Y los políticos no se enteran
domingo 21 de abril de 2013, 19:51h
Septiembre de 2012. Á tardiña, sol aún vivo, pero anunciando, con la brisa fresca, el atardecer. Una playa de arena fina, blanca, en la ribera norte de Pontevedra, hacia Sanxenxo, mediado el camino desde la capital. Aprovechan el último calorcillo dos mujeres y, un poco más alejada, una joven. Avanza, relajado, un hombre de edad madura, esbelto, moreno, magro, pantalón vaquero, camisa descuidada, mochila al hombro. De vez en vez, mira lejos alzando la cabeza cubierta con gorra de visera tipo teja. Se descalza. Las kiowas en una mano. Arrastra, por momentos, los pies sobre la arena. Se detiene. Mira de frente al agua calma, encendida. Se da la vuelta y se oculta en un cañaveral tupido próximo a un sendero que baja de la carretera a la playa, o sube, según se proceda. Avanza la tarde. Sale un momento el hombre misterioso, vestido, sin mochila. Alza la gorra prendida por la visera. Más bien enjuto, hasta, en cierto modo, chupado. La esgrime, voltea como un pañuelo y vuelve a las cañas.
Dos, tres segundos y vuela sobre el agua quieta, apenas rizada, el sol de costado, y como surgida del fondo del mar, o de una cortina invisible, una lancha de pico angulado, casi blanca como la arena. Gira sobre sí y queda amurada a babor. Aparecen, desde el sendero, hacia la orilla, unos mozos en bañador y camiseta. Ganan a pie el costado, cogen la mercancía, unos fardos difusos, chapotean ya de espaldas a la planeadora, salpican espuma rosada en la orilla, corren, y un motor oculto por las cañas sale en estampida hacia la carretera, subiendo. Del misterioso hombre nunca más se supo.
Esta estampa, nocturna, al alba, de atardecida, no es insólita en la costa gallega. Basta hablar con ciertos vecinos de pueblos costeros, pero en tertulia sobrevenida, y sobre temas muy ajenos al comentado, como de refilón, por ejemplo, la constante subida de precios, o cómo ha virado el asunto del mar, para darse cuenta de que el negocio marítimo es algo más que redes y peces. El mar produce de vez en cuando esta otra regalía de una lancha que cruza atómica la noche, de madrugada o al ocaso, con fruto prohibido más sustancioso que la sardina, la faneca, los bolos, las rinchas, hasta el pulpo, los mejillones y la almeja. Un buen alijo de mediana cosecha da para mucho tiempo. Y las furgonetas desaparecen entre caminos tortuosos o remontan montes hasta esconderse entre el matorral, emboscada la mercancía en cuevas.
Vez hubo en que un vecino, avezado al matorral denso entre pinos y xestas -escobones- crecidas como robles, halló una caja fuerte en un hondo del monte, muy bien disimulada. Hábil como las alimañas para esconderse, esperó varias veces, sin éxito. Hasta que un día muy calmo de agosto oyó, no lejos del escondrijo, maleza removida y tamizada por el silencio. Sorteó la espesura, se abrió paso como pudo por el boscaje, agazapado, y casi al vuelo, por no pisar rama seca. Pudo ver qué contenía el acero blindado. Cargaban en sacas atillos medianos, y también en segundos, salían, y al poco, bajaba por un cortafuegos una moto de montaña que, ya en llano, escindía el silencio del valle con metralla.
Nunca quiso decir nada del asunto a la Guardia Civil. Ni de ciertas plantas que crecían en partes difíciles del monte. No fuera que alguien sospechara. La caja fuerte aún debe estar en el escondrijo. No se sabe cómo ni de qué murió este buen paisano. Vivía solo, sin familia directa. Encontraron el cadáver boca arriba, desnudo, y comido de larvas. Probablemente un ataque repentino. O tal vez una de las víboras que, dicen otros aledaños, sueltan por temporadas los ecologistas en el monte. Más de una vecina encontró al bicho, o bicha, entre sábanas plegadas.
Hace años que se nota el silencio oscuro de las bocas que nunca saben nada por montes, corredoiras, valles y costas gallegas. El fruto del alijo está asimilado en bares, compraventa de bienes, cuentas bancarias, apertura de negocios, chalets de ensueño en piedra granítica, moldeada con habilidad de carpintero, o simplemente enterrado. Dinero limpio, no negro, como dicen algunos. Resplandece a oscuras. Y los que menos saben, ni se enteran, los políticos. Sordos de naturaleza.
La pregunta escuece: ¿sería esta tierra tan musical lo que es sin el alijo costero ni la oportuna ignorancia política, extrema, de sus dirigentes, enjutos o abombados? ¿Habría tanto palo en los muelles sin este silencio en vena? Tanto bar, con o sin gente, restaurante. He ahí una cuestión verdaderamente profunda y delicada. Cada cual responda como mejor silencie.
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Filósofo, Catedrático de Lingüística y escritor.
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