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Paz, piedad y perdón

miércoles 15 de mayo de 2013, 19:27h
A propósito del aniversario del 15-M, me vienen a la memoria algunas de sus demandas iniciales. “Trabajo y vivienda dignos para todos”, “políticos honrados”, “fin de las desigualdades”…quién puede no estar de acuerdo. Lamentablemente, toda esa marea de buenas intenciones dejó paso a una marejada de resquemor e inquina que se fue de la Puerta del Sol para diluirse en escraches y demás magma social. Pero nadie puede olvidar la legitimidad de muchas de aquellas reivindicaciones.

Decía Ortega que “lo que nos pasó y nos pasa a los españoles es que no sabemos lo que nos pasa”. En el actual estado de cosas, diera la impresión de que nos ha pasado un mercancías por encima y no nos acabamos de enterar. Personalmente, soy de los que piensa que tenemos un gen cainita que de vez en cuando aflora. Y, aunque según Machado “España, la tierra de las negligencias lamentables, ha sido también el pueblo de los aciertos insuperables”, se palpa demasiada bilis en el ambiente; tanta, que casi impide convivir. Eso podría ser algo de lo que nos pasa.

Hay una justificación más que evidente para la sensación de cabreo generalizado que vive el país. Los unos culpan a la derecha de los ajustes; los otros, a la izquierda de la herencia envenenada. Todos contra todos. Años atrás, la Transición sacó lo mejor de nosotros mismos, y pese a que hubo heridas que quedaron sin cicatrizar, se logró un clima de consenso que hoy parece imposible. Y urge rescatarlo. Quiero creer que no toda la izquierda quema iglesias, y no toda la derecha es franquista. Algo tan hiperbóreo no es, sin embargo, aceptable por muchos incapaces de ver nada bueno en sus adversarios. Hay lugares comunes; claro que los hay. Y si no están visibles, habrá que hacer para que se vean.

Aquella frase con la que se conoce el discurso más célebre de Azaña, “Paz, Piedad y Perdón”, es una fórmula cuya puesta en práctica sería hoy la mejor medicina para la cura de España. La caterva de políticos corruptos, ejecutivos bancarios con indemnizaciones sonrojantes e impresentables varios supone una distracción demasiado tentadora como para no seguir en la ira permanente. Por suerte, son minoría. El resto de españoles tendrá un gen cainita, sí, pero también otros muchos capaces de lo mejor. Hace pocos días fui testigo de algo que amenazaba con choque de trenes, y que devino en un diálogo cordial y fructífero: por un lado, un comunista vinculado a la Plataforma de Afectados por la Hipoteca y muy activo socialmente; por otro, un miembro del PP sin complejos en decir lo que pensaba. Respeto y tolerancia son algo más que armas arrojadizas para acusar al que nos resulta antipático de no tenerlos. Si se usan, funcionan.



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