Un madrileño de Pamplona
martes 14 de mayo de 2013, 20:26h
No es fácil complementar el acento natal con otro tan singular como el madrileño; Landa, el orgulloso pamplonica, lo hizo al poco de llegar a Madrid –origen de todas las carreteras y las carreras nacionales de antes-. Solo contaba con veinticinco años cuando, tras jugar al teatro en el TEU (Teatro Español Universitario) y hacer amistad con otros estudiantes: Alonso Millán, Ricardo Merino, Fernández Montesinos, Pérez Puig, Carmen Sáez… Ya envenenados todos por el filtro adictivo de Talía, decidió trocar la aridez de las Leyes por el fantástico mundo de las tablas, desde cuya difícil hondura se encaramó pronto a la cima. Era uno de esos cómicos garantes de aforos completos en los teatros donde actuaba y, muy pronto el depredador cine se lo hurtó a los escenarios.
Aún recuerdo su respuesta a la oferta hecha por un empresario (yo era el tal empresario) para que protagonizara una comedia en el verdadero Teatro Príncipe Gran Vía de los éxitos, allá por los ochenta: “…por nada del mundo dejo a mis niñas una tarde de domingo; y el teatro me lo exigiría”. Nadie consiguió ya que la familia y el cine soltaran al padre feliz y al actor prestigioso; los domingos fueron para siempre de los primeros y el resto de los días para sus ciento treinta películas; nunca más para el teatro.
Alfredo Landa, navarro y madrileño, se ha ido feliz; enfermo pero no tanto, acabó su vida aquejado por varios infartos cerebrales que no le impidieron sentir el amor de su familia, el calor de sus numerosos amigos y su afición al fútbol. Se fue querido y admirado por todos, hasta por esa progresía sectaria que, a su pesar hubo de reconocer su enorme valía y agasajarle con oropeles reservados para los suyos.
Los tuyos, el cine, el teatro y tus centenares de amigos te hemos colocado en un cartel más importante que el de los afiches y luminosos publicitarios; ya estás por derecho en el Cartel de la Historia.