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el fútbol y sus tentaciones

Fútbol y vicios: cuando el deporte da la espalda a sus estrellas rebeldes

jueves 30 de mayo de 2013, 20:13h
La retirada de David Beckham abre una reflexión sobre las decisiones que, en ocasiones, alejan a los grandes talentos del deporte de la gloria. Repasamos la trayectoria del jugador inglés y de Ronaldinho en clave de caída -patrocinada por las tentaciones de la fama- y búsqueda infructuosa del respeto perdido en el gremio futbolístico.

La leyenda del Liverpool Bill Shankly, uno de los entrenadores más prestigiosos de la historia, ofreció una de las definiciones del balompié más recordadas: “Hay gente que piensa que el fútbol es una cuestión de vida o muerte pero no me gusta esa postura, es mucho más que eso”. Jorge Valdano, ex futbolista y entrenador que de un tiempo a esta ha acometido la tarea de redefinir los conceptos de este deporte, señaló, décadas más tarde, que concibe esta actividad como “lo más importante entre las cosas menos importantes”. Ambos asistieron a la explosión de dos de los futbolistas de mayor talento puro, innato, que haya conocido el balompié: Diego Armando Maradona y George Best. Y tanto Valdano como Shankly contemplaron la caída de dos genios que eligieron alejarse de la regularidad que les habría encumbrado como referentes indiscutibles en favor de las tentaciones que rodean a los gigantes del deporte.

Tentaciones similares arrancaron la vida de Garrincha, dueño del regate íntegro, la perfección en el arte del dribbling de la estrella del Brasil de Pele, redundando en la relación directa entre estrellato precoz, escasa preparación educativa y caída prematura de la cima deportiva. Así es la esencia del fútbol: llega a cualquier esquina del planeta y no entiende de fronteras ni estrato social.

David Beckham y Ronaldo de Assis Moreira “Ronaldinho” representan el carácter irreverente del balompié: no entiende de destinos en función del valor de la cuna. El ex jugador del Real Madrid y el mejor jugador del mundo en 2005 proceden de situaciones infantiles antagónicas pero confluyeron a un mismo punto. El pequeño David se crio en el seno de una familia acomodada londinense de origen judío y comenzó a desarrollar sus aptitudes en la prestigiosa escuela de Bobby Charlton. Dinho, por su parte, daba sus primeros pasos en un barrio de Porto Alegre donde el fútbol significaba un proyecto salvavidas. Ambos saborearon la gloria, obtuvieron el reconocimiento consecuente con su don especial -el excelso toque de balón de Becks y la exuberante calidad técnica de Ronnie- y decidieron, en la cima del universo futbolístico, emprender caminos alejados de lo deportivo. Aquí confluyen dos biografías predestinadas a recorrer sendas vitales antagónicas.


Al repasar la trayectoria de estos virtuosos del balompié se atisba que 2007 resultó ser el punto de inflexión de Beckham y Ronaldinho. El caballero de la Orden del Imperio Británico exprimía los últimos meses de su aventura madrileña con la batalla por la Liga como primer objetivo. Arrinconado a simple lanzador de jugadas a balón parado por el sistema de Capello, Becks puso centros vitales para las memorables remontadas merengues que significaron la consecución del trigésimo entorchado liguero en Chamartín, pero su peso en el equipo había caído en esa temporada de manera flagrante. Situación similar experimentó el 10 del Barça en la ciudad condal. Tras liderar a sus compañeros con brillantez estética el triunfo en la Champions de 2006, Dinho bajó las revoluciones de su juego al mínimo y pasó de abanderado del proyecto culé a suplente silbado por la parroquia que una vez llenó el Camp Nou a medianoche para ver su primer gol de blaugrana. En aquel año de declive, ambos tomaron decisiones que sentenciarían su brillo en el césped.

Ronaldinho no quiso mantenerse en el trono del rey del balompié y prefirió gozar de la fama del Balón de Oro y sacar rédito al tiempo libre nocturno, aunque hubiera que pagar el precio deportivo. Buscó la salida a lo que entendía como incomprensión fichando por el Milan. En el calcio, exhibía su clase pero la forma física no acompañaba y su actitud tampoco. Así, en una suerte de depresión deportiva autoimpuesta quemó tres años en Italia e hizo las maletas para volver a la devaluada liga brasileña. Allí, una anécdota puntual definió su situación y la consecuencia de su decisión: la torcida del equipo de Rio de Janeiro habilitó una línea telefónica para que los propios aficionados avisaran al club si veían a su estrella bailando, bebiendo o paseando a deshoras.

La elección de David nada tuvo que ver con la búsqueda de las atracciones noctámbulas. El marido de Victoria apostó por dedicarse al marketing hedonista (con un contrato de 313,4 millones de euros por cinco años, entre salario y patrocinios bajo el brazo) y cerrar la puerta -de manera inconsciente- a cualquier retorno a la élite futbolística. Beckham abandonó la exigencia madridista por convertirse en la imagen de la Major League Soccer norteamericana. Lideró el éxodo de estrellas en declive (véase Thierry Henry o Rafa Márquez) aunque, en su caso, tenía 32 años y no atisbaba la retirada cercana. Comprendió tras 14 meses de estancia americana que en Los Ángeles no despertaba ningún interés en lo que a fútbol se refiere y trató de regresar a Europa para poder volver a la selección inglesa.


La decisión de anteponer el dinero al deporte le cerró las puertas. Tan solo pudo arrancar dos cesiones de media temporada en el inconsistente Milan y una lesión le retiró de la carrera por jugar el Mundial de Sudáfrica. El París Saint Germáin le abrió las puertas de su departamento de márketing a costa de jugar algunos minutos intrascendentes. Y así, llorando, se retiró el pasado 16 de mayo. Quién sabe si las lágrimas derramadas llevaban consigo la comprensión de no pasar a la historia como un referente del balompié a pesar de su talento. “No habrá nunca nada que pueda reemplazar el deporte que amo”, declaró en su discurso de despedida.

Este es el desenlace del que huye el jugador de la sonrisa eterna que enamoró Barcelona en la pasada década. Ronaldinho se ha propuesto recuperar -en la medida de lo posible- el tono físico y la concentración en el césped de sus mejores temporadas. El talento innato debe hacer el resto. Con el Mundial de Brasil entre ceja y ceja, Ronnie acumula campeonatos regionales con el Atlético Mineiro, el galardón de Balón de Oro del Brasileirao y el collage de caños alocados, rabonas, controles imposibles y regates que rompen caderas. Quiere ser convocado por Scolari y jugar un rol decisivo en un equipo repleto de talento precoz. Los nubarrones nocturnos parece que han dado paso a la limpieza del trabajo en los entrenamientos. Quizá el fútbol le otorgue un final más digno al niño de Porto Alegre que el que ha reservado para el pequeño David.
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