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Democracia y totalitarismo

miércoles 17 de abril de 2013, 21:14h
La arremetida de la presidenta argentina contra el poder judicial bajo el maquillaje de la “democratización de la justicia” está siendo debatida en el ámbito legislativo donde seguramente recibirá sanción favorable dada la composición actual de las cámaras que aseguran la mayoría necesaria. Sin embargo, contra esta iniciativa que claramente viola la Constitución nacional vulnerando además derechos de los ciudadanos se han alzado voces de distinto signo pero todas igualmente preocupadas por lo que se considera un paso peligrosísimo que nos encaminaría en la práctica al establecimiento de un régimen totalitario.

En rigor, no creo que la expresión se ajuste aunque ya esté en boca de analistas y del periodismo independiente. Para decirlo de alguna manera: ¿si Cristina Kirchner es totalitaria, qué fueron Stalin, Hitler o Pol Pot? No obstante, vale la pena demorarse un poco en la caracterización de ese tipo de régimen al menos para prever un horizonte posible en caso de que el gobierno argentino prosiguiera en su determinación de avasallar la justicia y coartar abiertamente la libertad. A este fin, me detendré tan sólo en un texto clásico en la materia que Raymond Aron publicó en 1965 y cuyo título resulta especialmente oportuno: Democracia y totalitarismo.

Aron se dedica aquí a estudiar los sistemas políticos valiéndose, como criterio de discriminación, de la distinción entre regímenes constitucional-pluralistas y regímenes totalitarios o de partido único. En los primeros, señala, existe legalidad de la oposición, límites a la acción de los gobernantes y temporalidad del poder. En los segundos, culto a la personalidad, estatización de la vida económica, monopolio de la comunicación para difundir la verdad oficial y politización de todas las faltas que son vistas como faltas ideológicas. Entre ambos, por cierto, existirían variantes como los regímenes autoritarios que, en sus diferentes expresiones históricas, y aun faltos de legitimidad electoral o de ejercicio, no llegarían a monopolizar una ideología de dominación total.

En esta misma obra, Aron recurre a la noción de principio, procedente de Montesquieu, como resorte o pasión que mantiene vivo a un régimen político. En el tipo constitucional-pluralista, ese principio será resultado de la combinación de tres elementos: respeto a la ley, pasión partidista (“para animar al régimen e impedir el sueño de la uniformidad”) y sentido del compromiso. En el régimen totalitario, en cambio, sus componentes serán la fe y el miedo: fe en la finalidad que se persigue y miedo para que los disidentes logren convencerse de su propia impotencia.

Me pareció ilustrativa esta referencia a Aron con relación particularmente al caso argentino porque su caracterización del totalitarismo contempla rasgos que nos van siendo cada vez más familiares. Reiterémoslo: culto a la personalidad, estatización de la vida económica, monopolio de la comunicación para difundir la verdad oficial (lo que aquí llamamos el “relato”)…. ¿Cuánto nos falta para que la fe ciega y el miedo completen la obra? A la luz del tono cada vez más amenazante del discurso oficial y de las propias acciones y proyectos del gobierno, sería oportuno que nos planteáramos el interrogante.
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