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15M-2: El retorno del unicornio

domingo 12 de mayo de 2013, 20:36h
La industria del cine tiene patentada la fórmula de que cuando una película funciona al cabo de un par de temporadas hay que hacer una segunda parte o continuación, y si se tercia una tercera, con el mismo título más un ordinal. Los variopintos grupúsculos que montaron las concentraciones de hace dos primaveras han decido que es hora de practicar esa estrategia de la infame mercadotecnia, pese al revés que para la leyenda de su propia legitimación supuso el que la participación en las elecciones de aquel año se acercase al 70% en las locales y lo superase en las generales, es decir más o menos como siempre, y que los más votados fuesen los partidos identificados con el sistema. Ya se sabe que la fantasía es más nada una huida de la realidad. Habrán pensado que ahora, con más gente irritada y desconcertada, seguro que se puede cambiar el curso de la historia o el orden del mundo y, con sólo desearlo de veras, trotarán entre nosotros los unicornios irisados. Así es más o menos como funciona la omnipotencia narcisista infantil, y habrá que hacerse a la idea de ver apropiado por unos pocos el espacio público de todos y que con los impuestos que tanto nos cuestan se sufraguen los gastos de seguridad, limpieza y reparación que se generen. Los invocadores de unicornios no suelen pensar en que alguien tendrá que darles de comer.

Ha sido bastante decepcionante lo que los especialistas en movimientos sociales y en comportamiento político han ido diciendo durante estos dos últimos años para explicar el sentido y alcance de aquellas concurridas concentraciones. En realidad han hecho poco más que glosar las imágenes con las que las televisiones nos agotaron durante días, en lo que fue una de las campañas de publicidad más acríticas que se recuerdan desde los mejores días del NODO. Aunque es justo decir que los locutores de aquel noticiario cinematográfico no llegaban fácilmente al grado de fervorosa devoción con que ciertos presentadores televisivos daban paso a indocumentados abogando por dejar de pagar la deuda, quebrar bancos o establecer semanas laborables de veinte horas. Las aportaciones analíticas o teóricas de algún peso que conozco sobre todo aquello se cuentan con la mitad de los dedos de una mano, y quizá sobre uno. Las más de las muchas cosas que se han ido publicando con pretensiones de tratamiento científico son resonancias de los propios discursos de los concentrados, y una parte notable de las mismas se ha centrado en torno a la idea de la deslegitimación de las instituciones, la desconfianza y el escepticismo de la población respecto al Estado, y no sólo respecto a éste o aquel gobierno. Como esto coincide algo con los resultados de ciertos estudios de opinión parece plausible la conclusión de que en la población española hay un rechazo general hacia el sistema político y una indisposición mayoritaria hacia la clase política, sobre todo la facción de ella adscrita al actual partido del gobierno.

Que mucho de eso hay no requiere especial explicación, y lo sorprendente sería que no ocurriese. A la perfecta concatenación de factores que nos ha sumido en una crisis al tiempo económica, política, social e institucional se suma la inaudita mediocridad de unas personalidades, y personajillos, políticos muy por debajo de las circunstancias y a tantos de los cuales se ha visto con las vergüenzas del abuso, la desfachatez o directamente de la corrupción al aire. Súmese a su mucha irresponsabilidad la no menor de una parte de los medios de comunicación para tratar con sectarismo burdo el asunto y ¿cómo no encontrarse con tal estado de opinión? Pero viendo las cosas con la perspectiva del análisis y no sólo con el arrimo de la cólera y la bandería, se puede concluir que no es una situación específicamente española ni un efecto de averías irreversibles de nuestra máquina institucional. Algo muy similar ocurre en otros países, donde también se registra la misma tendencia hacia el recelo respecto al sistema político.

Hace casi veinte años que en el Reino Unido el llamado informe Nolan, primero del Committee on Standards in Public Life, puso de relieve cómo la falta de integridad de algunos políticos estaba alienando el respeto y la confianza de la población hacia el Estado y las instituciones, y múltiples estudios han venido poniendo de manifiesto el declive de las expectativas de los ciudadanos respecto a sus gobiernos en todas las democracias con sociedades prósperas. Las encuentras no dejan de reflejar la mengua de las actitudes y sentimientos positivos hacia las instituciones y quienes las representan, acrecentando la brecha entre electores y representantes. Los sondeos del pasado abril en Francia, cuando hervía el asunto Cahuzac, arrojaban que para el 77% de los franceses los políticos son corruptos y un tercio de ellos quería la disolución de la Asamblea. En España la ampliación de ese sentimiento de desapego y suspicacia ha llegado ligeramente más tarde y con una estridencia sin duda relacionada con la falta de compromiso de una parte de la izquierda con el orden constitucional, y de la ambigüedad al respecto de otro sector de la misma izquierda. Pero en no menos medida también con lo raquítico de la sociedad civil articulada, con la falta o lo reducido de las instituciones privadas de formación de opinión y el tradicional recelo del Estado hacia ellas cuando no se dejan reducir a simples apéndices partidistas. Así, el campo queda casi todo libre para los buscadores de unicornios; con sus impaciencias, sus clamoreos y elementalizaciones.
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