La inversión educativa como clave del progreso
Simon Royo Hernandez
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siroyorocketmailcom/6/6/17
lunes 13 de mayo de 2013, 20:01h
A Sócrates le llamaban el tábano en Atenas, porque incordiaba a todos los paseantes diciéndoles: “Eres ateniense, de la ciudad más bella y sabia de este mundo, ¿no te avergüenzas de buscar la riqueza y la fama y en nada cuidarte de mejorarte a ti mismo día a día?”. Por supuesto, lo mataron, bajo una democracia bastante mejor construida que la nuestra, ya que al menos, si se era ciudadano, se participaba directamente en las tareas de gobierno, no delegando las decisiones en un voto conseguido por el marketing.
Nos preocupamos de comer lo que sienta bien a nuestro organismo, escogemos aquello que alimenta y nos da fuerza, lo que permite crecer a los niños y vivir con salud a los ancianos. Generalmente, tenemos cuidado con lo que entra por nuestra boca, (aunque algunos coman hamburguesas), pero en nada vigilamos lo que entra por nuestros ojos y nuestros oídos.
Al mirar la televisión, el actual opio del pueblo, en ningún momento nos cuidamos de si es beneficioso o perjudicial para nuestra salud mental, sino que cada cual se come lo que le ponen delante del plato, sin meditar ni un instante sobre los efectos de tales viandas.
¿Favorecen nuestra libertad, igualdad y fraternidad? ¿Nos dan fuerza, nos alimentan acaso de manera que nos hacen crecer como seres humanos? ¿Nos convierten en solidarios, pacíficos, instruidos, emprendedores, libres y responsables? El que se plantee responder a estas preguntas y cuide algo más que su estómago quizá acabe viendo menos horas la televisión y comprometiéndose más con la sociedad.
La labor pedagógica de las instituciones tradicionales, hoy empeñadas en la enseñanza temporal para el olvido en lugar del aprendizaje permanente para la acción social, poco pueden hacer frente a la labor manipuladora y pseudopedagógica de la televisión.
Los resultados de la inversión educativa dependen del tipo de enseñanza que se quiera fomentar. El gobierno actual parece querer incentivar la formación de trabajadores cualificados y obedientes, tecnócratas superespecializados y sabios en su reducto profesional, pero absolutamente ignorantes de todo lo demás, de la historia, la política, la filosofía y la filología, de todas aquellas disciplinas humanísticas que les podrían capacitar para ejercer como ciudadanos críticos, autónomos y responsables, en democrática convivencia. Para la formación de trabajadores cualificados, orgánicos y uniformes, sobran las materias humanísticas, que generan individuos críticos, sujetos comprometidos con una sociedad democrática y participativa que nació en Atenas hace dos mil quinientos años.
Los humanistas son difíciles de gobernar como borregos. No caen en la trampa del círculo vicioso alienante: trabajo - consumo - ocio adictivo - trabajo -... El "ocio adictivo" se caracteriza hoy en día por tres opios del pueblo: religión (esoterismo y orientalismo), fútbol y televisión. Esta última es el "Opium par excellence" que reúne a tres personas en una, como nueva Trinidad del monoteísmo del mercado.
El humanista no ha sido educado para el "ocio adictivo", porque como estudia lenguas clásicas, sabe que la palabra griega para "ocio" es la raíz de nuestro vocablo "escuela". Pero además, como estudia filosofía, comprende, que si los griegos equiparaban escuela y ocio, es porque consagraban su tiempo libre a actividades formativas que desarrollasen todas las potencialidades del ser humano.
No obstante, el humanista, pese a la admiración que le reporta la antigüedad clásica, al estudiar la historia de la política, se da cuenta de que en Grecia, aún siendo admirable por multitud de motivos, la posibilidad del desarrollo educativo pleno, le estaba reservada a los ciudadanos libres a consta de los esclavos. Y de que es gracias a la ilustración y a los ideales de la Enciclopedia, que se quiso generalizar una educación humanística y profesional, pública y gratuita, para todos los hombres sin discriminación alguna. ¿La pretensión?: Que la sociedad humana fuera gobernada por la Razón humana, encontrándose todos los hombres con el deber y el derecho de ejercitarla soberanamente bajo las reglas de participación democrática.
Si no se invierte en una educación humanista y profesional, concentrando los esfuerzos tan sólo en la segunda parte, tendremos un mundo aberrante en el que los maravillosos adelantos técnicos de trabajadores especializados, convivirán con la más absoluta zafiedad y cortedad ética, política e intelectual, lo que será aprovechado por los timócratas para dominar y monopolizar los bienes de todos los hombres. La fuga de cerebros en España amenaza con dejar el país convertido en un desierto intelectual aún mayor, porque supone que una vez destruidas las ciencias del espíritu tienen que emigrar las ciencias de la naturaleza. Así llegará un momento en que no quedará nada. ¿No es lo que está ocurriendo motivo de reflexión?
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Profesor en la UNED y Doctor en Filosofía
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