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la polémica en la cuna del fútbol

El lado salvaje de la Premier League: el fascista, el 'caníbal' y el alcohólico

miércoles 01 de mayo de 2013, 01:18h
La Liga inglesa cierra su temporada 2012-2013 con el rotundo triunfo del Manchester United, el Chelsea permanece en el último peldaño para conquistar la Europa League y la espectacularidad goleadora de la Premier se ha mantenido intacta. Pero el campeonato británico ha cultivado, un año más, la cara B de lo estrictamente deportivo. El Imparcial repasa alguno de los episodios que conforman la última edición de la inherente polémica que acompaña al balompié inglés casi desde su nacimiento.

"Gasté la mayor parte de mi fortuna en mujeres, alcohol y coches deportivos. El resto lo desperdicié". Esta reflexión pertenece a uno de los iconos del fútbol reaccionario británico y emblema del aroma rebelde que aliña el vibrante campeonato inglés. Así hacía balance de su existencia George Best en su complicada madurez. El considerado como mejor extremo que ha conocido el balompié de las islas, dotado de la clase de los artistas que convierten a la fe futbolística a los más escépticos, sentaba rivales con su regate y cambio de ritmo al tiempo que su figura adquiría un estatus memorable fuera del césped. Nacido en Belfast, se negó a defender la camiseta de Inglaterra incorporando cientos de fieles a su aura contracultural. El modo de vida crápula del Balón de Oro de 1968 -año en el que condujo al Manchester hacia su primera Copa de Europa- desembocó en el letal alcoholismo que le llevó a la tumba en 2005.

George Best representa con rigor ese lado salvaje que caracteriza al fútbol inglés que cautiva e incomoda en dosis similares, ese aspecto de la conducta de los profesionales británicos que les diferencia del resto de jugadores de la élite deportiva. Una esencia libertaria que, por ejemplo, aleja a John Terry de la capitanía de la selección inglesa tras ser sorprendido engañando a su mujer con la pareja de un compañero de combinado nacional y le convierte en un ídolo en grado sumo de la hinchada de su club, el Chelsea. Refleja esa suerte de peculiar sensibilidad para interpretar los fogonazos políticamente incorrectos que filtra una pelea con heridos en un bar del capitán de tu equipo como un elemento más de la jungla del football y un argumento irrebatible para solidificar el apoyo ciego de su hinchada. De esto puede dar fe Steven Gerrard, icono del Liverpool que fue arrestado en 2008 por “pasarse un poco” celebrando con sus amigos la victoria de su equipo sobre el Newcastle por 5-1.

El lado salvaje que completa ese estatus de originalidad que exhibe la Premier League -y que, en ocasiones, traiciona la debida concentración de los componentes de su selección nacional en los compromisos vitales- cuenta en esta temporada con dos personajes destacados.


Luis Suárez, “el caníbal” según le han apodado algunos tabloides británicos, ha aliñado a su calidad técnica, carácter luchador y olfato goleador una pequeña dosis del aura contestataria del campeonato inglés para aplicar con literalidad la expresión “hay que morder al rival”. El brillante delantero charrúa -al que no le faltan novias tras sus exhibiciones en Amsterdam y Liverpool- se ha destapado esta temporada como el digno heredero de Eric Cantona -jugador exquisito que saltó la valla publicitaria en mitad de un partido para patear a un aficionado para mayor fidelidad de sus fans-, Paul Gascoigne -de talento singular para abrir defensas sin importar su ebriedad o sobriedad- o Roy Keane -capitán del United, tácticamente impecable, que retiró a un rival con una patada terrorífica directa a la rodilla para granjearse, de forma definitiva, un hueco en el hall of fame de los red devils-.

Suárez mordió a Branislav Ivanovic, su marcador en el partido ante el Chelsea, y la Football Asociation (Federación Inglesa de Fútbol) le sancionó con 8 partidos por “conducta violenta”. Lucho, como le conocen en el combinado nacional uruguayo, del que es referencia ofensiva, ya había sufrido una dura reprimenda en forma de partidos de suspensión por insultar de forma racista a Patrice Evra, lateral del United. Mientras que los dirigentes del Liverpool hablan del buen nombre del club y el jugador emite el comunicado del perdón, la hinchada ya le eleva a símbolo. Luis Suárez, que ya era el mejor jugador del club de Anfield Road por motivos futbolísticos, está adquiriendo un estatus que trascenderá a su estancia en la Premier, afincado en la cara B.

El segundo personaje que ha desembarcado en la liga inglesa a los largo de 2013 tiene procedencia italiana y una firme convicción político-existencial: es fascista. Paolo Di Canio fue el elegido para salvar de la quema al Sunderland. Un entrenador novel que, sin embargo, es de sobra conocido para el aficionado británico y, por extensión, europeo. “Paolino”, que afronta con ilusión esta etapa en el banquillo, sin embargo, no puede escapar a su pasado. En su presentación como bote salvavidas del club, los dirigentes del fueron cuestionados por contratar a un señor que había mostrado su apoyo explícito a regímenes fascistas. Di Canio, tranquilo en el centro de la polémica, puntualizó: “Soy fascista, no racista”.


Ex jugador de Lazio, Juventus, Milan, Sheffield Wednesday y West Ham, este delantero de entrega absoluta ha protagonizado algunos de los incidentes más controvertidos que se recuerdan en el Viejo Continente. Paolo es recordado por intercalar goles de bella factura con salidas de tono que llenaban de pimienta las tertulias de bar en Inglaterra e Italia. Sirva como ejemplo su empujón al árbitro Paul Alock tras ser expulsado en un partido ante el Arsenal le valió 11 partidos de ausencia y dos semanas sin sueldo. En los últimos meses, en su debut como entrenador en las categorías inferiores de la Premier League, Di Canio ya fue portada de algunos rotativos por golpear a uno de sus jugadores.

Pero su nombre será recordado en la infamia que envuelve a este deporte por celebrar un gol en el derbi romano ejecutando el saludo nazi con la hinchada ultra del club laziale -de marcada tendencia racista, hasta el punto de interrumpir un entrenamiento de su club para exigir que no jugaran futbolistas negros en su equipo-. Una leyenda del calcio cuenta que Di Canio pasó más de un partido saltando en el fondo sur del Olímpico de Roma como un Irriducibili más. En su brazo derecho se puede encontrar tatuada la palabra dux -término latino que derivaría en duce, el sobrenombre que adoptó Mussolini- y en su autobiografía escribió lo siguiente: “Estoy fascinado por Mussolini, creo que fue profundamente incomprendido”.

Su regreso al foco mediático británico con su fichaje por el Sunderland como percha provocó, como no podía ser de otro modo, la polvareda que arrastra desde su etapa como futbolista y que, probablemente, le cerró algunas puertas que le habrían conducido a la consecución de algún título. David Miliban, ex Secretario de Estado de Asuntos Exteriores y hermano del dirigente del Partido Laborista, presentó su renuncia irrevocable como vicepresidente del club con motivo del desembarco de Di Canio. El lado salvaje que embelesa con ese carácter de rebeldía y redondea el espectacular producto del fútbol inglés, ya tiene dos nuevos personajes para la lista que preside George Best. Tras ganar el premio con el que sueña todo futbolista, el genial jugador del United declaró: "En 1969 dejé las mujeres y la bebida, pero fueron los peores veinte minutos de mi vida”. Esa atractiva mezcla de flema británica y hooliganismo se renueva cada año.
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