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entrevista al entrenador del rayo vallecano

Paco Jémez: "La cuestión es cuánto eres capaz de arriesgar para llevar tus ideas adelante cuando vienen duras"

sábado 06 de abril de 2013, 03:09h
Actualizado el: 26 de febrero de 2021, 10:25h
El Rayo Vallecano ha superado con creces el objetivo marcado a comienzos de la temporada: luchar por permanecer en la élite del fútbol español. La solidez del nuevo proyecto ha lavado la cara al club madrileño que ha alejado los fantasmas del pasado con una de las apuestas más alegres y atractivas del balompié patrio. Su entrenador, Francisco Jémez (Las Palmas de Gran Canaria, 1970), ejerce de arquitecto de la obra que más ha sorprendido de la presente Liga. El técnico que ha revolucionado la plantilla vallecana en pos de disfrutar y divertir con la posesión del balón recibe a El Imparcial para reflexionar sobre esta valiente apuesta que lidera y que ha enamorado a propios y extraños por su complejidad estructural.


La temporada 2012-13 de la Liga BBVA va configurando las batallas particulares que cada uno de los clubes deberá acometer para completar los objetivos propuestos en el arranque del actual ejercicio. A estas alturas de competición, la lucha por la permanencia y por los puestos que dan acceso a competiciones continentales queda pendiente de los últimos puntos en disputa para definir a los candidatos que pelearán en ambos desafíos. Por ende, también se han destapado los equipos revelación del torneo. Con los que nadie contaba a comienzos del año. El exponente de este tipo de proyectos serios que nacen desde sus recursos limitados y crecen con una propuesta atractiva que sorprende a los que les auguraban otra temporada de sudor, sangre y lágrimas, es el Rayo Vallecano. A pesar de contar con el presupuesto más bajo de la Primera División española (65 veces inferior al del Real Madrid), el equipo madrileño enamora con su gusto por el buen trato del balón, la fluidez combinativa y el sentido colectivo que emana de su expresión sobre el césped.

El Imparcial se trasladó a la coqueta ciudad deportiva de la Fundación Rayo Vallecano para comprobar cómo se cocina la revolución futbolística que ha enamorado a propios y extraños al tiempo que se ha ganado la consideración de ser uno de los equipos que más brillo sacan a este deporte en la mejor competición futbolística doméstica del planeta. Nos trasladamos al mestizo pueblo de Vallecas para reflexionar con Paco Jémez, el arquitecto de esta revolución. Asistimos con atención al final de uno de los entrenamientos programados en sesiones de mañana y tarde para aprovechar el descanso liguero que las citas de selecciones nacionales ofrecieron hace unas semanas.

Tenemos que ir siempre juntos, para tocar el balón y para robarlo, porque, al final, el fútbol se reduce a un rondo”. Hacer del partido un rondo con el rival. Con este axioma despedía a sus jugadores el entrenador del Rayo tras someterles a ejercicios de intensa presión solidaria y mantenimiento de la posesión con apoyos constantes. Y con este axioma comenzamos la charla con el estratega que ha restado sufrimiento al devenir del Rayo a base de poesía futbolística.


“La predisposición para jugar al fútbol tiene que ser independiente al equipo que tengas enfrente”, avanza Jémez, un preparador que desprende la necesidad de racionalizar el componente azaroso del balompie con trabajo meticuloso con su equipo técnico. Concluye la exposición de su idea de juego y cierra la exposición argumentando su filosofía con un ejemplo explícito del apartado teórico expuesto: “Nosotros intentamos siempre que, con o sin balón, estemos muy juntos y en situación de ayudarnos, ya sea para robar el balón o para seguir manteniéndolo, porque, si no juegas unido, intentando tener más presencia en la zona activa del balón, con muchas ayudas, te cuesta mucho competir”. “El otro día -recuerda- fuimos a Barcelona y sabíamos que íbamos a jugar contra el mejor del mundo, pero también sabíamos que somos capaces de hacer bien nuestro juego. Nos ganaron. Pero fuimos capaces de competirles la pelota, tirar más veces a puerta que ellos y recuperar más balones. Nuestra exigencia tiene que ser esa: saber que contra cualquier equipo somos capaces de hacer esos números. Así ganaremos partidos”.

Degustando esta irreverencia romántica elevamos el plano de lo particular a lo general y abordamos con este marcador pegajoso que ganó dos Copas del Rey –con Deportivo y Zaragoza, respetivamente- en los 90 y ahora disfruta de los placeres de manejar un grupo de futbolistas que tratan con exquisitez el balón gracias a los andamiajes que les ha construido. Ponemos sobre la mesa los límites y los miedos que convierten a la atractiva propuesta del Rayo en una anécdota en el océano resultadista. “Es fundamental entender que el entrenador es el primero que se juega el puesto continuamente. Me explico. No conozco a nadie, ni aficionado, ni entrenador, ni jugador que no le guste que su equipo juegue bien. Pero hay que ganar”, subraya.

La cuestión es cuánto eres capaz de arriesgar para llevar tus ideas adelante. La tendencia humana te dice que cambies cuando no hay resultados. Pero el estilo de juego con el balón, creando ocasiones, con el que se sufre poco en defensa está sujeto, por lo general, a los resultados. El tema está cuando vienen duras, si eres capaz de mantener ese criterio y no modificar tus ideas hacia otras formas menos vistosas pero más prácticas”.

Introducimos en la conversación la figura de los entrenadores resultadistas, pupilos del “Narigón” Bilardo, que adaptan su estilo de juego al nivel técnico que la materia prima del vestuario les ofrezca. “Parto de que un jugador de fútbol sabe jugar al fútbol, porque si no se dedicaría a otra cosa, por lo tanto, no creo que un entrenador tenga que adaptarse constantemente a la plantilla que tenga”, avanza con la misma rotundidad con la que decidió cambiar la filosofía de juego del Rayo en pos de la boyante situación actual. “No le pides a un jugador que te fabrique una lavadora. Le pides que haga su trabajo de la mejor forma posible. Obviamente, si llegas a un equipo con más talento te costará menos. He pasado por tres divisiones y no puedes pretender hacer las mismas cosas y tan rápido en un equipo de Tercera y en uno de Primera, porque cada división tiene sus limitaciones, pero, al jugador le gusta jugar bien al fútbol”.


La coherencia de su discurso cuenta con un meridiano respaldo en Alcalá -club donde debutó conquistando la Tercera División para el equipo madrileño-, Cartagena -equipo con el que ascendió a Segunda División-, Córdoba -aupó a los andaluces a la lucha por el ascenso a Primera- y Las Palmas. “En todos los sitios donde he estado, gane, pierda o empate, siempre he jugado de la misma forma”, resume. “La mano del entrenador está en función de darle al jugador lo que necesita para que sea capaz de desplegar sus cualidades en un terreno de juego”, explica tras ser cuestionado por el ingrediente que provoca que un equipo refleje, como es su caso, la identidad del técnico y se convierta en un sistema identitario del preparador. “Hay que invitar a que todo el mundo sea capaz de hacer algo y lo haga bien. Todos los entrenadores queremos que se vea nuestra impronta en el equipo, pero lo que hay que darle es un empujón al jugador para que se sienta liberado cuando le llegue la pelota, dentro de las responsabilidades que tiene que cumplir”.

Proseguimos la reflexión con este estudioso idealista del balompié colocando en el centro la irracionalidad del fútbol y la idoneidad de virar hacia una gestión más equilibrada de los recursos de este deporte. “El fútbol debe ser irracional porque esa es su esencia”, señala. “Es por su irracionalidad que el Rayo con un presupuesto de 7 millones de euros puede ganar al Madrid, que tiene 250 millones. El fútbol tiene que ser irracional y los equipos deben fichar y gastar, cada uno lo que considere, para contribuir a la riqueza deportiva del juego”, sentencia.

“Respeto profundamente a la gente que tiene la gran fortuna de empezar a entrenar en Primera, porque a nadie le regalan una oportunidad, pero estoy muy satisfecho de haber empezado donde lo he hecho porque he visto distintas perspectivas de contemplar el fútbol, distintas maneras de trabajar, formas de hacer las cosas y esto te enriquece como entrenador”, argumenta Paco Jémez cuando le mencionamos su crecimiento alejado de los focos en los campos de hierba artificial de las categorías inferiores del fútbol patrio. “Te da otra visión distinta y a la hora de trabajar necesitas más imaginación porque en algunos equipos no tienes tantos medios. He entrenado a jugadores con problemas económicos, que tenían su trabajo además del deporte. Todo eso es un buen bagaje y una buena experiencia para llegar a la Primera División”, explica.

La coherencia, la unión y el trabajo colectivo son conceptos que se repiten en el discurso de este prometedor entrenador, que planta su concepción alegre y exquisita del balompié allá donde va. Recuperamos el tono de la charla con su desembarco en Vallecas, en un club que había sufrido una traumática experiencia el pasado año con un descalabro económico que afectó de manera decisiva a la estabilidad laboral de los futbolistas en cuanto a su condición de trabajadores. Para abordar el análisis de esta revolución, Jémez se apresura a aclarar con firmeza que “este equipo no tiene absolutamente nada que ver con el de la temporada pasada porque han venido 14 jugadores nuevos y un cuadro técnico nuevo”. “Sandoval ha hecho un trabajo espectacular salvando la categoría con el presupuesto que tenía el Rayo pero no nos parecemos”, apunta para resaltar que “el nuevo proyecto ha representado aire fresco para el Rayo, porque con la novedad se regenera todo y se han replanteado las cosas para encarar nuestro proyecto”.


Avanzamos por el camino tortuoso de los problemas financieros y le preguntamos cómo es la situación del club en la actualidad, si el lavado de cara de la plantilla también se ha traducido en tranquilidad de nuevo cuño a las nóminas. “El Rayo tiene un déficit económico que tiene que solventar pero los gestores han sentado ya las bases para un futuro bastante esperanzador”, argumenta. “El club genera bastante dinero con los traspasos”, puntualiza para destacar la esencia del aire fresco que mencionaba corría en su vestuario: “El club mantiene una seriedad con los pagos espectacular. Desde que el administrador y el presidente están trabajando de la mano, aquí todo el mundo cobra al día, menos que en otros clubes, pero al día, cosa que es muy importante. Atrás ha quedado ya la temporada con cinco seis meses sin cobrar. Eso no se lo deseo a nadie. Pero ahora se respira tranquilidad y responsabilidad en todo lo que se hace.

Saltamos de los despachos al césped de la ciudad deportiva de la Fundación Rayo Vallecano. Cómo nace el radical cambio de estilo que Jémez implementa a una plantilla plagada de jugadores recién llegados -cedidos, libres por finalización de contrato o jóvenes canteranos- y de veteranos acostumbrados al sufrimiento trasladado al terreno de juego como forma de juego. “Cuando nosotros expusimos nuestras ideas de juego, los futbolistas eran un poco reticentes pero tienes que convencerles con la palabra y con lo que se ve en el campo”, relata. Es aquí cuando Jémez recupera la cohesión, coherencia y trabajo para describir el pegamento aplicado para unir al vestuario en torno a esa apuesta tan arriesgada y atractiva que practica.

Sabíamos que por nuestro presupuesto, que es el más pequeño de la categoría con mucha diferencia, por nuestras expectativas y por lo que el resto opinaba de nosotros, se pensaba que éramos uno de los candidatos a descender. Necesitábamos que el grupo no se creyera esa información porque si no estábamos perdidos. El hecho de decir que somos un equipo pequeño y humilde conlleva que nadie va a decirnos lo que somos capaces de hacer, sino que nos lo vamos a demostrar nosotros mismos. No nos vamos a creer que solo podemos luchar por la permanencia. Si es así, pues lucharemos, pero vamos a ver hasta donde somos capaces de llegar. Esa idea es la que han puesto en práctica y nos ha llevado hasta aquí”.

Con la cocina abierta, Paco Jemez comparte con este diario la receta de esa embelesadora mezcla de juventud y veteranía que el Rayo ha convertido en la perfecta ecuación de fútbol ofensivo. “Al futbolista hay que dejarle crecer pero con equilibrio. Tenemos jugadores jóvenes con un potencial espectacular pero tienen que ceñirse a unas obligaciones y a un grupo que tiene una conducta muy pautada, de la que no pude salirse nadie”, avanza. “Además del entrenador, ahí juegan también los veteranos y yo responsabilizo mucho a los veteranos porque tienen que poner a cada uno en su sitio”, destaca. La importancia del bagaje de los veteranos dentro y fuera del campo como elemento cohesionador de un grupo entregado a una apuesta de su entrenador. “Ellos son los dueños del vestuario y le dicen al joven lo que tiene que decir y hacer porque saben lo que necesitamos dentro del vestuario. Pero los jóvenes han entendido muy bien que las críticas iban para que el grupo sea lo más fuerte posible.”


Esta hoja de ruta quizá le quedó en la retina de su experiencia como futbolista a las órdenes de José Antonio Camacho –al que considera su referente-, con el que jugó de titular en la Eurocopa del 2000 junto a Fernando Hierro en el centro de la defensa española. “Cuando yo veía a Camacho quería ser así, tener ese carácter, hablar con el grupo como él lo hacía y desenvolverme como él”, confiesa. Aprovechamos este viaje al pasado para preguntar a este zaguero internacional sobre el peso erosivo del pregonado muro de los cuartos de final en un vestuario conformado por jugadores de la talla de Josep Guardiola, Raúl González, Santi Cañizares, Juan Carlos Valerón o el propio Hierro, en aquel torneo del que nos apeó la selección francesa del mejor Zinedine Zidane.

“En la Eurocopa teníamos un vestuario lleno de jugadores que sabían manejar la presión porque estaban hartos de ganar torneos con sus clubes, pero se nos había metido en la cabeza el cuento que repetía todo el mundo: España va a jugar hasta que le eliminen en cuartos. Nos creímos este mensaje negativo y no lo conseguimos superar. El secreto del éxito de esta generación es que ellos sí tenían la mentalización de querer ser los que rompieran la barrera de cuartos y, una vez que se logró esto, se abrió el camino de forma definitiva”.

Nos aproximamos a la conclusión de la charla traduciendo en pregunta una afirmación que el entrenador ha repetido a lo largo de la conversación casi de forma inconsciente, como un mantra. “Sabemos dónde estamos y en qué tipo de equipo estamos”. Le cuestionamos si el extracto social del club vallecano y su sentimiento identitario desde un prisma de trasfondo sociológico cuenta con repercusión en el equipo de fútbol del barrio madrileño. “El calado social del club se siente y no puedes abstraerte de eso porque la idiosincrasia del pueblo de Vallecas es lo que hace que el Rayo sea el Rayo”, resume. “Nosotros nos sentimos orgullosos de ser partícipes de esa idiosincrasia social, sabemos dónde está enclavado el club, qué es lo que nos rodea, cómo es nuestra afición, cómo son nuestros abonados y seguidores. Esto es una parte muy importante de nuestra vida personal. Si algún día el Rayo llega arriba estará fundamentado en la humildad, saber dónde estamos, de dónde venimos y en el orgullo de nuestro pueblo”.

Cuando yo era futbolista, oía a muchos entrenadores cagarse en la madre del árbitro porque no sacaba una amarilla al rival, en su cara, y el árbitro no le daba importancia y se iba riéndose. Ahora los entrenadores no podemos hablar. A mí me expulsaron por pedir que me explicara una decisión”. De este modo resume Jémez los fallos comunicativos que el colectivo arbitral sufre con respecto al gremio de entrenadores y futbolistas, situación recurrente que ha provocado una reunión del máximo mandatario de los colegiados, el señor Sánchez Arminio, con los entrenadores del fútbol profesional español. “No creo que los árbitros favorezcan a los grandes y a los humildes no. Tenemos que ayudarnos todos, árbitros, jugadores, entrenadores, delegados y presidente, porque todos estamos en este deporte”, zanja.

Concluimos nuestro encuentro con el entrenador que ha cambiado la filosofía de un club desde el césped mirando al calendario y a la clasificación. La opera prima vallecana se sitúa en la novena plaza, a cinco puntos de los puestos europeos. “El equipo a estas alturas de la temporada juega por conseguir algo histórico para el club y para Vallecas. Nos quedan 10 partidos. Si no nos sale bien, nos quedamos en tierra de nadie, pero tenemos la opción de pelear por conseguir algo muy grande”. La opción de lograr esta hazaña recupera la ilusión enterrada en el estadio vallecano desde que Juande Ramos aupara al Rayo a la Uefa hace más de una década. De momento, el equipo ha conquistado la Rosaleda (1-2), Mestalla (0-1) y San Mamés (1-2) y se ha convertido en un referente para el aficionado que quiere divertirse viendo un partido de fútbol. Paco Jémez, que nos confiesa que “no imaginaba que la vida de entrenador fuese tan dura porque es muy complicado dejar a tu familia y venirte solo para dedicarte a solucionar los problemas que surgen cada día aqui”, nos despide en la sala de prensa de su taller de ideas desprendiendo la pasión del estudioso de este deporte. El brillo en la mirada que transmite la alegría con la que se despliega su equipo. Un bloque que ha hecho de la irracionalidad poética del fútbol su bandera.

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