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Crónica económica

La austeridad no ha hecho más que empezar

domingo 05 de mayo de 2013, 20:41h
El ministro francés de Economía ha dicho que “la austeridad ha terminado en Europa”. Es una afirmación que no tiene el más mínimo sentido. Esto no ha hecho más que empezar.
Este viernes, la Comisión Europea mostró su resolución de que varios países relajasen su calendario de reducción del déficit, atendiendo a las penosas condiciones económicas en las que tienen que encaminar el desfase fiscal entre ingresos y gastos públicos. Uno de esos países en una situación lamentable, pavorosa incluso, es Francia, que ahora tendrá hasta 2015 para que su déficit público caiga por debajo del 3 por ciento del PIB.

Este reconocimiento por parte de la CE de que Francia es incapaz de poner en orden sus cuentas es vista por su ministro de Economía, Pierre Moscovici, como un éxito de su gobierno. Este tropo, que le permite convertir en un público fracaso en un éxito, le permite al socialista francés añadir, sin rubor, con orgullo, incluso, que estamos ante “el final del dogma de la ortodoxia de la austeridad”, que “es el fruto de un año de trabajo del presidente francés, François Hollande”.

Antes de entrar en materia, esta declaración de Moscovici recuerda unas palabras del antecesor de Hollande, Nicolas Sarkozy. Éste dijo, cuando estalló la crisis económica, que había llegado “la hora de reformar el capitalismo”. Y, bajo la orquestación del director gerente del FMI, Dominique Strauss-Kahn, el gobierno francés, el británico, el español, y casi todos los demás, quisieron reformarlo gastándose lo que no tenían. Ocurrió, claro está, que fue el capitalismo el que les reformó a ellos, y acabó poniéndoles ante la disyuntiva de las reformas y los recortes, o el caos. Francia está en esas.

¿Es, efectivamente, el fin de la austeridad? Ni mucho menos. Todo lo contrario. Y por muchas razones. Francia, como España y cualquier otro país, puede decidir gastarse lo que quiera en lo que le dé la gana. Pero lo que no puede elegir es que el mercado le preste ese dinero. Y tampoco pueden subirle los impuestos a la sociedad hasta el infinito. De modo que hay un límite real a la capacidad de los Estados de dilapidar la riqueza de la sociedad.

Pero hay más. Hay un Pacto para la Estabilidad y el Crecimiento que prevé un conjunto de medidas y sanciones para que los Estados no incurran en un déficit excesivo. Es cierto que los Estados lo han hecho saltar por los aires. Pero también lo es que ahora está reforzado por el semestre europeo, un toma y daca entre los Estados y las instituciones europeas que acaba en unas “recomendaciones” del Consejo Europeo que son de obligado cumplimiento.

Paralelo a ese tratado de las instituciones europeas, y en realidad superpuesto sobre él, hay un Tratado sobre la Estabilidad, la Cooperación y la Gobernanza firmado por todos los miembros de la Unión Europea menos dos (Gran Bretaña y la República Checa), que prevé limitaciones aún más duras a la capacidad de los Estados de endeudarse. De hecho, se decreta que el déficit estructural no deberá superar nunca el 0,5 por ciento del PIB, aunque “la situación presupuestaria de las administraciones públicas de cada Parte Contratante será de equilibrio o de superávit”. Los incumplimientos de estas disposiciones son denunciables ante el Tribunal de la Unión Europea.

Y hay, aún, un tercer freno institucional al endeudamiento y, por tanto, un tercer apoyo institucional a la austeridad permanente. El Tratado sobre la Estabilidad, la Cooperación y la Gobernanza prevé que las normas previstas por éste se incluyan en el derecho nacional “mediante disposiciones que tengan fuerza vinculante y sean de carácter permanente, preferentemente de rango constitucional”. No todos los países han dado ese paso. España sí. Ahí está su última reforma constitucional y la consiguiente Ley (Orgánica) de Estabilidad Presupuestaria. Esta ley obliga a que el Estado (en línea con lo que exige el Pacto para la Estabilidad y el Crecimiento) no asuma un endeudamiento conjunto superior al 60 por ciento del PIB.

No es ya que no haya llegado el fin de la austeridad, sino que ésta ha llegado para quedarse. Ahora, cada programa de gasto, cuando haga que el Estado incurra en el riesgo de cerrar el año con déficit, tendrá que demostrar que es lo suficientemente valioso, y tendrá que sacrificar a otro gasto considerado menos urgente. Bien, la realidad nunca es tan “limpia”, pero ese es el nuevo modo de pensar sobre el gasto público que Europa, al menos la que comparte moneda, ha asumido.
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