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El significado del 2 de mayo

José Manuel Cuenca Toribio
jueves 01 de mayo de 2008, 21:34h
Pesarosamente, no cabe decir que el clima imperante en la sociedad española al sonar las primeras horas del bicentenario del 2 de mayo de 1808 sea propicio para su adecuada conmemoración. Desde que se anunciase su celebración, la política y la ligereza -¿tautología?- se apoderaron de un espacio destinado recta y naturalmente a la presencia prioritaria de la cultura y responsabilidad cívico-intelectual. Quizá tan penosas señales se conjuren en los días próximos con el protagonismos de los especialitas -no demasiados- de los orígenes de la contemporaneidad nacional y el de las instituciones y sectores sinceramente interesados en evocar condignamente unos sucesos y un capítulo de la historia española decisivos como pocos. A la espera acezante de que tan improbable fenómeno acontezca, la coyuntura se muestra ocasionada para un haz de apresurados comentarios en torno a la entraña de una efemérides que nuestros abuelos festejaban con ardor y entusiasmo difíciles hoy de imaginar.

Ante todo y por encima de todo, el 2 de mayo fue un gesto de dignidad del lado de los tres mil madrileños que se batieron con denuedos contra algunas de las unidades de elite del más formidable ejército registrado hasta entonces en los anales de la Historia. Diez años más tarde, el inicuo y megalómano inductor de la eversión desatada sobre los españoles durante 2.218 días escribió en su destierro que “los españoles se comportaron en masa como un hombres de honor”. Así fue, en verdad; y el pórtico de esta auténtica gesta popular lo construyeron, heroicamente, los cerca de 500 muertos a manos de los franceses y, en conjunto, todos los alzados en armas frente a las fuerzas del mariscal Murat. De este modo, la tragedia sobrevenida conscientemente por reprobable designio de la ambición imperial sobre un pueblo oficialmente aliado, revestiría ya desde su arranque un tono épico, por no calificarlo de epopéyico, conforme al gusto y vocabulario de nuestros antepasados, en los antípodas de los de las generaciones hodiernas.

Narradores horros en re historiográfica, plumas audaces pero intonsas y dirigentes públicos escasos de saber y sobrados de impudicia semejan en la actualidad confabulados para deturpar el significado del 2 de mayo. Sin embargo, ni un extemporáneo patriotismo constitucional, ni una reacción atávica ni una réplica barriobajera prescindieron y dieron sentido a la revuelta desesperada del vecindario madrileño contra la todopoderosa máquina militar napoleónica. Fue, por el contrario, el sentimiento vivo y claro de pertenencia nacional el que latió en el ataque a los mamelucos y en la defensa del Parque de Monteleón; la vivencia de una identidad basada en la trilogía del factor religioso, telúrico y monárquico. Sólo en un pueblo del relieve y la trayectoria del español -creador de gran parte del patrimonio civilizador europeo- lo que estaba destinado a ser una asonada o simple y ciego motín se configuró como un alzamiento nacional frente a un oprobioso déspota.

Cara a la óptica a la fecha dominante en el análisis del 2 de mayo, la imagen proyectada ha un siglo durante el I centenario de la guerra de la Independencia fue precisa y justamente la de un personaje colectivo -el pueblo de la capital de la monarquía hispana- abriendo la senda del deber al resto del país, enfervorizado con su ejemplo. La “nación de ciudadanos”, la construcción de un patriotismo constitucional, vendrían después de que, con su martirio, hubiese mantenido el soporte identitario que singularizaba a su pueblo entre los del Viejo Continente.
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