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Siria, un callejón de difícil salida

Víctor Morales Lezcano
lunes 08 de abril de 2013, 21:26h
Al espectador atento no deja de asombrarle el proceso de acostumbramiento humano a reincidir en actuaciones nefastas cuando un conflicto se desata. Primero, con cierta intensidad en el hábito, e involucrando a dos o tres actores participantes; más tarde, agudizando la intensidad del conflicto y atrayendo -por vía armamentística y, o, diplomática- a varios otros actores del elenco.

Descendiendo a la realidad de los hechos, si observamos la trayectoria del conflicto interno que se desató en Siria hace exactamente dos años, podemos comprobar cómo, en rigor, se ha ido recorriendo la ruta conducente al estado actual en que se encuentra el escenario de marras. De una sublevación civil contra el gobierno de Assad se trascendió a una guerra intestina que ha ido afectando tangencialmente las fronteras de Siria con sus vecinos inmediatos: sur de Turquía, noroeste de Iraq, oeste de Jordania y las tierras del monte Líbano. Ocioso resulta constatar aquí que, además, el conflicto armado al que nos referimos no ha hecho sino “convocar” directa o indirectamente un pelotón de gobiernos considerable. Israel, Estados Unidos, Rusia, y algunos países del mundo árabe-islámico, como Arabia Saudí, Qatar e Irán, integran la nómina de las potencias que, desde un principio, algunas, y más tarde, otras, se han ido involucrando en el pandemónium de Siria, a favor, o no, del gobierno sito en Damasco.

En el transcurso de la última semana, por ejemplificar con datos reveladores el calado que ha ido cobrando la guerra civil -y entre comunidades sectarias- en Siria, véanse algunas situaciones y datos reveladores.

Ante el impasse del conflicto armado entre las dos Sirias, la Liga de Estados Árabes ha permitido a Moaz al-Jatib, cabeza visible de la oposición interna al régimen de Assad, ocupar la sede del delegado oficial de Damasco en la liga de Estados Árabes. El hecho de haberse celebrado la cumbre en Dubái permitió al emir de Qatar y a sus “allegados” saudíes impulsar la sustitución de la representatividad siria en la cumbre árabe, sin práctica dificultad. Moaz al-Jatib llego, incluso, a solicitar apoyo para representar el frente de liberación nacional de su país en Naciones Unidas y obtener respaldo, además, de la OTAN en las complejas operaciones fronterizas abiertas desde hace más de un año de lucha sin cuartel contra el ejército del régimen. A nadie se le escapa que las altas instituciones a las que se apeló en Dubái preferirán que sean los “simpatizantes” locales de la rebelión siria (Qatar y Arabia Saudí) los llamados a suministrar armamento y munición a los rebeldes, pero no aquellas oficialmente. La CIA parece que está interviniendo en el bombeo de armamento destinado a las milicias antigubernamentales; aunque fuentes perspicaces apuntan a que no todo ese armamento llega a manos de los destinatarios propios.

En pleno forcejeo diplomático en ciernes, Bashar al-Assad había dirigido una epístola a las potencias agrupadas bajo el acrónimo de BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) con vistas a solicitar urbi et orbi su mediación en el conflicto sirio. Mientras que Al-Jatib sigue representándolo como una lucha entre “la libertad y la esclavitud, la justicia y la injusticia”. Damasco, por su cuenta, reafirma su alegato defensivo dirigido contra los enemigos (sunníes) de un régimen bastante monocolor; o sea, de mayoría alauí. El jueves 28 de marzo el escaparate mediático de noticias internacionales se vio colmado por una notificación particularmente grave. Un ataque con varios morteros impactó en las dependencias de la Universidad de Damasco, causando víctimas mortales y muchos heridos entre la población estudiantil que, contra viento y marea, había optado por continuar sus estudios en medio del ruido y la furia. Hasta el momento se ignora la procedencia de la agresión armada que ha sufrido el campus de la Universidad damasquina. Los litigantes han desencadenado desde sus antenas una lluvia de acusaciones cruzadas en lo concerniente a la responsabilidad del atentado, como ya ocurrió hace unas semanas con la utilización de armas químicas en una refriega entre pelotones de signo contrario, que tuvo lugar en la periferia de la capital.

Desde la óptica estadounidense el conflicto en Siria merece una aproximación cuidadosa al máximo, porque el incremento exponencial que está adquiriendo el Islam radical en el ámbito de su predominio histórico hace temer que un apoyo desinteresado a las tropas del frente nacional de liberación sirio pueda abrir, dentro de este, la caja de Pandora. O sea, el estallido de otro conflicto a la caída del régimen de Assad, esta vez solo dirimible entre un bloque demo-liberal y otro compactamente islamista. Washington D.C., escarmentado con la desafortunada guerra de Iraq y el estado postbélico en que permanece subsumida su sociedad, quiere evitar riesgos que sean inexorables y terminen finalmente por alimentar en Oriente Medio la mala prensa que desde la guerra civil en Líbano (1975-1990) reprueba la política árabe del amigo americano de Israel.

Ante el espectro de una prolongada guerra civil con tintes sectarios muy subidos, y que cuenta en su haber unas 70.000 víctimas -refugiados aparte-, no pocos análisis de la “ratonera” en que se ha transformado Siria, apuntan a las siguientes salidas. O bien se limita el conflicto al área de su desarrollo hasta que los frentes en lucha languidezcan y sea posible establecer un alto el fuego que permita la transición negociada; o bien se deja que la guerra siga su curso, en la convicción, entonces, de que su difusión en todos los estados limítrofes (indicados al principio de esta columna) termine por abocar a la división del territorio sirio en estados de bolsillo (sunní, alauí y kurdo). En la inteligencia de que el proceso de instauración de una convivencia inter-fronteriza desaloje el espectro de la guerra y, por ende, contribuya a labrar un futuro de paz en la zona. Lo que, a simple vista, no es pedir poco.

Víctor Morales Lezcano

Historiador. Profesor emérito (UNED)

VÍCTOR MORALES LEZCANO es director del Seminario de Fuentes Orales y Gráficas (UNED) y autor de varias monografías sobre España y el Magreb

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