marcha un complot, ni siquiera quien se supone que goza de más poder es capaz de salvar al que osa entrometerse entre los mandos intermedios. El presidente puede que mande mucho o poco en Francia, pero no manda nada en su cocina. Y si al jefe de cocina, que presume de llevar en el Elíseo 30 años, se le mete en la cabeza acabar con ella, antes o después, acabará haciéndolo. Por otra parte, todo se complica aún más cuando, por prescripción médica, los menús del presidente tienen que empezar a ser analizados, medidos y pesados por un médico y una nutricionista. Arrecian las zancadillas y, finalmente, Hortense se ve ya tan cansada que presenta su dimisión para marcharse a la lejana base científica donde la conocemos y donde tiene la ocasión de deleitar a un público mucho más agradecido y afectuoso con los exquisitos platos en los que el director detiene la cámara, para goce de la vista de los espectadores. Vincent ha tenido además la posibilidad de rodar en el propio Palacio del Elíseo, aunque sólo durante tres días, en los que el entonces presidente, Nicolas Sarkozy, se encontraba de viaje. Y en realidad, la mayoría de los espacios interiores corresponden al Ministerio de Trabajo, mientras que para la parte que se desarrolla en la base francesa de la Antártida, el equipo viajó a Islandia para filmar.