www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Obama pergeña una nueva política exterior

lunes 27 de mayo de 2013, 20:19h
La alocución que dirigió el presidente de Estados Unidos a la última promoción de cadetes graduados en la Escuela Naval de Annapolis (Maryland), el pasado día 24, ha resultado ser una bisagra discursiva clave para facilitar en el futuro la misión estratégica de la nación en guerras encadenadas. Guerras como la que desató la ocupación de Kuwait por tropas iraquíes en 1990, o como la que Estados Unidos y sus aliados declararon a Iraq en 2003. Por no comentar ahora los conflictos armados que se han ido produciendo en el último decenio: Afganistán, Yemen y ¿quizás Siria? Es decir, aquellos que pasarán a los manuales de Historia bajo el epígrafe de “las guerras de Estados Unidos” (u “Occidente”, según Huntington) con el orbe musulmán. Una serie de conflictos encadenados, que vienen retroalimentándose desde hace veinte años, con motivación geopolítica y geoenergética predominantes, cuyos escenarios están muy connotados por la tradición islámica de sus poblaciones.

La alocución presidencial de Annapolis toma asiento en el arranque del segundo mandato de Barack Obama; o sea, en el arranque, también, de la múltiple embestida del partido republicano contra el despacho oval de la Casa Blanca en política interior y exterior.

Si se recorre en síntesis el paréntesis de los dos años largos en que muchos pueblos árabes iniciaron movimientos de rebelión social contra el establecimiento gubernamental -y clientelar- de sus naciones respectivas, se advertirá que Obama evitó, como pudo, involucrar a fondo a las fuerzas armadas estadounidenses en Libia; como está intentando, desde hace un año largo, no involucrarlas en el laberinto de Siria.

En este nudo gordiano de Oriente Próximo, los departamentos de Estado y Defensa americanos están siguiendo con cautela los enfrentamientos cívicos y religiosos que han hecho de Siria un punto incandescente, tanto en la región en que está situado este país, como en los marcos totalizadores de la diplomacia rusa e iraní, de un lado, y americana y saudí, de otro. Se trata de una cautela cuya génesis hunde sus raíces en el distingo entre guerras “necesarias” y guerras “evitables”, al menos para los Estados Unidos. Si se aplica esta diferenciación a los escenarios libio y sirio, emerge sin demora, empero, la división radical entre dos naciones árabes opuestas: la una, compuesta de población tribal, escasa en logros urbanos, rica en recursos energéticos y con fronteras relativamente cómodas (Libia); mientras que en la otra (Siria) se dan cita la complejidad etno-cultural, las fronteras de valor simbólico nacionalista, la vecindad del Estado de Israel y la prolongación de una guerra civil, que se pretende canalizar hacia un proceso de negociación entre las partes en liza; un proceso que no ha hecho sino empezar con balbuceos, primero en Madrid, luego en Ginebra, y finalmente ¿en Naciones Unidas? En Libia fue cómodo para Estados Unidos no hacer directamente una guerra “necesaria”, mientras que en Siria la evitabilidad del conflicto (para Washington) puede degenerar en algo peor que lo que sucede.

El presidente de Estados Unidos esquiva el compromiso de ser beligerante en Siria, porque posee el convencimiento de que “no hay guerra que cien años dure, ni nación, o imperio que la resista”. Es la respuesta táctica -en política internacional- al período republicano de los Bush, en particular al período que se definió drásticamente a causa del 11-S de 2001. Es decir, con la proclamación de la política antiterrorista que entonces encabezó Estados Unidos y que actualmente Obama pretende modificar en sus medios, y, quizás no, en los fines que dice que persigue.

En efecto. En la alocución académica dirigida a los graduados de la Escuela Naval, el presidente afirmó que “todos necesitamos golpear con precisión a los terroristas que pretendan matar a nuestros ciudadanos…, pero necesitamos también estar preparados para hacer frente a un amplio margen de amenazas”. Leído con atención, no es tan esotérico el mensaje presidencial a los graduados de Annapolis. Podría querer transmitir que el mundo árabe-islámico no continuará manteniéndonos atrapados en el futuro, porque las potencias situadas en el Pacífico -China, Japón, las dos Coreas- reclaman atención y tacto: es en sus “canchas” donde se juegan partidos decisivos para un futuro internacional, que ya está presente. Un futuro en cuyo territorio no será necesario involucrar a la CIA en tareas de rancio cometido militar; un futuro en el que no tendrán ni el Pentágono ni el ejército la última palabra en el espinoso capítulo de los drones, o aeronaves de guerra no tripuladas y sí teledirigidas. Se trata, asimismo, de que, en el futuro, no corran peligro de muerte -u otros peligros no necesariamente mortales- los miembros del cuerpo diplomático asignados a destinos con acentuado perfil de riesgo, como sucedió en Bengasi con Christopher Stevens.

El idealista que Barack Obama lleva hundido en sus entrañas aflora en la inspiración de ciertos proyectos nutridos por la esencia de un mundo más justo, más igual, menos belicoso.

Creo que, a la postre, es lo que ha perseguido transmitir el presidente a la opinión pública mundial en la alocución pronunciada en Annapolis, anunciando las grandes líneas de la república imperial en un período que se avecina con celeridad. El futuro tendrá la última palabra, como es habitual.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)


Normas de uso

Esta es la opinión de los internautas, no de El Imparcial

No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.

La dirección de email solicitada en ningún caso será utilizada con fines comerciales.

Tu dirección de email no será publicada.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.