www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

¿En qué está La civilización del espectáculo?

Alejandro San Francisco
lunes 03 de junio de 2013, 20:32h
En 2012 Mario Vargas Llosa (Arequipa, 1936) publicó un ensayo que causó tanto apoyo como rechazo, titulado La civilización del espectáculo (Alfaguara, 2011). El escritor peruano, Premio Nobel de Literatura el 2010, sostenía que en la actualidad el mundo vive una decadencia de la cultura, que ha sido postergada frente a la primacía de lo efímero, lo banal, donde incluso lo grosero que se viste bajo el ropaje de arte.

¿Qué es la civilización del espectáculo para el autor de La ciudad y los perros o La fiesta del Chivo, entre otras importantes obras? Se trata de una cultura donde el entretenimiento tiene un lugar altísimo en la escala de prioridades, cuando parece que “divertirse y escapar del aburrimiento” se ha convertido en la norma universal. El resultado no puede ser positivo, se banalizan las expresiones culturales, se generaliza la frivolidad, y en términos periodísticos, prolifera de manera irresponsable la chismografía y el escándalo.

Los factores que llevan a esta penosa situación son diversos, como la primacía de lo light, la democratización de la cultura, la pérdida de influencia de los intelectuales, entre otros. La política se ve afectada, ya que las ideas, los programas y la doctrina han sido reemplazados por frivolidades y moda. Se trata de una visión pesimista, marcada por “cierta angustia”, como reconoció Vargas Llosa en la presentación de la obra en Madrid, en el Instituto Cervantes, en un interesante diálogo que sostuvo con Gilles Lipovetsky (reproducido por Letras Libres, julio 2012).

El mérito inicial de la obra del escritor peruano ha sido poner el tema en la palestra. No puede ser que una sociedad no piense en su desarrollo cultural, cuestión que ocurre muchas veces cuando todo se subordina a la supremacía casi absoluta de la economía en la discusión pública. Si pensamos en los grandes legados que ha recibido Europa en más de dos milenios, ciertamente la cultura ocupa un lugar fundamental, como se aprecia en el pensamiento griego, la lengua latina y el derecho romano, la comprensión del mundo y la visión sobre la persona del cristianismo y otros tantos aportes transmitidos de generación en generación.

Quizá la mayor dicotomía que plantea el presente en relación a la cultura sea que, paradójicamente, uno de sus éxitos es también causa de una de sus limitaciones. La ampliación notable del acceso a la educación y a las expresiones culturales en los últimos dos siglos ha sido uno de los logros más relevantes de la civilización occidental, como puede apreciarse en Europa o en los países americanos. Eso ha llevado a una democratización en el acceso a la cultura, que hoy permite a los sectores populares y clases medias participar de los bienes de la lectura, la educación o las artes. Como consecuencia de ello, el “promedio de calidad” ha descendido, lo que se denomina la alta cultura ha perdido relevancia, como se nota especialmente en la lectura de los clásicos de la literatura o en la calidad de la enseñanza formal, que han decrecido según afirman muchas veces los académicos y especialistas. Paralelamente, la cultura de masas arremete con fuerza, principalmente a través de la imagen (televisión, cine, internet), muchas veces sin cumplir los estándares mínimos de calidad.

El planteamiento adecuado, me parece, debe permitir conjugar ambas variables: la existencia de una cultura de calidad (sobre cuyo significado exacto puede haber visiones distintas e incluso contrapuestas), pero con un acceso a grupos sociales cada vez más amplios, que es un logro extraordinario en lo que no se debe volver atrás. ¿Se puede lograr profundidad cultural y democratización? ¿Cómo hacerlo?

Parece importante clarificar que se trata de un asunto que es a la vez posible, necesario, pero donde no cabe la inacción, sino que requiere una acción positiva si se pretende avanzar en esa dirección. Corresponde fomentar la creatividad de los escritores y artistas, disponer de lugares adecuados para la difusión de la cultura, sin caer en la burocratización de la misma, y corresponde articular una adecuada colaboración entre el Estado y la sociedad civil. Con esas premisas, se puede avanzar en algunas ideas.

Sin duda un primer factor crucial es la educación. Como afirma Inger Enkvist en La buena y la mala educación (Madrid, Ediciones Encuentro), no es ni la raza ni la situación de inmigrante, por ejemplo, la que puede condenar a muchas personas a una situación desmejorada socialmente, sino que es la educación. Profesores buenos, la importancia de la lengua y de la lectura, así como la responsabilidad de la familia, son factores cruciales para aprovechar la enseñanza, que necesariamente debe llegar al conjunto de la sociedad y no a un grupo reducido de ella. Probablemente todos hemos contado en nuestras vidas con un gran profesor que nos ha motivado y acompañado en la pasión por la lectura, la apreciación de la música o la admiración de la belleza artística, bienes que deben multiplicarse en todo el sistema educacional.

Un segundo factor relevante podría ser la jerarquización, la comprensión de que hay cosas especialmente valiosas que conviene que todo el mundo pueda conocer. Visitar el Museo del Prado en España o del Louvre en Francia es una experiencia extraordinaria que vale la pena; así como escuchar a Beethoven, Mozart o Tchaikovski, entre otros compositores; leer a los grandes autores de todos los tiempos, reflexionar con los filósofos, compartir una buena obra de teatro, son expresiones culturales que siempre valdrá la pena haber vivido. No se trata de rechazar las nuevas creaciones, de impedir los gustos personales o de minusvalorar otras formas de aproximación a la cultura, sino que saber que hay cuestiones cuyo valor justifica siempre acercarse a ellas con curiosidad, sentido crítico y pasión.

En algún momento Vargas Llosa plantea que es probable que “la civilización del espectáculo perezca sin pena ni gloria, por obra de su propia nadería”. Es posible pensar una fórmula distinta, y es que se acabe por la consolidación de la tendencia democratizadora de la cultura, pero con una reversión de la grosería, la decadencia o el escándalo.

Quizá con ello la cultura, “el sistema vital de las ideas en cada tiempo” del que hablaba Ortega y Gasset (Misión de la Universidad, en Obras Completas, Tomo IV), recuperará un lugar central en la civilización contemporánea.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (5)    No(0)

+
0 comentarios