RESEÑA
Betina González: Las poseídas
domingo 21 de abril de 2013, 13:14h
Betina González: Las poseídas. VIII Premio Tusquets Editores de Novela. Tusquets. Barcelona, 2013. 184 páginas. 16 €. Libro electrónico: 10,99 €
Las poseídas, Premio Tusquets de Novela de este año, parece un relato sobre la adolescencia, pero sin duda lo trasciende. Nos informa, con fidelidad costumbrista, sobre el desajuste generacional experimentado por las alumnas de un colegio porteño que llegan a la pubertad al mismo tiempo que cae la última dictadura militar argentina. Ese ámbito escolar regentado por una congregación de religiosas que se zarandea tras el desplome de una dictadura genocida, se convierte así en una rica metáfora política donde el microcosmos del colegio reproduce, a pequeña escala, la experiencia histórica colectiva. La dimensión política queda, a su vez, sobrepasada por una indagación en el vértigo psíquico que se produce cuando se arranca la máscara a falsas identidades personales o colectivas, a veces solo un mero tránsito para adquirir unas nuevas máscaras sociales tranquilizadoras pero en cuyo salto se alcanza ya a tener una visión espectral del sin sentido interior, del vacío del yo, del horror a la locura.
La prosa de Betina González se amolda con suavidad a esas múltiples polisemias que concentra su narración. Su evocación de una época de ruptura combina el sarcasmo ácido con un tono luminosamente elegíaco, en una sabia fusión de registros que da como resultado un fluido y placentero estilo personal. Las sabrosas anécdotas, contadas siempre desde la perspectiva de la primera persona de una de las muchachas que protagonizan la novela, son la plataforma para el salto rápido, fugaz e incisivo hacia percepciones abstractas que dejan un breve apunte filosófico. Al igual que sucede en los mejores relatos de Philip Roth –pongamos por caso, Animal moribundo-, una sucinta historia personal trenzada con escabrosos episodios es la vía de acceso a fulgurantes conclusiones expresadas mediante clave aforística.
Ya en su primera novela, Arte menor (2006), Betina González había confrontado a su joven protagonista con la versión oficial de la vida de su padre, tratando de desenmascarar la impostura de la falsa biografía paterna a través de los testimonios de las mujeres que fueron sus amantes. Ahora, en Las poseídas, su segunda novela, la autora porteña emplea sucesivos episodios discretamente escandalosos para arrebatar la careta a toda una sociedad petrificada por lo convencional. La búsqueda de lo que subyace tras fotógrafos pedófilos, exhibicionistas decrépitos, la decapitación de imágenes sagradas, el uso de alucinógenos, la huida de una monja con el padre de una de sus alumnas, la violación deliberadamente buscada por la joven narradora, sirven para señalar una hipocresía colectiva detrás de la cual se oculta la ambición, la inseguridad íntima, la pérdida de sentido, la angustia y, en última instancia, la demencia. Tras los sucesos anecdóticos, Betina González se complace en el instante en que todo se quiebra hecho añicos porque es un momento donde fulgura el brío de la verdad.
La exploración de esas vergonzantes verdades familiares cuidadosamente silenciadas lleva a las dos protagonistas a los confines del vetusto muro que señala el perímetro del colegio, con rincones secretos y brechas ocultas, a través de las cuales es posible examinar el plácido y a la vez siniestro barrio que lo envuelve. Las verdades enigmáticas y sigilosamente encubiertas, se hallan en quintas crepusculares, silenciosas, de inciertos habitantes y estatuas simbólicas, como la de ese dios Neptuno cada día más escondido por las plantas trepadoras que se enroscan en torno suyo. Un ambiente moderadamente gótico que a la lúcida narradora adolescente le provoca una siniestra mezcla de fascinación y repulsión, atracción y miedo, repulsa por un pasado que proyecta una amenazadora sombra por su presente e impulsos salvajemente desinhibidores.
Su compañera, Felisa Wilmer, adolescente exiliada que acaba de regresar a su país de origen, ya vive en la subversión interna de todos los valores establecidos, es la heroína gótica condenada sin retorno, poseída por múltiples fantasmas psíquicos que la destrozan. No es casual que ambas se conozcan junto a la ventana de los baños del colegio, pues la autora evocará en ella a la figura bíblica de Jezabel, la corruptora báquica de Israel arrojada por la ventana de su palacio para ser devorada por los perros que la aguardan abajo. No hay corredores ni laberintos, porque su mente es ya un dédalo angustioso tras subvertir los roles femeninos preestablecidos que debía haber aceptado y, sin embargo, rechazó.
La rasgadura de la demencia es interpretada por todos como una posesión demoníaca. Pero ese no es el único modelo de posesión. En la lúcida narradora que sobrevive, la aceptación de una aparente cordura estereotipada presupone caer bajo la losa del retorno a un convencionalismo que asfixia sus impulsos más vitales. Es decir, otra forma de posesión no menos destructiva que la demoníaca.
Por Rafael Fuentes