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Falta de respuesta internacional a la democracia venezolana

miércoles 17 de abril de 2013, 23:51h
La democracia venezolana vive una verdadera tragedia, víctima del abuso del poder y las violaciones de un régimen, que comienza a mostrar los colmillos del autoritarismo. Mientras la oposición, a cuyo frente está Henrique Capriles, lucha contra la corriente para hacer escuchar su voz y la voz de más de 7 millones de electores, que votaron este domingo por él. Por su parte, el Gobierno del presidente electo, pero de dudosa legitimidad, de Nicolás Maduro manifiesta profundos síntomas de radicalización ante los ojos de una América Latina, que parece no percatarse del riesgo que supone para las democracias de la región.

No nos asombra la rápida respuesta de Argentina, Bolivia, Nicaragua, Ecuador o Cuba, de felicitar al “ungido” del fallecido, Hugo Chávez; pero sí el reconocimiento de un resultado electoral, cada vez más sospechoso y sumido en dudas, por parte de países como Colombia, Brasil, Chile, Perú o México. Para no hablar de España y Portugal, que dieron su visto bueno a lo que es un Gobierno de facto en toda regla, pese a pertenecer a la Unión Europea, cuya postura común es la cautela y la demanda de que se realice una auditoria de los votos.

Más lamentable ha sido la postura de la Organización de Estados Americanos (OEA), cuyos estados miembros dieron su visto bueno a presidente ilegítimo-electo, olvidándose de ese “Juramento Hipocrático” regional llamado Carta Democrática Interamericana, pese a la insistencia de su secretario general, José Miguel Insulza, de exigir el recuento electoral.

Por mucho menos, el ente hemisférico crucificó a Honduras y a Paraguay, pero por lo visto el régimen de facto que reina en Venezuela, es intocable para muchos, sobre todo porque esos muchos reciben los jugosos talones de la petrochequera chavista o tienen “intereses” estratégicos en el país, por lo que le preguntamos al ministro José Manuel García Margallo: ¿cambió usted de opinión por miedo a otra expropiación de YPF. Es legítimo que cada país defienda sus intereses, pero resulta imperativo defender el fuero democrático.
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