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El carácter ambiguo de una guerra

jueves 01 de mayo de 2008, 21:43h
Napoleón, para hacer frente al “bloqueo continental” inglés, necesita controlar las costas europeas. Con tal fin penetran en España, en marcha hacia Portugal, los ejércitos franceses. Las desavenencias de una familia real, de la que Goya hizo el más fiel retrato, llevan al Corso a intentar sustituir a los Borbones españoles por su propia estirpe, incorporando España al sistema imperial.

Carlos IV y Fernando VII son atraídos a Francia y, en un clima tenso, la libertad concedida a Godoy y las órdenes de salir de la Corte, con destino a Bayona, a la reina de Etruria y sus hijos y al infante Francisco de Paula, excitan la indignación popular. La multitud, concentrada ante el Palacio Real, se negó a dispersarse y las tropas de Murat cargaron contra ella, sin intimidación previa. El pueblo de Madrid se lanzó al combate contra el enemigo extranjero el 2 de mayo de 1808. Se luchó en el Rastro y en la plaza de la Cebada, en la Paloma y en la puerta del Sol, en la Puerta de Toledo y en el Parque de Monteleón, donde oficiales del ejército, que quizá lo venían preparando, se sumaron a un alzamiento del que el pueblo fue su indiscutible protagonista.

Aplastada la revuelta -la represión, inmortalizada por Goya, fue terrible- el emperador aprovechó la situación para imponer las renuncias al trono español de Carlos IV y Fernando VII, sustituyéndolos por su hermano José. Entonces, ante la conducta sumisa a Napoleón por parte de la Junta de Gobierno, nombrada por Fernando antes de partir a Bayona, y la actitud, al menos equívoca, de las autoridades tradicionales, encabezadas por el Consejo de Castila, prácticamente inexistente en aquellos momentos, lo que supondrá su descrédito, las provincias españolas de Oviedo a Cádiz, de la Coruña a Valencia, representadas por Juntas, frecuentemente denominadas Supremas, se levantan contra los franceses y obtienen -Galicia, Asturias- el apoyo de Inglaterra. Se iniciará así, como titulará su gran libro el conde de Toreno, el levantamiento, guerra y revolución de España.

Fue una contienda, verdadera guerra de independencia, término que se empleó desde los primeros momentos, sumamente compleja y llena de alternativas, y de las que hay que subrayar su carácter ambiguo: “Gloriosa y fatal”, en expresión de Cánovas. Gloriosa, al ser una guerra, la primera de la historia de los pueblos occidentales, de liberación nacional. Epopeya patriótica y popular de la Nación en armas, afirmación de una identidad colectiva -el patriotismo catalán no diferirá del de los demás regiones españolas- frente al extranjero. La Nación española, existente, por supuesto, mucho antes, y que en el siglo XVIII habrá adquirido un alto nivel de consolidación, vive un momento de apogeo y se proyecta hacia la época contemporánea.

Guerra también fatal. España, recordaba García Escudero, en un artículo conmemorativo veinte años atrás, se verá rebajada desde el rango de primera potencia que aún mantendrá a fines del siglo XVIII a la condición de país marginado y pintoresco, pero, sobre todo, “entregado a la acción de los fatales gérmenes que la guerra depositó en él; los malos hábitos de intolerancia, indisciplina, violencia, politización del clero e inclinación de los militares al pronunciamiento y al caudillismo”. La Nación saldrá del conflicto victoriosa pero materialmente arruinada y, para mayor sufrimiento, gobernada por Fernando VII, quedando al margen de Europa. Como dirá Cánovas: “la invasión inicua de 1808 sacó a la Nación de quicio. Fue la guerra un esfuerzo tan desproporcionado que nuestro organismo entero quedó resentido y crónicamente enfermo”, concluyendo Galdós: “Las maravillas de entonces las hemos llorado después con lágrimas de sangre”.

Antonio Morales

Catedrático de Historia Contemporánea

ANTONIO MORALES es catedrático emérito de Historia Contemporánea

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