Un hotel y una larga noche de tensa espera es la materia prima con la que Marguerite Duras escribió "La música", en 1965. Anne Marie (Celia Freijeiro) y Michel (Alberto Maneiro) se reúnen en el vestíbulo de un hotel para dirimir los últimos flecos de un divorcio para el que ahora parecen rebelarse.
La tensión entre el eficaz tándem actoral se apodera de la escena y, poco a poco, afloran ciertas verdades que ni siquiera se conocían cuando la decisión del divorcio se impuso. Aflora esa dramática tensión de esos incómodos pero también atrayentes rencuentros entre quienes ya no tienen el derecho de tocarse, de besarse, de romper la tupida máscara de las convenciones.
Anne Marie confiesa entonces que cayó en el adulterio, se suma al "pecado" que también cometió Michel, y ambos miran de frente su propia corrupción del amor, entre resignados y dolidos. Son tiempos de liberación en Francia, tiempos en que Simone de Beauvoir y Jean Paul Sartre forman también un modelo de relación, y se sabe que la infidelidad también puede formar parte de la pareja sin destruirla. La confesión parece incluso unirles, como el cigarrillo que comparten con una sensualidad sutil no apta para espectadores romos, aunque es sólo un espejismo. El amor ya está adulterado, y el deseo sigue latiendo casi más fuerte que nunca, por esa necesidad de "aventuras" que ambos confiesan necesitar.
Un texto que navega por las aguas de la crisis del amor, de la pareja, que en los años sesenta preocuparon a escritores como Marguerite Duras. Si bien el concepto de pareja tradicional ha evolucionado desde entonces, no es tan cierto que se haya asumido, ni mucho menos abolido, la fuerza con la que el deseo puede entrar en el dominio del amor, y erosionarlo como un despiadado cáncer hasta acabar con él.

Con ese material sensible, el texto de Duras se sostiene firme sobre el impecable trabajo de la protagonista, Freijero, que cuaja una limpia actuación que sobrepasa todas las expectativas. La actriz, que afronta el papel con una madurez impropia de sus 25 años, hace buenas las impresiones de buena parte de la crítica, que la vienen considerando una futura gran dama de las tablas. Sin perder nunca la sobriedad, se mueve de la dulzura a la desesperación con aparente facilidad. Gran manejo de los distintos registros, que hace imposible no eclipsar en algunos momentos a su "partenaire", Alberto Maneiro. Él, así como el público, sabe perdonar esa leve falta.
La música de "La música", valga la redundancia, compuesta para la ocasión por Irma Catalina Álvarez (especialista en la obra de Duras), acompaña al texto en todo el desarrollo del montaje. Con una escenografía limpia, y tras un velo difuso, se aprecian a los músicos de cuerda, que interpretan en directo esas notas sueltas, "La música", que dibujan las texturas sensoriales de esta obra.
Cercanía y distancia se dan la mano en esta obra áspera de Duras, en una lograda apuesta que consigue sus objetivos: observar el dolor que produce el amor cuando éste ya no funciona. Y tratar de buscar mejores alternativas.
