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RESEÑA

Fernando Aramburu: Años lentos

domingo 05 de mayo de 2013, 14:31h
Fernando Aramburu: Años lentos. VII Premio Tusquets Editores de Novela. Tusquets. Barcelona, 2012. 219 páginas. 17 €. Libro electrónico: 11,99
Con la libertad de la novela, el conocimiento que entregan los recuerdos y un grupo de personajes comunes y expresivos de la sencilla vida lejos de la capital, Fernando Aramburu elabora una obra que obtuvo el Premio Tusquets de Editores 2011. Eran los últimos años de Franco, cuando la efervescencia nacionalista comenzaba a cobrar presencia en algunos lugares de España.

El libro está ambientado en la zona vasca con los recuerdos de un niño cuya madre lo había enviado donde unos primos desde Navarra a San Sebastián, al verse incapacitada para atender económicamente a sus tres hijos. Ahí Txiki convivió con su tía Maripuy, con su prima Mari Nieves, de “un apetito sensual desapoderado” que la hacía sufrir a ella misma y a su madre; con su primo Julen, quien le tomó cariño y con el que fue un compañero inseparable mucho tiempo.

Julen le mostró por primera vez una bandera vasca, diciéndole que “llegará el día en que sea la única que ondee en los mástiles de Euskadi”. Su guía era el padre Victoriano, quien no guardaba el sigilo sacramental y que conducía a los jóvenes a excursiones político-religiosas donde compartían “el fervor del idioma, las costumbres y los paisajes de la tierra”. Pasado un punto determinado, sacaban la ikurriña, como una de aquellas que Julen guardaba bajo su colchón, secreto que su primo conocía.

La familia, más bien pobre, comenzó a sufrir elementos de descomposición, cuando Julen se vinculó a la ETA y Mari Nieves quedó embarazada. Todo ello en un pueblo pequeño, lleno de comentarios maledicentes y la influencia férrea y excesiva de un cura nacionalista. La vida sucedía en medio de una sensación de lentitud, después de tres décadas de Franco en el poder y con una “sensación de marasmo histórico”.

Una escena bien lograda y triste se ve cuando los muchachos fueron detenidos y golpeados por la policía. El sacerdote que los había animado a querer la ikurriña y que había paseado con ellos en los cerros se acercó a preguntar cómo estaban, pero en realidad su preocupación era otra: “¿les dijiste cómo me llamo? ¿insistieron en saber detalles de mí?”, mostrándose más preocupado de su situación que de los sufrimientos de sus discípulos.

Diversas cosas van determinando el alejamiento de Julen de sus antiguos sueños independentistas y, ciertamente, de los métodos escogidos para llevarlos a cabo. Por lo mismo, la historia termina de manera menos épica de la originalmente esperada. Aunque Julen le había dicho a Txiki que la victoria segura llegaría en el futuro y que una calle llevaría su nombre y que estaba dispuesto a morir por su causa, lo cierto es que después de unos sufrimientos menores, una fuga a Francia y del ambiente opresivo de “la organización”, Julen decidió modificar su vida y costumbres, y hasta su apariencia, cuando se afeita su barba.

“Mi primo ya no era el mismo”, dijo Txiki, y rápidamente comenzó su desprestigio entre sus antiguos amigos, que afirmaban que Julen era un mal vasco, por lo que se hizo acreedor del odio hasta el punto de abandonar la casa de sus padres y decidir marcharse. “¿Qué hace don Victoriano?”, le preguntó cuando vio al cura que casi veneraba, pero él ni siquiera contestó el saludo del joven. Era el final, se marchó y solo volvió para dejar a Txiki un dinero para que pudiera estudiar en la universidad, como lo hizo efectivamente.

Lo más notable de Años lentos es la capacidad de narrar de manera sencilla y con vidas nada de extraordinarias, la situación que vivía el País Vasco en los últimos años del franquismo, con sus sueños y también con sus decepciones, con la aparición del extremismo y de los temores de una nueva época.


Por Alejandro San Francisco
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